No es peligroso asomarse al Exterior

¿Del otoño al invierno en Egipto?

El pasado día 3, el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas (FFAA), Abdelfatah al-Sisi, anunció la destitución del Presidente de la República de Egipto, Mohamed Mursi. Hace aproximadamente un año describí en esta columna el proceso que llevó al derrocamiento del General Hosni Mubarak y a la elección de Mursi. En ella afirmaba que las esperanzas surgidas tras la “revolución de los jóvenes” se iban desvaneciendo y era de temer que de la primavera se pasara al otoño, si no al invierno.

Deslegitimización del Gobierno islamista egipcio

Bajo la influencia de la “primavera árabe” iniciada en Túnez, muchos jóvenes se concentraron a partir del 25 de Enero de 2011 en la Plaza Tahrir de El Cairo y forzaron la dimisión de Mubarak tres semanas más tarde. Asumió el poder el Consejo Supremo de las FFAA (CSFA), que derogó la Constitución, disolvió el Parlamento y convocó elecciones parlamentarias y presidenciales. Las legislativas fueron ganadas por el Partido Libertad y Justicia de los Hermanos Musulmanes, gracias a la red económica-asistencial que había tendido desde su época en la clandestinidad. Aunque no habían participado activamente en la “revolución blanca”, se apoderaron de sus principios y desplazaron a sus autores. En la primera ronda de las presidenciales en Mayo de 2012, Mursi obtuvo 28.4% de los votos y, en la segunda ronda, se impuso al General Ahmed Shafik. Aunque Mursi había prometido gobernar para todos los egipcios y respetar los principios inspiradores de la revolución –“pan, justicia y libertad”-, pronto se olvidó de ellos y ofreció en su lugar “más Islam”. Prescindió de los laicos que habían generado la revuelta y se rodeó de miembros de la Cofradía y de salafistas radicales, que coparon los cargos públicos y la Asamblea Constituyente. La sectaria actuación de los islamistas provocó el abandono de laicos y cristianos, y la Asamblea aprobó sin su presencia una Constitución inspirada en la “Sharia”, que provocó el rechazo de los no islamistas. Mursi se auto-concedió plenos poderes e inmunidad personal, y pretendió excluir sus decisiones del control judicial, pero su decreto fue declarado nulo por el Consejo Judicial Supremo y tuvo que revocarlo. El Tribunal Constitucional (TC) declaró ilegal la Cámara Alta del Parlamento –la Baja ya  había sido disuelta con anterioridad- y la Asamblea Constituyente, lo que causó una grave crisis institucional. La errática política del Gobierno –que había heredado de Mubarak una economía equilibrada con un bajo nivel de endeudamiento- causó un progresivo deterioro de la economía, con la disminución de la producción, el comercio, el turismo y la inversión, y el aumento del paro y de la escasez de alimentos. Entre sus muchos errores, cabe mencionar el acercamiento a los salafistas y el alejamiento de los liberales, la imposición de una Constitución confesional islamista, el acoso a las minorías copta y chiita, el abuso de sus competencias y su talante autocrático, los intentos de eludir el control parlamentario o judicial, el fracaso en la lucha contra la corrupción, el recurso al nepotismo con la distribución de prebendas entre sus hermanos musulmanes, la incapacidad de resolver los problemas socio-económicos reales, el enfrentamiento con el poder judicial y con las FFAA, y su enroque en el poder sin prestar atención a las demandas populares ni al ultimátum del Ejército.

