No es peligroso asomarse al Exterior

Juan Antonio Carrillo Salcedo. "In memoriam"

El 19 de Enero falleció en Sevilla el Catedrático de Derecho Internacional Juan Antonio Carrillo Salcedo. Nacido en 1934 en Morón, ha sido un magnífico profesor, un excelente jurista y –sobre todo– un gran amigo, al que quiero rendir homenaje póstumo.

Primeros encuentros

Lo conocí en 1953 cuando comencé mis estudios de Derecho en la Universidad de Sevilla. Al principio no tuve mucho contacto con él porque era de dos cursos anteriores al mío, pero en el verano coincidimos en la Universidad Hispanoamericana de la Rábida, donde se inició nuestra amistad. Cuando fui en 1960 a la capital -“con el pelo de la dehesa”- para preparar el ingreso en la carrera diplomática, llevaba en mi ligero equipaje una carta de presentación para su amigo Marcelino Oreja. Por entonces, el profesor Mariano Aguilar se había trasladado a la Universidad Complutense, llevándose con él a varios de sus colaboradores, incluido su adjunto Carrillo. A mí me acogieron generosamente como ayudante y conviví con Juan Antonio en el colegio mayor César Carlos, donde compartimos habitación. Me ayudó enormemente en la preparación del temario de la oposición y me orientó en la elaboración de mi tesis doctoral. Me alentó a seguir sus pasos en la Academia de Derecho Internacional de La Haya, en la que participé durante tres veranos consecutivos.

En 1963, Juan Antonio ganó la cátedra de Derecho Internacional Público y Privado de la Universidad de Granada y yo ingresé en la Escuela Diplomática, por lo que nuestros caminos se separaron, aunque intentamos que volvieran a encontrarse. Así, me solía invitar a dar conferencias y a participar en seminarios en las diversas cátedras que regentó, y yo lo visitaba cuando regresaba a España. Habíamos congeniado desde el principio porque compartíamos convicciones y valores como el humanismo cristiano, la implantación de la democracia, el respeto de los derechos humanos, la afición al Derecho Internacional, la vocación europeísta y la solidaridad por los más desfavorecidos.

El académico

En Granada realizó una destacada labor docente e investigadora, que continuó a partir de 1974 en la cátedra de Derecho Internacional Privado de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue decano. Asesoró al Ministerio de Asuntos Exteriores –especialmente durante el mandato de Oreja-, donde contribuyó de forma decisiva al ingreso de España en el Consejo de Europa y a que el país se adhiriera a los distintos convenios internacionales sobre derechos humanos, y actuó como consejero áulico de la Casa Real. Pero le entró la morriña del “terruño”, pues Juan Antonio –que consideraba a Andalucia como el centro del universo y se le “alegraban las pajarillas” cuando cruzaba Despeñaperros- volvió en 1980 a Sevilla para ocupar la cátedra de Derecho Internacional Público.

Cuando alguien le recriminó que se fuese tan lejos, Juan Antonio le respondió con sorna con las palabras de famoso un torero:”Lo que está lejos es Madrid”. Estuvo hasta su muerte en Sevilla, donde realizó una magnífica labor pedagógica, que ha cosechado una pléyade de profesores como Elisa Pérez Vera, José Manuel Peláez, Alejandro Rodríguez Carrión, Pablo Antonio Fernández, Rafael Casado, Lucía Millán, Joaquín Alcalde, Carmen Márquez…y muchos otros. Dirigió 32 tesis doctorales y escribió más de 100 monografías, como sus Manuales de Derecho Internacional Privado y Público –incluido su  curso general sobre “Droit Internacional et souveraineté des États” en la Academia de La Haya-, “El Derecho Internacional en perspectiva histórica”, “Soberanía internacional y derechos humanos en Derecho Internacional contemporáneo”, “Globalización y orden internacional” o “El mundo de las ideas”. Cada vez que publicaba un nuevo libro, me lo enviaba con una cariñosa dedicatoria y yo le reciprocaba mandándole los míos. Tuvo la gentileza de presentar mi libro “Portugal, Irak y Rusia” en el Casino de Madrid y en el Ateneo de Sevilla.

