No es peligroso asomarse al Exterior

Travesuras del pueblo irlandés

El pasado 4 de octubre, el pueblo irlandés rechazó en referéndum, por un estrecho margen de 42.500 votos, la propuesta del Gobierno de coalición Fina Gael (FG)-Partido Laborista (PL) de supresión del Senado, que contaba con el respaldo de los demás partidos a excepción del Fianna Fail (FF). Ha participado el 39,17% del electorado y, pese a las previsiones en contra de las encuestas, el 51,73% se pronunció por el 'no' frente al 48,17% que lo hizo por el 'sí'. El 65,16% de los votantes aceptaron, en cambio, el establecimiento de una instancia de apelación intermedia entre los tribunales superiores y el Tribunal Supremo. La decisión ha constituido una sorpresa para buena parte de la opinión pública y de los medios de comunicación internacionales, pero no tanto para los conocedores de la política interna e internacional de Irlanda y la peculiar idiosincrasia de su pueblo.

Reciente historia de Irlanda

Irlanda es un Estado joven que ha estado sometido durante siglos al implacable dominio de Inglaterra y que hasta 1922 no consiguió su independencia, aunque no de forma completa, pues, debido a las argucias británicas, fue amputada de seis condados del Ulster, que se integraron en el Reino Unido bajo el título de Irlanda del Norte. Los intentos del Gobierno de la República de Irlanda para recuperar su integridad territorial, por medios violentos o pacíficos, han resultado vanos. Como consecuencia de ello, el país y sus ciudadanos han sufrido desde tiempos ancestrales de un complejo de insularidad y aislamiento –“una isla detrás de otra isla”- y de dependencia de Inglaterra, hasta que su incorporación en 1974 a la Comunidad Europea (CE), al mismo tiempo que el Reino Unido y en paridad con él, fortaleció su identidad y autoestima y le permitió superar en gran medida dicho complejo. Su pertenencia a la CE le ha permitido diversificar sus contactos políticos con el exterior y potenciar su economía, gracias principalmente a los fondos estructurales, y su actitud hacia la Comunidad ha estado condicionada por las ventajas de su calidad de miembro.

Era un país de menos de cuatro millones de habitantes -en la actualidad son 4.582.000- situado en la periferia de Europa y disponía de un mercado reducido y una renta per capita que no llegaba al 70% de la media comunitaria. Contaba con un importante sector agrícola, insuficientemente desarrollado y dependiente de las ayudas de Bruselas, y un incipiente sector industrial y de servicios, reducido pero potente, que ha sido utilizado por las empresas de Estados Unidos y de Japón como cabeza de puente para introducirse en el mercado europeo. Sólo en sus primeros 15 años de pertenencia a la CE percibió 6.020 millones de libras en ayudas y era el primer receptor en términos relativos de fondos de cohesión -242 ecus por cabeza-, hasta el punto de que algún comentarista malevolente llegó a afirmar que su principal industria era el presupuesto comunitario. Gracias a estas aportaciones, ha progresado de manera impresionante, superado la media de la Unión Europea (UE) y alcanzado una renta p.c. de 60.000 dólares, lo que la sitúa en el puesto 32 del escalafón mundial de renta y en el séptimo del índice de desarrollo humano.

En 2008 no pudo escapar al zarpazo de la crisis económica mundial y tuvo que nacionalizar el Allied Irish Bank y gastar ingentes sumas de dinero para reflotar al banco y a otras entidades financieras, lo que provocó un déficit de hasta el 11% del PIB y un paro del 14%. La UE y el Fondo Monetario Internacional acudieron al rescate con un préstamo de 85.000 millones de euros, a cambio del cual le impusieron una política de austeridad para reducir el déficit. El país se ha ido recuperando gradualmente y cabe esperar que este año salga de la recesión y su PIB crezca un 0,7%. El Gobierno de coalición mantiene una radical política de rigor financiero y tiene previsto un recorte adicional de 3.000 millones de euros y una subida de impuestos. 