Reacción popular y enroque de Mursi

El descontento popular fue aprovechado por el movimiento “Tagarrud” –rebelión-, dirigido por el joven periodista Mohamed Badr, que en pocos días consiguió 22.134.465 firmas –casi el doble de los votos obtenidos por Mursi-, que pedían su destitución y sustitución por un miembro del TC, la convocatoria de elecciones y la formación de un Gobierno de unidad nacional. El 30 de Junio millones de ciudadanos se movilizaron en todo Egipto para apoyar las peticiones de “Tagarrud” y, un día después, el CSFA lanzó un ultimátum en el que exigían al Presidente que, en un plazo de 48 horas, atendiera a las demandas del pueblo. Mursi replicó que era el presidente legítimo y se negó a dimitir, limitándose a ofrecer la formación de un Gobierno de concentración y la celebración de elecciones parlamentarias en seis meses. Era demasiado poco y demasiado tarde, y el Consejo cumplió con su amenaza y aplicó su “hoja de ruta”: cese de Musri y sustitución por el Presidente del TC, Adli  Mansur, suspensión de la Constitución, disolución del Parlamento y formación de un Gobierno de unidad nacional. En un acto un tanto surrealista, Mansur juró solemnemente su cargo ante una Asamblea disuelta y sobre una Constitución suspendida, y prometió defender el sistema republicano y respetar la Constitución y las leyes. Aunque avaló el derrocamiento de su predecesor  al afirmar que la revolución del 30 de Junio de 2013 había corregido la de 25 de Enero de 2011 –que había derribado a Mubarak-, echó un cable a los vencidos al señalar que la Hermandad era parte del pueblo egipcio y estaba invitada a participar en la construcción de la nación. “No se excluirá a nadie –añadió Mansur- y, si responden a la invitación, serán bienvenidos”. Tras el desconcierto inicial, la Hermandad lanzó a sus fieles a la protesta durante el “Viernes del rechazo”, y su guía supremo, Mohamed Badia, advirtió que los Hermanos Musulmanes sacrificarían sus vidas por Mursi, y quien está dispuesto a morir –añado yo-, también lo está a matar. En las manifestaciones se han producido incidentes, que han provocado 36 muertos y más de mil heridos. Resulta, por otro lado, paradójico que un movimiento popular, invocando la defensa de la libertad, haya incitado a las FFAA a derrocar a un presidente legítimo, que ganó unas elecciones democráticas. El líder del opositor Frente de Salvación Nacional, Mohamed al-Baradei, ha tratado de maquillar la situación al declarar que el ejército egipcio no ha dado un golpe, sino que ha actuado en nombre del pueblo para evitar una guerra civil.

Perspectivas de futuro

Pese a tratarse de un golpe de Estado como una mezquita, los Gobiernos eluden pronunciar la palabra nefanda, salvo los de los islamistas Túnez y Turquía, que han condenado sin paliativos el golpe contra la legitimidad democrática egipcia. Los demás países musulmanes –Siria incluida- y la Liga Árabe han acogido con complacencia el cambio operado, al igual que la mayoría de los Estados occidentales. Tanto Estados Unidos –principal financiador de las FFAA egipcias- como la UE han evitado mencionar el citado término. La Alta Representante, Catherine Ashton, ha hecho un llamamiento para que se retome cuanto antes la vuelta a la normalidad democrática con la celebración de elecciones presidenciales y parlamentarias limpias y justas, y la aprobación de una Constitución. ¿Qué elecciones, qué Constitución?, cabe preguntarse. ¿Acaso no se han celebrado ya tales elecciones y adoptado una  Constitución, por muy fundamentalista que sea? ¿Habrá que esperar hasta que los resultados de las elecciones y el texto constitucional sean del agrado de las democracias occidentales? Es cierto que Mursi –aunque tenía legitimidad de origen- perdió la de ejercicio al encaminar a su país hacia una dictadura islamista, pero ¿es adecuado confiar en que un ejército antidemocrático restaure la democracia? En el ínterin, no cabe descartar –como en 1991 en Argelia- el desencadenamiento de una guerra civil. Concuerdo con Araceli Mangas en que los interesados tienen la obligación de evitarla y emprender un diálogo a fin de redactar una Constitución sin sectarismos religiosos aceptable para todos y celebrar unas elecciones democráticas limpias. Silvia Montero ha dicho que lo ocurrido en Egipto parece dar la razón a quienes –como yo- consideran que Islam y democracia son términos antagónicos. Como ha reconocido el presidente turco Recep Erdogan, no hay islamistas moderados y todos los que se precien de tal tratarán de implantar como sea en sus países los principios de la fe coránica, lo que es contrario a la democracia. Me temo que acerté en mi vaticinio y que Egipto haya pasado en un año del otoño al invierno.


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