En 1986 fue nombrado Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, donde desarrolló una extraordinaria labor, pero cuatro años más tarde dimitió para atender a su autentica vocación: la docencia universitaria. Fue miembro del Instituto de Derecho Internacional, del Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional, del Curatorio de la Academia de La Haya, de la Comisión Internacional de Juristas y de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Tuvo el justo reconocimiento internacional, nacional y local, y fue “profeta en su tierra”, pues lo declararon hijo predilecto de su ciudad natal y de Andalucía, y recibió la Medalla de Oro de la Comunidad y el premio Blanco-White a los Derechos Humanos. Fue el más cualificado representante de la llamada “Escuela Sevillana de Derecho Internacional”, de la que formaron parte profesores y diplomáticos como Julio González Campos, Santiago Martínez Caro, Roberto Mesa, José Cuenca, José Manuel Peláez, Juan Antonio Yáñez o yo mismo.

La persona

En lo humano, Carrillo era un hombre fuera de serie.  Como ha dicho Rafael Casado, “aparte de ser la persona de más estatura intelectual y visión global que he conocido, se trata de alguien caracterizado por su humildad, su honradez, su claro sentido de la dignidad personal –propia y ajena-, y su respeto a los demás”. Marcelino Oreja dice admirar en él “su integridad moral, su espíritu de justicia, su preocupación por los demás, su defensa de la verdad,  su práctica de la solidaridad con todos”. Era un cristiano innovador imbuido del espíritu de Juan XXIII, cuya encíclica ”Pacem in terris” difundió y le dedicó un artículo sobre “Guerra, paz y orden internacional”. Era crítico en ocasiones, pero siempre fue fiel al espíritu del Evangelio. Pese a su aparente seriedad, era animado y divertido. Recuerdo las veladas en que yo agarraba la guitarra y él se arrancaba por fandanguillos o verdiales y cantaba coplas lorquianas como “Anda jaleo” o “De los cuatro muleros”. En 1995 asistimos a un Congreso del IHLADI en Chile y visitamos la Escuela Naval de Valparaíso, donde un Almirante trató de convencernos de las bondades de la tesis del “mar presencial”. En las palabras de agradecimiento, el colega que habló en nombre del Instituto loó la contribución de la Armada chilena a los derechos humanos. Juan Antonio y yo cruzamos ostensiblemente los brazos en señal de desaprobación, en medio de los aplausos generalizados.

Suena ya a tópico decir que “detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer”. No sé si detrás, pero a su lado siempre tuvo Juan Antonio a Matilde, jurista,   poetisa, esposa dedicada y madre amantísima de sus cuatro hijos. Cuando conseguíamos reunirnos los dos matrimonios, solíamos hacer escapadas con trasfondo poético, como la visita en Fontiveros de la iglesia donde está enterrado el poeta místico San Juan de la Cruz o la excusión a Moguer para ver la tumba y el museo de Juan Ramón Jiménez. Padeció durante largos meses una penosa enfermedad y su penoso tratamiento, con encomiable entereza y una sonrisa en los labios. Lo vimos por última vez en Noviembre en su casa sevillana, donde lo encontramos bajo de forma física, pero pleno de espíritu. Cuando supe que en Diciembre había sufrido un ataque que le había paralizado las cuerdas bucales, le envié un alarmado mensaje para interesarme por su salud,  y me contestó –optimista sempiterno, más dispuesto a consolar que a ser consolado- con palabras tranquilizadoras y esperanzadas. Ahora, sin apenas hacer ruido, se nos ha ido a la Casa del Padre, donde gozará de la compañía de su admirado Juan XXIII. Lo despedimos con una línea del poema de Pilar Paz:”Guardaremos siempre tu nombre en las alas del viento”. ¡Que el Señor lo haya acogido en su seno!


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