No es peligroso asomarse al Exterior

El inextricable rompecabezas de Irak y su entorno

Noticias procedentes de Irak hacen alentar una leve esperanza de que se vaya atenuando el enfrentamiento fraticida entre chiitas y sunitas. Aunque éste tenga un origen religioso, es una ecuación con múltiples variantes de carácter ideológico, político, étnico y estratégico, de enorme complejidad.

Enfrentamiento entre sunitas y chiitas

Alí –yerno de Mahoma- accedió al Califato en 656, pero fue muerto cinco años más tarde en Kufa durante una guerra civil liderada por el Gobernador omeya de Siria Muawiya. Le sucedió su hijo Husein, que fue asimismo asesinado en 680 por Yazid en la batalla de Kérbala, ciudad santa donde reposan sus restos. Su martirio –que se conmemora cada año en la festividad musulmana de la Ashura- provocó un cisma en el islam entre los seguidores de Husein –chiitas- y los partidarios del Califa Yazid –sunitas-. Aunque ambas corrientes acepten los principios básicos del islamismo, hay entre ellas algunas diferencias, pese a lo cual han coexistido históricamente en mayor o menor armonía. El chiísmo se expandió por todo el islam y se implantó con mayor fuerza en Irán, Irak, Siria, Líbano, Bahrein y Azerbaiyan. Ya en 637 había tenido lugar la mítica batalla de Qadisiya, en la que Irak venció a la poderosa Persia, se consolidó como nación  y trató de establecer su hegemonía en la región. En el Irak de Saddam Husein, los chiitas suponían el 56% de los musulmanes, frente al 44% de los sunitas, pero eran éstos los que controlaban la vida política y económica.

Lo contrario ocurría en Siria, donde la minoría alauita –una rama del chiísmo-, dirigida por Hafez al-Asad, ostentaba el poder. Se mantenía, de un lado, la lucha por la hegemonía de Irak frente a las pretensiones del Irán del Shah Reza Pahlevi y de su sucesor Ruhollah Jomeini y, de otro, el conflicto entre Saddam y Asad por el liderazgo del partido panárabe Baaz, que gobernaba autocráticamente en los dos Estados. En el conflicto bélico irano-iraquí (1980-1988), Siria apoyó a Irán política, militar y económicamente, y cerró la frontera y el oleoducto a Banyas y Trípoli. A diferencia del confesionalismo iraní, el Baaz era un partido laico que preconizaba la separación entre Iglesia y Estado, y el régimen iraquí permitía la libre práctica religiosa, siempre que no tuviera incidencias políticas. En Irak se encontraban los principales santuarios del chiísmo –Kerbala, Najef, Samarra y Khadimiya- y tan sólo el movimiento chiita al-Dawa, apoyado por Irán, luchaba abiertamente contra Saddam con métodos terroristas. La guerra irano-iraquí terminó en tablas, aunque fuera perdida por los dos contendientes, y dejó muchas heridas abiertas.

Siguiendo las directrices de los halcones “neocons”, el pro-cónsul Paul Bremer cometió el disparate de suprimir las fuerzas armadas (FA) iraquíes

Imposición del chiísmo en Irak

Tras la invasión iraquí de Kuwait en 1990, la coalición liderada por Estados Unidos (EEUU) –en la que participaba Siria- derrotó fácilmente a Saddam, pero Georges Bush Sr. decidió dejarlo en el poder como garantía del mantenimiento de la integridad de Irak. Después de la guerra del Golfo (2003), Georges Bush Jr.  enmendó la plana a su progenitor y procedió a la eliminación física y política de Saddam, y de la estructura militar y administrativa de Irak. Siguiendo las directrices de los halcones “neocons”, el pro-cónsul Paul Bremer cometió el disparate de suprimir las fuerzas armadas (FA) iraquíes –dominadas por los sunitas- y destituir a quienes habían estado relacionados de alguna manera con el Baaz. A la par, entregó el Gobierno a los chiitas, y el Primer Ministro Nuri al-Maliki impuso el chiísmo militante y arrojó a los sunitas a las tinieblas exteriores. Ello provocó el desplome de la administración pública y el surgimiento de la guerra civil, pues los excluidos sunitas -con gente armada y bien entrenada- reclamaron su perdido lugar en el sol iraquí. Las FA controladas por los chiitas lucharon contra las milicias sunitas, que contaron con el apoyo de las poblaciones locales en el centro y el oeste del país y de combatientes internacionales, que crearon el Estado Islámico de Irak. Éste fue posteriormente sustituido por el Estado Islámico (IS), que ha establecido un califato yihadista radical en buena parte de Siria y de Irak.

