No es peligroso asomarse al Exterior

La Revolución de los Jazmines se marchita

Túnez fue el primer país en lanzar la Revolución de los Jazmines, que provocó el surgimiento de la Primavera Árabe y se extendió por el resto del Mediterráneo: Libia, Egipto, Siria… El resultado ha sido poco alentador: Siria se encuentra sumida en plena guerra civil y Libia, Egipto y Túnez se han incorporado a la lamentable lista de “Estados fallidos”. Hoy voy a tratar en esta columna de la situación en Túnez.

Los islamistas de An Nahda en el Gobierno de Túnez

Túnez ha sido uno de los países más políticamente desarrollados del mundo árabe, gracias a las reformas realizadas en su día por Habib Bourguiba siguiendo el ejemplo de Kemal Ataturk en Turquía. Tras la muerte de Bourguiba, el país se fue deslizando hacia el autoritarismo y acabó en la “dictablanda” de Ben Alí. Las protestas populares derrocaron con facilidad al dictador y abrieron la vía a la Primavera Árabe. La rebelión fue protagonizada por jóvenes y movimientos laicos y liberales, que –aunque poco organizados- arrastraron a la población a la protesta. Pero quien mejor supo capitalizarla fue el partido islamista An Nahda –equivalente s los Hermanos Musulmanes de Egipto, que estaba mejor organizado y contaba con una cierta estructura, haciendo valer lo que Robert Michel ha calificado de “ley de hierro de las oligarquías”.

En las elecciones legislativas de 2011, An Nahda –dirigido por Mohamed Gannouchi- obtuvo el 42% de los votos y formó un Gobierno de coalición con los pequeños partidos no islamistas Congreso por la República y Foro Democrático por el Trabajo y las Libertades. Se eligió una Asamblea Constituyente Nacional (ACN) que, tras casi dos años de trabajo, sigue sin lograr elaborar una Constitución generalmente aceptable, debido fundamentalmente a las divergencias sobre si el nuevo Estado debe ser islámico o secular.

Aunque Gannouchi se había comprometido en la campaña electoral a mantener la Sharia fuera de la Constitución, el Gobierno de An Nashda ha iniciado un proceso de creciente islamización de la sociedad tunecina. Los ciudadanos de tradición laica y liberal han empezado a mostrar signos de insatisfacción por la incapacidad de la ACN para adoptar una Constitución y por el fallo del Gobierno en convocar las elecciones previstas para octubre de 2012. El primer ministro, Ali Laridi, ha prometido que en septiembre se adoptará la Constitución, en octubre se aprobará la Ley Electoral y en diciembre se celebrarán las elecciones legislativas, pero hay muchas posibilidades de que el calendario electoral vuelva a incumplirse una vez más.

La situación económica ha empeorado considerablemente. Han aumentado la inflación y el paro (20%) y han disminuido la actividad agrícola e industrial, la inversión y el turismo, uno de los principales recursos del país. A ello se añade el empeoramiento de la seguridad, la inexistencia de una justicia independiente, el aumento de la corrupción y el deterioro de los derechos humanos, especialmente en relación con ls mujer –Túnez ha pospuesto la ratificación de la Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer-. El Gobierno, sin embargo, ha dejado de lado estos graves problemas y dado prioridad al proceso de islamización pese a que –según una encuesta del Pew Centre- sólo el 23% de la población quiere que el país se rija por la Sharia.

La situación política también se ha deteriorado profundamente, sobre todo a raíz de los asesinatos de los líderes de la opositora Plataforma de Izquierdas del Frente Popular, Chokri Belaid y Mohamed Brahmi, calificados por el ministro francés de Interior, Manuel Valls, de frutos del “fascismo islamista”. Tanto la Plataforma como el partido Nida Tunis, que acoge a los antiguos partidarios de Ben Ali, y el sindicato UGTT, que ha organizado una huelga general, han responsabilizado de estos hechos al Gobierno y han pedido su disolución y sustitución por un otro de Salvación Nacional.

