No es peligroso asomarse al Exterior

Manuel Fraga Iribarne: In Memoriam

Con el solemne funeral en la Catedral de la Almudena se cerró el ciclo necrológico abierto tras la muerte de Manuel Fraga Iribarne. En este período han proliferado los comentarios sobre el ilustre tribuno gallego, elogiosos lo más, críticos y hasta virulentos los menos. No he sido discípulo, seguidor o correligionario de Don Manuel, pero sí mantuve con él relaciones episódicas y puntuales durante su dilatada vida académica, diplomática y política, que me permitieron tener un cierto conocimiento de su poliédrica personalidad. Fraga tenía una dudosa reputación de persona colérica, intemperante, despótica, ordenancista y desconsiderada. Mi experiencia no me permite compartir tan negativo juicio, ya que  siempre me trató de forma exquisita, incluso cuando no era más que un modesto aspirante a la “carrière” . Por eso, quiero rendirle este pequeño homenaje basado en datos anecdóticos personales.

Mis primeros contactos con Fraga se produjeron a comienzos de los 60 cuando yo era Profesor Ayudante de Derecho Internacional en la Universidad Complutense y opositor a la carrera diplomática, y él Director del Instituto de Estudios Políticos. Creó un equipo de colaboradores externos, del que yo formé parte, y ello me permitió redactar reseñas y recensiones de libros para las revistas del Instituto. En la Revista de Estudios Políticos publiqué mis primeros trabajos científicos sobre la descolonización o las relaciones entre los Estados y las Organizaciones Internacionales. Nos hacía trabajar a base de bien, pero él predicaba con el ejemplo. Aunque le teníamos un pánico reverencial, nunca tuve con él el menor incidente. Realizó una gran labor en el Instituto.

Fraga iniciaba en esos años su carrera política al amparo de su mentor José Solís, a la sazón Secretario General del Movimiento. En una ocasión hicieron una visita al heterodoxo Colegio Mayor “César Carlos” –paradójicamente dependiente de la Secretaría General- donde el inefable Solís nos dio una insustancial charla sobre los planes económicos del gobierno, en la que afirmó que en los próximos años se crearían dos millones de puestos de trabajo. Un compañero economista le replicó, con una abrumadora exposición de datos económicos, que eso era imposible. Entonces Solís dijo sin inmutarse:”Pues si no dos millones, crearemos un millón”. Cada vez que Fraga, incómodo con las trivialidades de su patrón, trataba de intervenir, éste le decía:”Tú te callas, Manolo”.

Cuando más traté a Don Manuel fue durante su período de Embajador en Gran Bretaña a comienzos de los 70. Yo solía ir con relativa frecuencia a Londres para asistir a las reuniones y conferencia de la Organización Consultiva Marítima Intergubernamental. Cada vez que iba me invitaba a comer a solas con él en su residencia para que le informara sobre las cuestiones tratadas en la Organización, aunque se tratara de temas técnicos como la contaminación marina o la seguridad marítima. En 1973 participé activamente en la adopción del Convenio de contaminación por buques. Cuando Fraga tuvo conocimiento de mi actuación, me propuso para una condecoración y el Gobierno me concedió la encomienda de Isabel la Católica. También conversábamos sobre la situación en España y las perspectivas de una evolución del régimen. Fraga tenía el propósito de reformar el régimen desde dentro con miras a conseguir formas más democráticas de gobierno. A tal efecto, desarrollaba una actividad frenética y mantenía contactos con personas de las más diversas  ideologías. Yo compartía sus objetivos y estaba de acuerdo con algunos de sus proyectos de orientación centrista. Tras la destitución de Carlos Arias Navarro, Fraga creyó que había llegado su hora de liderar la transición hacia la democracia. Sin embargo, tras el nombramiento como Presidente del Gobierno de Adolfo Suárez –a la sazón un melón pre-democrático sin calar- se sintió frustrado y, al ver que le arrebataban su juguete reformista, se escoró hacia la derecha. Yo permanecí en el centro y fui uno de los promotores del antiguo Partido Popular, que sirvió de núcleo para la creación de la UCD. El experimento de los “Siete Magníficos” fue un auténtico fiasco, pero la paciente labor de Don Manuel en Alianza Popular permitió llevar hacia la democracia a la derecha más arriscada.

Durante varios años mantuve relaciones epistolares con Fraga. Yo le mandaba copias de mis libros y artículos, y él me enviaba algunos de los suyos. Siempre que conseguía un nombramiento de Embajador, recibía un telegrama o una carta de felicitación de Don Manuel, ya en su fase de Presidente de la Junta de Galicia.

Volví a verlo de nuevo en Rusia en 1997, a raíz de su nombramiento como Doctor “Honoris Causa” por la Universidad Estatal de San Petersburgo. Acudí a la ciudad del Neva para preparar su visita y allí me encontré con una nutrida avanzadilla de autoridades gallegas. Asistí en la universidad a una conferencia del Consejero de Cultura, en la que ofreció una versión sesgada de la situación cultural y lingüística de la Comunidad, al resaltar la opresión sufrida durante años por el centralismo castellano, y tuve que intervenir para matizar las afirmaciones del exacerbado galleguista. La llegada de Fraga –con su concepción unitaria del Estado, compatible con su voluntad de conseguir la máxima autonomía de Galicia- hizo que las aguas volvieran a su cauce.

Encontré a Fraga algo maltrecho física –cojitranco a causa de una operación de cadera- y anímicamente -como consecuencia el reciente fallecimiento de su esposa-, pero aún  conservaba su proverbial hiperactividad. En sus dos días de estancia, fue investido como Doctor, pronunció una brillante conferencia en la Universidad sobre la situación en España y en Galicia, inauguró un Centro de Lengua y Cultura Gallegas, visitó al Alcalde de San Petersburgo y al Gobernador de Leningrado, recorrió la ciudad, se pateó el Museo del Hermitage, y ofreció una cena íntima a los miembros de la delegación, en la que tuve que pronunciar unas palabras en portuñol. Don Manuel estuvo extremadamente amable conmigo y con mi mujer en el transcurso de la visita.

Volvimos a vernos por última vez en Portugal en 2002 y en 2003, cuando viajó a Viana do Castelo, Guimaraes y Oporto para recibir diversos homenajes. Entonces pude comprobar lo querido y respetado que era “Dom Manolinho” en el Norte de Portugal. Mi última relación con Fraga fue epistolar. Se produjo en 2008 cuando le remití un ejemplar de mi libro “Portugal, Irak y Rusia: Semblanzas diplomáticas de unas misiones sensibles”, y él me envió una carta de felicitación.

Fraga podría entrar dentro de la categoría definida por su paisano Ramón María del Valle-Inclán:”Feo, católico y sentimental”. En unas declaraciones a “El País” en 2006 dijo, con ciertas resonancias bíblicas:”Yo soy el que soy y creo que algún servicio he prestado a este país…Naturalmente he cometido errores…pero yo creo que también he ido moldeando mi carácter con el paso de los años, he sido capaz de cambiar, porque además mi condición de cristiano también me obliga a hacer examen de conciencia para volver a empezar de nuevo todos los días”. Don Manuel era un hombre de profundas  convicciones religiosas. ¡Que Dios lo haya acogido en su seno!


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