No es peligroso asomarse al Exterior

El “neo-mubarakismo” del General Al-Sisi

A finales de 2013 el Gobierno de transición formado tras el golpe de Estado contra el presidente Mohamed Mursi declaró a la Cofradía de los Hermanos Musulmanes (HM) “organización terrorista” e ilegalizó a su brazo político, el Partido Libertad y Justicia (PLJ). El pasado 9 de agosto, el Tribunal Supremo sancionó esta decisión administrativa y acordó la disolución definitiva del PLJ y la incautación de todos sus bienes. Se ha basado en que, al estar controlado por los HM, es “una de las ramas de una organización terrorista”, que incumple la Constitución y la Ley de Partidos que prohíben los partidos religiosos, y “viola la necesidad de velar por la unidad nacional y la paz social”. Con ello se ha cerrado el ciclo que excluye arbitrariamente de la vida pública a uno de los movimientos políticos y sociales más importantes de Egipto. Como ha señalado el Ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo,“su ilegalización no contribuirá al éxito del proceso político”.

¿Será el General Al-Sisi el salvador de la Patria?

Para Paloma González del Miño la vida política de Egipto tras el derrocamiento de Hosni Mubarak en 2011 ha pasado por las fases de cooperación coyuntural -que culminó en la elección de Mursi a la Presidencia de la República y la adopción de la Constitución islamista de 2012-, eliminación de la legitimidad constitucional tras el golpe de Estado contra Mursi -con la formación de un Gobierno provisional y la adopción de la Constitución laica de 2014-, y control de las Fuerzas Armadas (FA) a raíz de la elección como presidente del General Abdel-Fatah Al-Sisi. Sólo 38.6% del electorado participó en el referéndum para adoptar la Constitución, en una campaña en la que se silenció a los contrarios a su texto. En su Preámbulo se afirma que”escribimos una Constitución para construir un Estado democrático y moderno; es decir, que no sea ni religioso ni militar”. Puede que se haya conseguido el primer objetivo al prohibir su artículo 74 la formación de partidos sobre una base religiosa, pero no así el segundo, ya que han quedado constitucionalizados los privilegios de las FA. Con la eliminación de los HM -no sólo política, sino incluso física- se ha prescindido de un elemento esencial para la estabilidad de Egipto, por lo que -en opinión de Hazan Amirah Fernández- la Carta Magna no ofrece un marco de convivencia inclusivo y ampliamente aceptado, y el país se enfrenta a un “futuro feo”. Al-Sisi no ha engañado a nadie, pues, ya durante el golpe de Estado sui generis por él inspirado, afirmó que las FA no permanecerían impasibles ante la destrucción del país y responderían con todas sus fuerzas a los ataques de los islamistas, y en su campaña electoral prometió acabar con los HM. Como ha observado Said Sadek, tras los últimos años de inestabilidad, Egipto estaba buscando a su Napoleón y Al-Sisi se presentaba como el nuevo Mesías que traería estabilidad y espantaría el fantasma de la confrontación civil, pero buena parte de la población está curada de “salvadores de la Patria”. Según Fernández, Al-Sisi debería ser fuerte sin abusar y dialogante sin mostrar debilidad, tener una visión de futuro e integrar en vez de separar, pero se trata de una tarea titánica, imposible de lograr en una sociedad desestructurada y Al-Sisi carece de credibilidad y de legitimidad democrática.