Tras los funerales de Brahmi, una nutrida manifestación –a la que se sumaron 52 diputados de la oposición que han dimitido de la ACN- se concentró pacíficamente frente a la Asamblea, pero fue dispersada sin contemplaciones por la policía, con el apoyo de militantes de An Nahda, lo que provocó violentos incidentes. Algunos manifestantes laicos ocuparon la plaza del Bardo, frente a la ACN, pero fueron desalojados por las fuerzas de seguridad, y la plaza ha sido declarada “zona militar cerrada”. El descontento ha dado alas a los salafistas –islamistas radicales- de Ansar Sharía, liderados por Abu Iyadh, que ya cuentan con unos 50.000 militantes y 1.200 liberados. Aunque siga siendo ilegal, es tolerado y amparado hasta cierto punto por el Gobierno, pues –como ha reconocido el propio Gannouchi- “también son nuestros hijos”. Intentaron celebrar un congreso en Kairuán, que fue prohibido a última hora por el Gobierno, produciéndose incidentes entre las dos ramas islamistas, más aparentes que reales, porque –aunque los medios sean por el momento diferentes-, los objetivos son coincidentes: la imposición del islam a través de la Sharia.

Coincidencias y diferencias con la situación en Egipto

La situación se parece cada vez más a la de Egipto, porque el Gobierno ha perdido la “legitimidad de ejercicio” al preocuparse más por consolidar su poder y promover las islamización que por resolver los problemas reales de la población, si bien –como ha señalado Mayte Carrasco- aún existen notables diferencias. Coinciden en que el Gobierno tunecino también ha fracasado en superar la crisis socio-económica, permitido que aumente la inseguridad y prolifere la violencia –con la consiguiente impunidad de las milicias islamistas-, controlado el poder judicial, y monopolizado los cargos públicos en detrimento de los no islamistas. Las diferencias radican en que son menores en Túnez la dependencia del Ejército, la presencia de An Nahda en la sociedad civil –en comparación con los Hermanos Musulmanes- la radicalización del islamismo gubernamental y la movilización de la población, salvo en las manifestaciones realizadas tras los asesinatos de Belaid y Brahmi.

Túnez cuenta con una reducida pero consolidad clase media que da estabilidad al Estado y con una mayor tradición secular, y está más unida culturalmente a Occidente. El Presidente Mrazouki –que ha condenado el golpe de Estado contra Mohamed Mursi- ha dicho que no teme ser derrocado, si bien es consciente de que el Gobierno debe tener en cuenta las demandas de la población y cumplir sus compromisos y promesas de inserción de toda la sociedad. Tras ver afeitar las barbas de su vecino egipcio, el Gobierno islamista debe poner las suyas a remojar, para evitar una vuelta al autoritarismo. 

¿Son compatibles islam y democracia?

Como ha señalado una dirigente de de la Asociación de Mujeres Demócratas Tunecinas, el problema no es de fe sino de hambre, y se utiliza el islam como una cortina de humo para ocultar la lucha por el poder. Es cierto que la crisis socio-económica influye de forma considerable –baste recordar que los primeros disturbios políticos importantes en el Norte de África se produjeron en Túnez a raíz de una importante subida del precio del pan-, pero la proyección de las creencias religiosas en el ámbito político impulsada por el islamismo militante es el factor determinante. Aurora Nacarino-Bravo concluye un interesante artículo titulado “¿Quién dijo que la democracia fuera fácil?”, preguntándose si el islam es compatible con la democracia. En mi opinión, existirá incompatibilidad entre el islamismo político y la democracia parlamentaria de tipo occidental siempre que los islamistas –consecuentes con su credo- traten de imponer velis nolis la ley coránica a todos los ciudadanos, y no reconozcan la plena igualdad de derechos entre el hombre y la mujer.


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