No es peligroso asomarse al Exterior

Jaque del terrorismo checheno a Putin

Los días 27, 29 y 30 del pasado diciembre saltaron por los aires un autobús, el vestíbulo de la estación de ferrocarriles y un trolebús en Volgogrado –antigua Stalingrado-, como consecuencia de atentados suicidas cometidos por terroristas chechenos. Se han producido estos actos criminales cinco semanas antes de la inauguración el próximo 7 de Febrero de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, acontecimiento con el que el presidente ruso Vladimir Putin pretende redorar su blasón y manifiestar ante el mundo el poderío renacido de la Federación de Rusia (FR).

Lucha de Chechenia por su independencia

Chechenia es un pequeño territorio montañoso situado en el Cáucaso septentrional, con 15.300 Kms2 de extensión y una población de 1.300.000 habitantes. Hasta 1870 no pudo ser controlado por el Imperio zarista. En 1936 se integró en la URSS como la República Socialista Soviética de Chechenia e Ingusetia. Al disolverse la Unión en 1991, Ingusetia se integró en la FR, pero Chechenia -bajo el liderazgo del ex-general soviético Dzhojar Dudayev- se negó a adherirse al Tratado de la Federación y se declaró independiente en 1993 bajo el título de República Chechena de Ichkeria. El presidente ruso Boris Yeltsin no podía tolerar la secesión de un territorio de la Federación por temor al “efecto dominó” que pudiera provocar y envió tropas para sofocar la rebelión. El mal equipado y peor motivado ejército ruso se enfrentó a una guerra de guerrillas para la que no estaba preparado y sufrió numerosos reveses. Pese al uso masivo de la artillería y de la aviación –que provocó la destrucción parcial de la capital Grozni-, las fuerzas invasoras sólo consiguieron ocupar las ciudades principales y fueron incapaces de controlar el resto de la región. Yeltsin tuvo que enviar al general Alexander Lebed para que concertara un honroso cese de hostilidades en 1996, seguido un año más tarde de un Tratado de Paz que no se respetó. Chechenia logró la independencia “de facto”  bajo la presidencia del nacionalista Aslan Masjadov, que subió al poder tras la muerte de Dudayev.

Chechenia no pudo ser controlada por los zares hasta 1870 y se integró en la URSS en 1936 como república junto a Ingusetia. Al disolverse la URSS en 1991 se negó a adherirse a la Federación

El moderado, Masjadov carecía de autoridad y poder real, y se encontró con la hostilidad del Kremlin y con la insubordinación de sus propios generales, “señores de la guerra”, que la hacían por su cuenta y en su beneficio, fomentando la principal industria nacional del secuestro y de la extorsión. Entre ellos destacaba su vicepresidente, Shamil Basayev, un fundamentalista extremadamente cruel que formó la Brigada Internacional Islámica, en la que se integraron experimentados “yihadistas” de las guerras de Afganistán y de Irak. Dirigió operaciones espectaculares como la toma de rehenes en el Hospital de Budionnosk (1995), la colocación de bombas en apartamentos de Moscú, Volgodonsk y Busyksk (1999) –aunque hay quien la atribuye a los servicios secretos rusos-, la ocupación del teatro moscovita de Duvrovka (2002) o el asalto a la escuela de Beslán (2004), que causaron numerosas víctimas, en parte debido a la desafortunada intervención de la policía federal. Ante el deterioro de la situación y so pretexto de los ataques de terroristas chechenos en Daguestán, el nuevo primer ministro Putin lanzó a partir del año 2000 una segunda ofensiva contra Chechenia, que gozó de apoyo popular, logró algunos éxitos y consolidó su liderazgo. Consiguió controlar la mayor parte de la república, aunque a coste de destruir lo que quedaba de Grozni, pero –debido a la impopularidad de las fuerzas de ocupación- optó por la “chechenización” del conflicto y entregó el poder al ex-guerillero Ajmad Kadyrov –sustituido a su muerte por atentado en 2004 por su hijo Ramzam- y su cuadrilla de “señores de la guerra”, que se convirtieron al modo paulino en ardientes defensores de la madre patria rusa. Con la connivencia del Gobierno federal, los Kadyrov establecieron un régimen autocrático y liberticida, que ignoraba las normas constitucionales y violaba los derechos humanos, como se puso de manifiesto con el asesinato de la periodista Anna Polikostkaya, que había denunciado la situación. Como ha destacado la periodista chechena Oksama Chelicheva, ellos eran la principal amenaza contra la población civil y convirtieron a Chechenia en un campo de concentración en el que reina el silencio de la tumbas.

Radicalización del islamismo y predominio sobre el nacionalismo

Los rebeldes secesionistas perdieron base social en la mayor parte de la región  y se tuvieron que refugiar en las montañas caucásicas, desde las que han continuado su política desestabilizadora -basada en el terrorismo indiscriminado, la extorsión y el impuesto revolucionario-, que han extendido a las repúblicas vecinas de Daguestán, Ingusetia, Osetia del Norte y Kabardino-Balkaria. A la muerte de Basayev en 2006, el mando rebelde fue asumido por Doku Umarov, que se auto-proclamó presidente de Ichkeria y pretende establecer un Emirato fundamentalista en el Cáucaso Norte, con la imposición de la “Sharía” como única ley aplicable. En los últimos años se ha producido un acelerado cambio en el islamismo de la antigua URSS, que era un fenómeno más cultural e identitario que religioso, en el que predominaba la tolerante corriente sufí. Aprovechando el desconcierto de la disolución de la Unión Soviética, Arabia Saudita promovió financiera y políticamente en las regiones musulmanas la expansión del “wahabismo” –la versión más intransigente y retrógrada del mahometanismo-, mediante la creación de escuelas coránicas -“madrasas”- y el envío de “mullahs” integristas, que expandieron su credo y radicalizaron el Islam de la región.

La influencia de Arabia Saudí ha hecho germinar en Chechenia un integrismo religioso que ha desplazado al nacionalismo independentista

Al mismo tiempo, este neo-islamismo ha ido desplazando al nacionalismo independentista de Chechenia, que ha sido fagocitado por el integrismo salafista y se ha extendido a las repúblicas vecinas. Una muestra de ello ha sido el reciente asesinato del jeque Said al-Cherkawi, líder sufí de Daguestán. Se ha producido una alianza coyuntural contra el enemigo común, el Gobierno federal ruso, entre los salafistas wahabitas, los separatistas irredentos y las víctimas de la represión policial, la corrupción y la crisis económica, que cuenta con el apoyo operacional de la flor y nata del yihadismo. Dando un paso más en su política terrorista, Umarov ha propiciado la actuación suicidade las “viudas negras”, familiares de los muertos por la represión en Chechenia, que se ha materializado en los atentados en el metro de Moscú (2010), la explosión de dos aviones que se dirigían del aeropuerto moscovita de Demodevobo a Sochi (2012) o los recientes ataques en Volgogrado. Hasta 53 mujeres se han inmolado, 30 de ellas en 2013.

Amenaza a los Juegos Olímpicos de Sochi

Umarov ha amenazado con hacer fracasar los “Juegos Satánicos” de Putin, que van a celebrarse “sobre los huesos de muchos musulmanes asesinados”. El Gobierno ruso ha establecido la ley marcial en la zona y protegido a Sochi con 40.000 soldados y fuerzas de seguridad, pero no puede blindar a toda la nación -ni siquiera su parte meridional- contra ataques terroristas suicidas, especialmente si son cometidos por mujeres o por eslavos convertidos al Islam, que atacan los flancos blandos ante el blindaje de la ciudad. Putin ve en peligro la normal celebración de su juguete olímpico y ha declarado su determinación de eliminar por todos los medios el terrorismo. Ahora se da cuenta de que “sólo podemos derrotarlo entre todos” y solicita la solidaridad internacional, que él ha negado en Siria al apoyar al régimen tiránico de Al-Asad frente a la comunidad internacional. La situación se ha vuelto contra él porque, en represalia, las franquicias de Al-Qaeda apoyan activamente al salafismo checheno. Putin sigue, por otra parte, una política contradictoria, pues -mientras mantiene a ultranza la integridad de la FR- ha facilitado la independencia de las regiones georgianas de Abjazia y Osetia del Sur, y apoya el secesionismo en Transdniester. Ahora ve cómo se le aplica su propia medicina. El salafismo le ha dado jaque y –aunque no parece que la jugada acabe en mate- ha puesto de relieve la vulnerabilidad del país. Podrá celebrar sus Juegos, pero a un elevado coste, y tendrá que encontrar una solución política al conflicto de Chechenia, que no puede ser resuelto sólo con la represión brutal y la privación de libertades.


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