El General David Petraeus logró atraerse a algunos líderes tribales sunitas para que lucharan contra al-Qaeda, pero el sectarismo de al-Maliki truncó este meritorio esfuerzo y el desmotivado ejército iraquí fue humillantemente derrotado por las “brigadas internacionales” del IS, que ocupó las principales ciudades de la zona sunita –incluida Mosul- y cercó Bagdad. EEUU forzó la destitución de al-Maliki, y su sucesor -el chiita moderado Haidad al-Abadi- está tratando de formar un gobierno de integración y de profesionalizar el ejército. Ha pactado con Majid Ali Suleiman -líder de la importante tribu Dulaimi de Anbar- recrear una milicia de 30.000 sunitas para que se enfrenten al IS. Las FA se están reorganizando y, con la colaboración de los peshmerga kurdos y de EEUU, están recuperando lentamente parte del terreno perdido.

Incidencias en el entorno: Turquía, Siria, Irán y Arabia Saudita

Otra variante del rompecabezas es el factor de Kurdistán, una nación musulmana sin Estado, cuya población de unos 11 millones quedó dispersa tras la I Guerra Mundial entre Irán, Irak, Turquía y Siria. El Irak de Saddam fue el único de ellos que reconoció la singularidad de los kurdos y estableció la Región Autónoma de Kurdistán, aunque fuera con limitadas competencias. Irán los persiguió, Turquía los oprimió y discriminó -hasta el punto de considerar delito hablar en kurdo- y Siria los ignoró. Irak acabó por enfrentarse a sus kurdos cuando éstos se aliaron con Irán y permitieron cogerlo entre dos fuegos. La desorbitada reacción de Saddam ante lo que consideró una traición fue el bombardeo con armas químicas de Halabja en 1988, que causó 5.000 muertos.

El levantamiento armado contra al-Asad iniciado por el laico Frente Sirio de Liberación ha sido secuestrado por los grupos yihadistas  de al-Qaeda y del IS

El Gobierno turco mira con desconfianza y aprensión el desarrollo autonómico del Kurdistán iraquí por temor al contagio. Envuelto durante 30 años en una guerra civil con las milicias del Partido de los Trabajadores (PKK), está tratando de acordar con él una solución negociada en un ambiente de desconfianza mutua. A ello se suma el problema de la minoría kurda de Siria -en vías de ser expulsada del país por el IS-, cuyo punto culminante es el cerco de la ciudad fronteriza de Kobane, defendida por las Unidades de Defensa Popular (YPG), afines al PKK. Turquía los considera tan terroristas como el IS, al que, con su pasividad, ha permitido actuar, y se había negado hasta ahora a apoyar a los sitiados y a permitir el acceso de combatientes kurdos y de material bélico, salvo que fuera para a luchar contra Bashar al-Asad. Bajo presión de la alianza internacional contra el IS–que está bombardeando regularmente las posiciones de éste- ha autorizado recientemente el paso de un centenar de peshmerga iraquíes para que auxilien a sus sitiados primos. Aquí aparece la variante siria.

El levantamiento armado contra al-Asad iniciado por el laico Frente Sirio de Liberación ha sido secuestrado por los grupos yihadistas  de al-Qaeda y del IS, y ahora los aliados –que desean el relevo de Asad- no saben a quién apoyar y cómo hacerlo para que no se aprovechen los radicales. Atacar al IS beneficia a Siria, pero los miembros de la alianza no quieren concertar su actuación con su Presidente, lo que provoca a su vez las críticas de Rusia. Irán respalda a Siria y se opone a la acción del IS en este país y en Irak, pero tiene problemas políticos para colaborar con EEUU a tales efectos. Su franquicia libanesa de Hizbollah ha intervenido militarmente en ayuda de Siria, lo que ha causado la extensión de la guerra civil al Líbano y la oposición de los aliados, de Turquía y de Arabia Saudita. Ésta -exportadora del wahadismo radical y finananciadora de los movimientos yihadistas, incluido el IS- teme la influencia negativa de éste en su territorio, por lo que se ha unido sin entusiasmo a la coalición. Tanto Arabia Saudita –que ha sustituido a Irak en su pretensión de hegemonía en el Golfo- como Irán son contrarios al IS, pero no colaboran ni hacen nada para superar el enfrentamiento entre sunitas y chiitas, a lo que están obligados en su calidad de respectivos líderes de las dos ramas. Es sumamente difícil desenredar la madeja ante la disparidad de los intereses en presencia y el rompecabezas de Irak y su entorno resulta casi imposible de extricar.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba