No es peligroso asomarse al Exterior

Maniobras comunitarias del Reino Unido

El 23 de enero, el Primer Ministro británico, David Cameron, anunció su intención de celebrar en 2017 un referéndum vinculante y "sin billete de vuelta" sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE, pues había llegado el momento de zanjar la cuestión europea en la política británica. Este órdago debe encuadrarse en las agridulces relaciones de amor-odio entre el insular Reino Unido y "el Continente".

Actitud del Reino Unido en el seno de la UE

Fue precisamente el carismático premierWinston Churchill el primero en hablar de unos Estados Unidos de Europa tras la II Guerra Mundial, pero el Reino Unido se decantó por una unión de Estados frente a las inclinaciones federalistas de los líderes de Francia, Alemania, Italia y el Benelux, que constituyeron en 1951 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, poniendo con ella "los primeros cimientos de una comunidad más amplia y profunda". El proceso continuó pese a la oposición del Reino Unido -que aspiraba al establecimiento de una mera zona de libre comercio- y en 1957 se creó la Comunidad Económica Europea. Gran Bretaña replicó en 1959 con la Asociación Europea de Libre Cambio, pero –como sus esfuerzos fueron vanos- con su proverbial pragmatismo solicitó su ingreso en la CEE para conseguir desde dentro lo que no había logrado desde fuera. El general Charles De Gaulle la castigó manteniéndola varios años en el limbo de la espera, no llegando a ser miembro hasta 1973.

El país –que es más atlántico que europeo- ha cumplido fielmente con sus obligaciones, pero ha hecho cuanto ha estado en su mano para frenar el proceso integrador de la CEE/CE/UE. Ha obstaculizado la adopción de nuevas políticas comunitarias y –cuando no lo ha conseguido- se ha situado al margen de ellas, como en los casos de la libertad de movimiento de personas (espacio Schengen), la unión monetaria y la adopción del euro como moneda única. Paralelamente, ha alentado la ampliación de la UE con la admisión de estados no suficientemente homologados –como Chipre o algunos países de Europa Oriental- con el objetivo de diluir la Unión y ralentizar el esfuerzo continuado de integración. Incluso desde fuera, ha tratado de influir en la Eurozona para mantener a Londres como centro de la actividad financiera de la UE. Ha dado muestras de escasa solidaridad, como cuando Cameron vetó el pacto europeo para superar la crisis de deuda pública y anunció la celebración de un referéndum sobre la pertenencia de su país a la UE.

Los dirigentes conservadores creen que las instituciones europeas –como la Comisión, el Parlamento y, sobre todo, el euro- son peligrosas y dañinas para el Reino Unido, y el euroescepticimo ha ido creciendo alentado por la crisis económica –siempre hay burócratas bruselenses que la paguen- y el neo-aislacionismo de un importante sector del partido conservador, que no quiere verse desbordado por la derecha por el Partido de la Independencia del Reino Unido de Nigel Farage

Chantaje británico con el referéndum

El Tratado de Lisboa emplaza a los estados miembros de la UE a una unión cada vez más estrecha, a hacer más Europa, mientras que el Reino Unido aspira justo a lo contrario, a menos Europa. Pretende recuperar competencias en materia ambiental, financiera, presupuestaria, laboral, migratoria o pesquera, y a limitar la cooperación judicial, policial y –sobre todo- monetaria, pues ésta lleva a una unión bancaria y financiera que no le interesa.

Gran Bretaña nunca se ha sentido cómoda en la UE. Como ha observado el Ministro de Asuntos Exteriores finlandés, Alex Stubb, es una esposa un poco reticente tras 40 años de matrimonio, pero mantiene su fidelidad porque necesita el mercado único. Ya Margaret Thatcher consiguió –al grito de "¿qué hay de mi dinero?"- la devolución del 'cheque británico', que abonan los demás socios, y los distintos gobiernos han impuesto una cláusula de opting-out cada vez que la UE ha dado un paso más en el proceso integrador. Cameron alega que no está dando la espalda al continente, sino que intenta asegurar una Europa más competitiva, abierta y flexible, en la que el Reino Unido se sienta seguro. Pretende negociar para conseguir una '"devolución de poderes" y establecer una "nueva relación" con la Unión, ya que defiende el derecho de los Estados miembros a mantener "diferentes opciones" dentro de la organización. Si el resultado de la negociación es favorable, hará campaña en pro de la permanencia "con el alma y el corazón", pero –en caso contrario- propugnará la salida de la UE.

