No es peligroso asomarse al Exterior

¿Somos conscientes de la importancia del Español?

El pasado día 20 asistí a la presentación del libro “El español en las relaciones internacionales”, escrito por el Embajador Javier Rupérez y el Profesor David Fernández Vítores. La obra –que forma parte de una colección de monografías auspiciada por la Fundación Telefónica sobre el “Valor económico del español”- es ilustrativa, pues pone de manifiesto la relevancia mundial de nuestro idioma. Como afirmó en el acto el Vicepresidente de la Fundación, Javier Nadal, la lengua española es el principal activo del país.

El español es la cuarta lengua más hablada –por 450 millones de personas en 21 Estados, 5,7% de la población mundial- y la segunda en importancia internacional, pues el chino y el hindi sólo son utilizados en China y la India. Es asimismo la segunda lengua más estudiada y el “producto más internacional de España”, en opinión de Rupérez, quien cita unas palabras precursoras de Antonio Nebrija, incluidas en 1492 en el prólogo de de su “Gramática de la Lengua Castellana”. En él afirmaba que la lengua había llevado a la monarquía y a la paz, y que “en la fortuna i buena dicha de la cual los miembros i pedaços de España que estauan por muchas partes derramados, se rediuxeron i aiuntaron en un cuerpo i unidad de reino, la forma y travazón del cual, assí está ordenada que muchos siglos, iniuria y tiempos no la podrán romper ni desatar”.

El español en Naciones Unidas

La sociedad española, sin embargo, no es consciente del valor de su lengua, “el mayor bien en un mundo en el que las empresas de la cultura y entretenimiento no dejan de crecer y globalizarse”, según Fernando Lafuente. El futuro del español dependerá, no tanto del crecimiento demográfico de sus usuarios, como de la fortaleza económica, el avance científico, la calidad cultural y el desarrollo democrático de los países que forman la Comunidad Iberoamericana. Ha dejado de ser patrimonio exclusivo de España y se ha convertido en un idioma predominantemente americano, que la Real Academia de la Lengua Española y la Asociación de Academias Iberoamericanas deben “limpiar, fijar y dar esplendor”. La promoción del español es una tarea que transciende a España y requiere el compromiso y protagonismo del conjunto de la Comunidad.

Gracias a los países de América que elaboraron la Carta de San Francisco, el español es lengua oficial y de trabajo de la ONU, la tercera en importancia. Según señala Fernández Vítores, por razones pragmáticas se está produciendo una disociación entre la situación de hecho y de derecho, que beneficia al inglés en perjuicio de los demás idiomas oficiales, incluido el español. Pero esta hegemonía de inglés no debe degenerar en monopolio, y España y los países iberoamericanos deben promocionar el uso del español en todos los organismos del sistema onusiano, para aumentar –o, al menos, preservar- el peso institucional de nuestro idioma. Un testimonio personal al respecto. Cuando estaba de Representante Permanente ante las NU en Viena, supe por unos traductores españoles que el Director General del OIEA pretendía que las actas se redactaran únicamente en inglés y que se redujera la edición de documentos en otros idiomas. Me reuní con los Embajadores hispanoamericanos y decidimos oponernos. El Presidente del GRULAC y yo fuimos a hablar con Hans Blix y logramos parar el golpe. En un ámbito más amplio, españoles e iberoamericanos deben fomentar el uso de la lengua común y difundir coordinadamente la cultura en español, para lo que convendría recabar la colaboración de las Cumbres de la Comunidad Iberoamericana.

El español en la Unión Europea

La situación del castellano en la UE es menos favorable que en la ONU, porque depende únicamente de los méritos de España, al no contar con el crédito de internacionalidad que le otorga su uso por los países americanos. Es el cuarto idioma más usado y -aunque considerada lengua oficial- tiene rango inferior a las de trabajo, que son el inglés, el francés y el alemán. Prueba de ello es su injustificada exclusión como lengua oficial de la Agencia Europea de Patentes, en la que las patentes unificadas sólo pueden ser registradas en las tres lenguas citadas, pese a que el español es una de las cinco lenguas de trabajo de la Agencia Europea de Marcas. Esta discriminación es especialmente grave porque España es la referencia única de las patentes en español para Iberoamérica. El Gobierno socialista contribuyó a menoscabar la posición del español al proponer en 2004 el reconocimiento como lenguas oficiales de la Unión del catalán, el gallego y el euskera. 

La UE rechazó esta propuesta, pero accedió a que pudieran ser utilizadas en algunos de sus órganos, siempre que España asumiera los gastos de interpretación y traducción. Con ello se envió un mensaje de falta de unidad en la defensa institucional del español, y los eurócratas rebajaron su nivel al sexto lugar al considerar que sólo lo hablaban 30 millones de personas, pues excluía de su ámbito a los hispano-parlantes de Cataluña, Baleares, Valencia, Galicia y el País Vasco, cuya lengua materna era la vernácula de sus respectivas comunidades. Siguiendo su errática política lingüística, el Gobierno ha autorizado el uso en el Senado de las lenguas co-oficiales. El espectáculo de los senadores discutiendo los problemas de España con auriculares resulta grotesco y esperpéntico. También ha tolerado la insumisión del Gobierno catalán al negarse a cumplir las sentencias de los tribunales sobre la obligación de la enseñanza en castellano, en contra del precepto constitucional sobre el deber de los españoles de conocerlo y su derecho a utilizarlo. Pero el artículo 3 de la Constitución se viola también en Euskadi, Galicia y Baleares.

Fomento del castellano dentro y fuera de España

En opinión de Fernández Vítores, las autoridades educativas deberían prestar atención a la solidez del español toda España y garantizar la generalización de su uso y la calidad de su conocimiento a todos los habitantes de país, sin perjuicio del uso, enseñanza y reconocimiento de las lenguas vernáculas co-oficiales. Sin embargo, la Generalitat acosa a la lengua oficial de Estado, al no permitir la escolarización en español, sancionar a quienes rotulan sus negocios en castellano o discriminar a autores catalanes –como Marsé o Mendoza- porque escriben en español. Ha hecho todo lo posible para enmendarle la plana a Nebrija, pero no podrá impedir que se cumpla su predicción de que ni la injuria ni el tiempo lograrán socavar la lengua castellana.

Como ha observado el Marqués de Tamarón, la imagen de la lengua española es manifiestamente mejorable, pues –si bien raya a gran altura en el ámbito literario-, no cabe decir lo mismo en el de la ciencia o la tecnología. Así, los científicos españoles tienen que investigar en países anglosajones y publicar sus trabajos en inglés, pues en este idioma se editan las más prestigiosas revistas científicas. Tampoco tiene suficiente presencia en Internet el español, como lo prueba que sus entradas en Wikipedia estén por detrás de las hechas en francés, alemán, holandés o sueco. A juicio de Álvaro Delgado-Gal, las elites culturales hispánicas son poco participativas y rinden por debajo de sus capacidades reales. Hay, pues, que colaborar más activamente en la expansión del español, que -según Rupérez- encontrará su mejor futuro en la vitalidad social, la capacidad de imaginación, la fuerza creativa y la prosperidad económica de los que lo hablan. Cabe concluir con Antonio Fontán que la lengua española constituye la mayor riqueza de nuestra nación, al ser un recurso natural, una fuente de riqueza y un activo intangible obra de la Historia, “si algún día, y en serio, los Gobiernos emprenden una verdadera política de fomento y promoción del español y la sociedad se apercibe del importante valor que tiene en las manos”. 


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