Política autocrática de exclusión

El personaje ha sido descrito por Antonio Rubio en su artículo “La democracia según Al-Sisi”. Para éste, la democracia en Oriente Medio no tiene que desarrollarse necesariamente conforme al modelo occidental -que resulta inviable-, sino adoptar formas propias. La democracia no puede separarse de la religión, ya que está sólidamente asociada a vínculos religiosos en los pueblos árabes. Al-Sisi es un firme creyente musulmán y, ante todo, un militar nacionalista patriota, que estima que no cabe esperar que los Estados de Oriente Medio adopten rápidamente formas democráticas de gobierno. Su escaso entusiasmo por la democracia, su vinculación al Islam, su mesianismo patriótico encarnado en las FA -que él representa- y la escasa legitimidad de su elección hacen ilusorio que establezca en Egipto un régimen más o menos democrático. Su elección fue facilitada por un golpe de Estado, el control de las FA y la exclusión de cualquier tipo de oposición, islamista o liberal. Aunque obtuvo el 89% de los votos expresados, la participación ascendió al 44%, según la versión oficial de escasa credibilidad, o al 12%, según organizaciones independientes. No ha tardado en recurrir a los métodos “mubarakistas” -represión brutal de los adversarios políticos y control de los medios de comunicación-, hasta el punto de que muchos egipcios se preguntan si no están ahora peor que antes de la caída de Mubarak. El problema clave de Egipto es –según Aurora Nacarino-Bravo- la falta de inclusión, pues el oponente político es considerado enemigo de la Patria y debe ser expulsado del sistema. Al-Sisi se ha puesto con entusiasmo a la tarea, sirviéndose de un poder judicial Gobierno

incondicionalmente a su servicio. Se ha calificado de “terroristas” a los HM -lo que lleva aparejada la pena de muerte-, ilegalizado y disuelto el PLJ y las instituciones sociales y humanitarias de la Cofradía, incautado sus bienes, condenado a muerte a su líder Mohamed Badia y otros 1.212 cofrades, y detenido a más de 20.000. El récord lo ha batido el juez Said Yusef Sabri, alias “el Carnicero”, que, en apenas 5 minutos y con flagrante ausencia de pruebas, ha condenado a muerte a 683 HM. Prueba del dominio sobre los medios de comunicación ha sido la arbitraria condenado por un Tribunal de tres periodistas de la TV qatarí “Al-Yazira”. Como ha denunciado Amnistía Internacional, el errático sistema judicial egipcio es empleado por el Gobierno como herramienta para eliminar la oposición política. Asimismo “Human Rights Watch” ha condenado la masacre de unas mil personas realizada por las FA en Agosto de 2013, y responsabilizado de ello al entonces ministro de Defensa Al-Sisi.

Delicada situación de los coptos en Egipto

En Egipto es delicada la situación de la minoría cristiano-ortodoxa, que supone el 9% de la población. Aunque cuentan con elites bien preparadas, los coptos han sido considerados por los Gobiernos como ciudadanos de segunda categoría, no han gozado de plena libertad de culto y han estado en el punto de mira de los islamistas radicales, que han destruido a menudo sus iglesias ante la pasividad de la policía. Pese a ello, han apoyado al autócrata de turno, como mal menor. Algunos grupos cristianos contribuyeron al movimiento renovador de la primavera árabe que descabalgó a Mubarak, pero se vieron frustrados por el triunfo de los HM y el proceso de islamización radical iniciado por Mursi. De ahí que apoyaran el golpe de Estado y que el Patriarca Teodoro II ensalzara a Al-Sisi por rescatar a Egipto de los HM y aplaudiera su victoria electoral, “señal de la voluntad popular”, pasando por alto las irregularidades y la ausencia de libertad que caracterizaron los comicios. El Obispo de Guizah, Antonios Aziz Mina –que participó en la elaboración de la Constitución- afirmó en un coloquio en Madrid que el levantamiento militar no fue un golpe de Estado, porque era respuesta a la demanda del pueblo y contaba con su aprobación, ante a la pretensión de Mursi de establecer una nación islámica. No todos, sin embargo, comparten este criterio y el bloguero Mina Fayek ha señalado que, aunque muchos coptos vean a Al-Sisi como salvador de los islamistas, “el tiempo puede desvelar que no está dispuesto a satisfacer las aspiraciones de igualdad y ciudadanía plena que reclamamos”. Resulta ingenuo esperar que establezca la libertad religiosa quien niega la libertad en general. Los coptos incurren en el mismo error que el mundo occidental –especialmente Estados Unidos-, que, pese a sus piadosas condenas de los excesos de Al-Sisi y a sus incitaciones a que siga el camino de la democracia, acaban por perdonarle todos sus pecados, porque es su autócrata y Egipto su aliado más fiable en el conflictivo Oriente Medio.


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