No es peligroso asomarse al Exterior

¿Quo vadis, Cameron?

El pasado 26 de Junio el presidente de la Unión Europea (UE), Herman van Rompuy, anunció en Bruselas: “El Consejo Europeo propone como presidente de la Comisión a Jean-Claude Juncker”, quien será elegido por el Parlamento Europeo (PE) el próximo 14 de Julio, pues cuenta con el apoyo de los Grupos Popular (GPE), Socialista (GSE) y Liberal. Este procedimiento electoral establecido en el Tratado de Lisboa ha sido descalificado por el Premier británico, David Cameron, que ha advertido a sus colegas que “vivirán para lamentarse del nuevo proceso”.

Pese a las presiones y chantajes de éste, que forzó una inhabitual votación, el expresidente luxemburgués ganó por 26 votos a 2 –Gran Bretaña (GB) y Hungría–. Mal perdedor, Cameron afirmó que Juncker era un hombre del pasado, incapaz de impulsar las reformas que necesita la UE por ser “excesivamente europeista”, y su elección había sido un “error”, sería mala para Europa y haría más difícil que GB se mantuviera en la Unión.

Talante poco comunitario de Gran Bretaña

Cameron ha llevado al límite la peculiar política anti comunitaria de GB, que se ha caracterizado por tratar de frenar el proceso de integración europea, desde fuera o desde dentro de la institución. En un principio, se opuso a la constitución de la Comunidad Económica Europea (CEE) y, cuando no lo consiguió, creó la Asociación Europea de Libre Comercio, que no tuvo éxito. Con su habitual pragmatismo, logró ingresar en la CEE en 1973, tras una espera en el limbo que le impuso Charles De Gaulle, y siguió su campaña desde dentro, cuan caballo de Troya.

Desde entonces, ha recurrido a toda clase de artimañas para lograr su objetivo. Ha procurado descafeinar las competencias comunitarias y dificultar la adjudicación de otras nuevas. Para ello ha impulsado la ampliación apresurada de la CEE/UE con el ingreso de Estados insuficientemente preparados como los países de Europa Oriental –que, al depender de Estados Unidos para su defensa y seguridad, son más atlantistas que europeístas–, con el fin de diluir la cohesión interna de la Unión y el esfuerzo de integración.

Cuando no lo ha conseguido, ha impuesto su auto-exclusión de las nuevas políticas mediante una cláusula de “opting-out”, como en el caso de la libertad de movimiento de personas en el “espacio Schengen”, la Unión Monetaria o la adopción del euro. Pese a ello, trata de influir en la Eurozona, pretendiendo participar en la adopción de decisiones y mantener a Londres como el centro financiero de la UE. Se ha opuesto a la solidaridad comunitaria, al vetar el Pacto de Estabilidad para superar la crisis de la deuda pública o imponer recortes de 30.000 millones de euros en el último presupuesto europeo, a pesar del incremento de los gastos y del aumento del número de miembros.

Cameron estima que ha superado a Margaret Thatcher, quien –a bolsazo limpio y al grito de  “¿qué hay de mi dinero?” – consiguió el “cheque británico”, por el que todos los socios –incluidos los Estados menos desarrollados– subvencionan económicamente a la pobre GB. Se ha vanagloriado ante la prensa de sus éxitos al afirmar que “Thatcher nunca consiguió recortar el presupuesto europeo como ha hecho mi Gobierno, y yo sí he conseguido vetar tratados”.

Frente al objetivo fijado en el Tratado de Lisboa de lograr una unión cada vez más estrecha en Europa, GB pretende justamente lo contrario: que los Estados recuperen competencias en materia monetaria, financiera, pesquera, laboral o ambiental, y que se limite la cooperación judicial, policial o migratoria. Pretende establecer una relación especial con la UE con el argumento de que los Estados miembros pueden mantener “diferentes opciones” dentro de la organización. Para presionar a la Unión -y amparado en la creciente tendencia al euroescepticismo en el país-, Cameron anunció en 2013 la celebración en 2017 de un referéndum para que el pueblo británico se pronuncie sobre la pertenencia de GB a la UE, al que espera llegar con un status especial negociado bajo la amenaza de abandonar la nave comunitaria si sus exigencias no obtuvieran satisfacción.