El Embajador de su Graciosa Majestad en España, Giles Paxman, ha salido a la palestra para apoyar a Cameron, al que –en su opinión– se acusa inmerecidamente "de una selección caprichosa, de buscar una Europa a la carta y hasta de chantaje". Pese a la afición inglesa por el eufemismo, ha pronunciado la palabra nefanda, definida por la RAE como "presión bajo amenaza para obligar a actuar en un sentido". ¿Qué hace el Reino Unido al advertir de que, si no obtiene el status al que aspira dentro de la Unión, la abandonará?. La actitud de Cameron se parece sobremanera a la del presidente de la Generalitat, Artur Mas, que ha amenazado con la independencia de Cataluña si el Gobierno de España no le concede un pacto fiscal similar al vigente en el País Vasco y en Navarra. Con talante tacticista y oportunista, ha lanzado su reto asumiendo un riesgo calculado.

Como ha observado Álvaro Vargas-Llosa, ha logrado reunificar al partido conservador, descolocar al partido laborista, conectar con un sentimiento popular euroescéptico favorable al referéndum y colocar la pelota en la cancha de la UE. Hizo público su anuncio mientras se estaban celebrando las negociaciones del presupuesto comunitario para 2014-2020, en las que –bajo amenaza de veto- ha impuesto recortes de 30.000 millones de euros con respecto al actual marco presupuestario, a pesar de la pérdida del valor del euro, el incremento del número de miembros de la UE y la imperiosa necesidad de inversión para fomentar el crecimiento de las economías de los Estados miembros. La considerable restricción del presupuesto no ha impedido, sin embargo, que se mantenga el sustancioso e injustificable 'cheque británico'. 

Reacciones de la UE ante el anuncio de referéndum

Las reacciones negativas han sido generalizadas. El conservador Michael Heseltine ha señalado que el anuncio de referéndum es "un juego innecesario" y el viceprimer ministro, Nick Clegg –liberal y europeísta-, ha observado que va a "crear años de incertidumbre" y puede acabar dañando la economía británica. Para Tony Blair, Cameron ha actuado como el sheriff que se pone un revólver en la cabeza y amenaza con volarse la tapa de lo sesos si no se hace lo que dice. La UE ha dejado claro que el Reino Unido deberá ajustarse a unos criterios de permanencia iguales para todos o abandonar el barco.

El Presidente del Parlamento, Martin Schulz, ha afirmado que "una unión a la carta no es una opción", y el del Consejo, Herman Van Rompuy, que no habrá condiciones especiales para los británicos ni se contempla de momento un cambio de los tratados. François Hollande ha señalado que Gran Bretaña puede irse de la UE su quiere, pero –si desea seguir siendo miembro- esa condición conlleva obligaciones. El propio Cameron ha reconocido que la salida de la UE sería perjudicial para Europa y para el Reino Unido, aunque éste podría encontrar su lugar en el mundo fuera de la Unión. En opinión de José Manuel García Margallo, esta salida sería "una mala noticia para la UE y malísima para el Reino Unido".

El Profesor de la Universidad de Nueva York Joseph Weiler ha destacado que ha costado demasiado crear la UE –que es un proyecto existencial y no sólo económico- como para echarlo a perder, por lo que "necesitamos una Europa más fuerte". Dado que los británicos no se consideran conciudadanos europeos y quieren irse de la Unión, yo les diría "Bon voyage". ¡Que se vayan! Pues eso.


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