No es peligroso asomarse al Exterior

No es fácil luchar contra el terrorismo islamista

Los recientes atentados con bombas en Boston y los apuñalamientos de los soldados Lee Rugby en Londres y Cédric Cordier en Paris, cometidos por musulmanes fanáticos, ponen de manifiesto el riesgo que corre Occidente por culpa de unos fundamentalistas islámicos como Alexander D., quien confesó que había agredido a este último por “por motivos religiosos”.

No se debe confundir el islam con el islamismo fundamentalista

En opinión de Miguel Ángel Ayuso, secretario del Pontificio Colegio para el Diálogo Interreligioso, no se puede afirmar de forma general que el Islam sea violento. El común de los musulmanes se distingue por su sinceridad y sumisión a Dios y hay que distinguir entre el islam –con su credo, su cultura y su religiosidad popular- y el islamismo militante, que manipula la religión para imponer por la fuerza y con violencia una serie de principios contrarios a su propia religión. En los ambientes más desfavorecidos, el islamismo fundamentalista trata de inculcar una visión distorsionada de la fe en el sencillo creyente, al que manipula desde ciertas mezquitas mediante sermones incendiarios.

El islam no es un problema, pero algunos islamistas sí lo son

La falta de una autoridad mundial y de una jerarquía institucionalizada ha facilitado la proliferación de imames y mullahs semianalfabetos, que interpretan a su antojo el Corán, inducen a la violencia y lanzan fatwas en las que condenan a muerte a algunos infieles. Como ha señalado Idris Tawfiq, profesor de la Universidad Coránica de Al-Azhar, esta ausencia de autoridad religiosa ha alentado la radicalización de los jóvenes musulmanes, que escuchan las prédicas de líderes y grupos que aseguran hablar en nombre del islam y no tienen nada que ver con la auténtica religión. Los seducen con la idea de hacer algo grandioso y les ofrecen un relato atractivo que el islamismo moderado es incapaz de proporcionarles.

Los ‘lobos solitarios’ son fruto de la frustración que sufren estos jóvenes y sólo desparecerá cuando la corriente mayoritaria les ofrezca un plan alternativo que les atraiga. El islam no es un problema, pero algunos islamistas sí lo son. Los fieles educados deberían enseñar a los jóvenes afincados en países occidentales un estilo de visa que haga compatible sus creencias con el respeto a la democracia, a los derechos humanos, a la mujer y a la libertad de expresión. Según Mohamed Sammak, secretario general del Comité de Diálogo Cristiano-Musulmán de Líbano, los fundamentalistas nunca entenderán lo que significa pluralidad y diversidad, monopolizan a Dios y a la verdad, y están no solo contra los cristianos, sino también contra los musulmanes que no comparten sus ideas. Prueba de ello son los crímenes sectarios de chiitas, sunitas y otras minorías islámicas, que a diario se cometen en Afganistán, Irak, Siria, Líbano, Bahrein, Arabia Saudita o Pakistán.

Inadaptación, frustración y radicalización de los musulmanes en Occidente

Esta situación es especialmente grave entre los jóvenes que viven en Occidente, que se han desarraigado de sus lugares de origen y no se han adaptado a las formas de vida de los países de acogida, incluso cuando han nacido y sido educado en ellos. Las políticas de multiculturalidad en Gran Bretaña, de integración forzada en Francia o de segregación razonable en Alemania han tenido escaso éxito, y los musulmanes de tercera generación –aparentemente integrados en la sociedad- no encuentran su lugar en el sol y se radicalizan cada día más. España –país tolerante que no ha seguido una política predeterminada con respectos a los inmigrantes musulmanes, que hasta ahora no han sido tan numerosos como en otros Estados europeos- fue objeto el 11 de marzo de 2004 de un inexplicable e inexplicado ataque indiscriminado del sectarismo islámico fanatizado, que causó 197 muertos. Estos fundamentalistas insatisfechos constituyen un caldo de cultivo adecuado para el terrorismo y actúan como un caballo de Troya en las fortalezas de Occidente.