Oposición de Cameron al nombramiento de Juncker

Tras la innovación introducida en el Tratado de Lisboa, los partidos políticos europeos llegaron a un “acuerdo de caballeros”, por el que el candidato que venciera en las elecciones europeas sería designado Presidente de la Comisión. Juncker ganó las primarias en el seno del GPE, que –a pesar de perder un considerable número de diputados– fue el partido más votado (213 escaños). Le siguieron el GSE del recientemente reelegido Presidente del PE  Martin Schültz (184) y la Alianza Liberal (58).

Gran relevancia tuvo el espectacular progreso de los partidos euroescépticos y antieuropeos, especialmente  del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), que, no sólo obtuvo 24 diputados, sino que fue la fuerza más votada en GB, resultando perjudicados los liberales de Nick Clegg –los únicos realmente europeistas–, que quedaron con un solo diputado. La política populista y xenófoba, contraria a la inmigración y a la UE, ha encontrado amplio apoyo en la opinión británica y contagiado al Partido Conservador e incluso al Laborista.

El euroesceptismo ha sido alentado por los medios de comunicación, no sólo por los más populistas, sino también por la prensa seria y pro europea como el Financial Times, que ha acusado a Juncker de “archifederalista de la vieja escuela”, que representa todo lo que los votantes británicos desconfían de la UE. Uno de sus colaboradores de referencia, Gideon Rachman, ha llegado a sugerir la conveniencia de disminuir significativamente los poderes del PE –que es la institución más democrática de la Unión– a favor de los parlamentos domésticos, retroceder en la integración fiscal y presupuestaria, y renacionalizar las demás políticas.

Llevado por esta ola antieuropea, Cameron vetó la designación  de Juncker y  amenazó con abandonar la UE si salía elegido. Contó con el apoyo de Hungría, la complacencia de Suecia y Holanda y la ambigüedad de Alemania. Aunque Angela Merkel señaló que las amenazas eran un error, vaciló en apoyar plenamente a su correligionario y aceptó reunirse con Cameron y los Primeros Ministros de Suecia y Holanda para considerar la posibilidad de otro candidato. Curiosamente el GSE ha sido fiel al compromiso adquirido y respaldado a Juncker, al igual que ha hecho la mayoría del PE. Finalmente Merkel se decantó claramente por el líder del GPE y consiguió atraer el apoyo de los titubeantes.

Gran Bretaña en la rampa de lanzamiento de la UE

Sobrepasado a su derecha por el UKIP y sensible al euroescepticismo imperante, Cameron ha cometido un error de apreciación, ido demasiado lejos en su desafío a la UE y recibido una sonora bofetada europea, que dará alas a la posible retirada británica. El líder laborista, David Milliband, ha reconocido que GB se encuentra más cerca de la puerta de salida de la Unión. Según Cameron, lo que pase en la UE de aquí a 2017 será fundamental para el resultado del referéndum.

Para hallar acomodo en su seno está negociando una reforma que será de difícil aceptación para los demás socios, al tratarse de una contrarreforma contraria a la letra y al espíritu del Tratado de la Unión. Ésta ha dejado bien claro que los criterios de permanencia son iguales para todos, pues –como ha señalado Schültz– “una unión a la carta no es una opción”. La autoexclusión británica será mala económicamente para la UE, aunque no tanto políticamente, pues es preferible arrojar al  exterior a un pertinaz enemigo, que tenerlo en su interior para que siga conspirando.

Pero será mucho peor para GB, como ha advertido el Director General de la Patronal CBI, John Cridland, ya que implicaría un grave riesgo para la economía nacional que entrañaría pérdida de empleo, crecimiento y competitividad, pues la Unión es “nuestro principal mercado exportador y una pieza fundamental para nuestro futuro económico”. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Cameron en su deriva abandonista? ¡Ojo, que puede ocurrirle lo que al aprendiz de brujo!


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