Organización política de Irlanda

Irlanda es una república parlamentaria, cuyo Gobierno está dirigido por un primer ministro (Taoiseach) con amplios poderes. Cuenta con un Parlamento bicameral: una Cámara Baja (Dail), que ejerce la función legislativa y de control presupuestario, y otra Alta (Seanad), con competencias reducidas y de carácter más bien simbólico. El sistema para la elección de diputados (TD) es extremadamente complejo y localista, y conlleva la presencia constante de éstos en sus pequeños feudos electorales -donde tienen sus “consultas” para atender a los conciudadanos- y el deber de asistencia a bautizos, bodas y funerales. Ello les induce a adoptar una actitud “parroquiana” y les dificulta tener una visión nacional del país y, mucho menos, una perspectiva internacional o comunitaria.

Las últimas elecciones parlamentarias de 2011 fueron ganadas por FG (69 escaños), seguido por el PL (33), que formaron un Gobierno de coalición presidido por el cristianodemócrata Enda Kenny. El gran perdedor fue FF (16), partido nacionalista moderado y populista sin contenido ideológico, que había sido la fuerza preponderante en el Gobierno. También entró en el Dail con cierto ímpetu el Sinn Fein, partido nacionalista radical derivado del IRA. El Seanad está compuesto por 60 senadores, de los cuales 11 son designados por el Taoiseach y 6 por las universidades, y los 43 restantes cooptados por un panel formado por los 60 senadores salientes, los 146 TD entrantes y 833 personalidades escogidas por 5 ciudades y 29 condados. El Senado tiene escasas competencias y carácter fundamentalmente asesor. Examina en segunda lectura los proyectos de ley adoptados por el Dail y puede proponer enmiendas, salvo en cuestiones financieras y fiscales sobre las que sólo le cabe hacer recomendaciones. La Cámara Baja tiene la última palabra y la Alta únicamente puede aplazar por unos meses la adopción final de las leyes.

Según mantuvo Kenny durante la campaña electoral, el Seanad era un órgano “irrelevante, elitista y anticuado”, cuya eliminación era inevitable y acorde con los tiempos, lo que además permitiría un ahorro de 20 millones de euros al año. Todos los partidos apoyaron su supresión, salvo FF, que afirmó que ésta se traduciría en “una pérdida irreparable para la democracia y una falta de control del ejecutivo”, por lo que preconizaba su simple reforma para modernizarlo. Alentado por las encuestas –incluidos los sondeos a pie de urna- el Gobierno vendió la piel del oso ante de haberlo cazado, hizo una campaña de bajo perfil y se encontró con una inesperada derrota, asumida democráticamente por el primer ministro, quien declaró “aceptar por completo el veredicto y la decisión del pueblo”. 

Idiosincrasia del pueblo irlandés

En el plano personal, los irlandeses suelen ser orgullosos e independientes, contradictorios e impredecibles, burlones e iconoclastas, y rebeldes -con o sin causa- y contestatarios, y les encanta hacer de enfant terrible, llevar la contraria a quien se ponga por delante y propinar de vez en cuando un sopapo al Gobierno de turno. Han aprovechado gustosos la ocasión para mostrar tarjeta amarilla al Gobierno y poner de manifiesto su hartazgo e insatisfacción por la severa política de austeridad económica que sigue, a instancias de la troika internacional de los 'hombres de negro'. Ya han puesto de manifiesto su talante en referéndums anteriores, en los que, por motivos de política interior ajenos a los temas planteados en la consulta, votaron en contra de la UE, pese a su dependencia de ella y al apoyo que prestan a la misma con carácter general. Así, en 2008 se opusieron a la ratificación del Tratado de Lisboa y hubo que celebrar un año después un segundo referéndum para que la autorizaran, y en 2012 rechazaron el Pacto Fiscal de la UE, lo que requirió la convocatoria de otra consulta, en la que finalmente se obtuvo la requerida anuencia popular. La última votación ha sido una travesura más de los incorregibles irlandeses.


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