Contra ellos, los dispositivos antiterroristas tradicionales carecen de eficacia. Hasta el 11 de septiembre de 2001, los estados tenían que defenderse de otros estados o de movimientos revolucionarios o de liberación, pero –a raíz de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York- el enemigo se ha diluido en el difuso ectoplasma de Al-Qaeda, que a su vez, se ha multiplicado mediante franquicias y filiales -más o menos controladas por la casa madre-, que acaban por actuar por su cuenta. El último eslabón en esta cadena lo constituyen los ‘lobos solitarios’, difíciles de detectar y casi imposibles de neutralizar, si cuentan con armas y explosivos y tienen vocación de mártires suicidas.

Necesidad de una política preventiva

Para hacer frente a esta delicada situación, no queda a los estados más opción que adoptar una política preventiva. Las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia deberán vigilar a los militantes islámicos que hayan participado en conflictos bélicos o pasado por campamentos de entrenamiento terrorista, seguir con atención las redes de Internet utilizadas para promover el fundamentalismo integrista y la lucha yihadista, y controlar las prédicas de los líderes religiosos que incitan a la violencia y al terrorismo. Hay que tener especial cuidado con los captadores de mentes y voluntades, y tener con ellos tolerancia cero, tanto con los individuos como con los estados que los apoyan. Un caso paradigmático es el de Arabia Saudita, un país feudal, autocrático y socialmente regresivo, que tiene el Corán como Constitución y la sharia como ley civil y penal.

Respecto a los imanes que incitan desde el púlpito a la violencia, los gobiernos deben prohibir sus sermones subversivos

Está regido por un monarca absoluto, defensor de los creyentes y del wahadismo, la versión más retrógrada e intolerante del islamismo, que hace especial hincapié en la yihad contra el infiel. La monarquía saudita –tradicional aliada de occidente- apoya política y financieramente los movimientos integristas radicales –incluidos los terroristas- y exporta el fundamentalismo wahabita a Afganistán, Pakistán, Irak y los países y regiones musulmanes de la antigua URSS. Facilita dinero y personal a sus escuelas coránicas –madrasas-, en las que se lava el cerebro a los alumnos, se les inculca el odio al cristianismo y a la cultura occidental, se promociona el fundamentalismo integrista, se relativiza el valor de la vida y se ensalza la inmolación suicida.

En el colmo del cinismo, el rey saudí ha promovido y financiado la creación en Viena de un Centro Internacional para el Diálogo Interreligioso, con el objetivo de contribuir a un diálogo eficaz y respetuoso a favor de la Humanidad y en pro de los derechos humanos fundamentales, en particular la libertad religiosa para toda persona o comunidad y en todas partes. No predicando con el ejemplo, Arabia Saudita no permite la libertad de religión y de culto y, a pesar de contar con una población de unos 800.000 cristianos –en su ,mayoría trabajadores procedentes de Filipinas e India- no autoriza ni una sola iglesia en el país, mientras exige libertad de culto para los musulmanes en occidente y su derecho a construir templos. Los gobiernos consienten este doble estándar –‘poderoso caballero es don petróleo’- y el único que ha actuado con corrección ha sido el de Noruega, que ha negado su autorización a la construcción de mezquitas mientras Arabia Saudita no permita levantar iglesias en su territorio. Respecto a los imanes que incitan desde el púlpito a la violencia, los gobiernos deben prohibir sus sermones subversivos y –caso de insistir en ellos- expulsarlos del país. La adopción de medidas preventivas no es labor fácil y, a veces –cuando se toman de forma indebida- provocan críticas de los ‘biempensantes progres’, como ocurrió en el caso del ‘comando Dixán’.

Los musulmanes que se trasladen a otros países o hayan nacido en ellos habrán de adaptarse al modus vivendi de las sociedades que los acogen y cumplir sus normas de convivencia. Los gobiernos, a su vez, tendrán que respetar las creencias de todos los ciudadanos y permitirles su práctica, pero de ningún modo deberán tolerar aberraciones como la ablación, la poligamia o la desigualdad de la mujer y la violencia contra ella, por muy arraigados que estén en la tradición del islam.


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