No es peligroso asomarse al Exterior

Homenaje a un estadista trascendental para España

El pasado 23 de marzo falleció Adolfo Suárez, primer presidente de Gobierno de la España democrática. Su figura ha sido colmada de elogios por muchos que en su día lo vilipendiaron, y el pueblo español –que se había olvidado de él- lo ha elevado a los altares. No fue el gobernante sin escrúpulos o el "tahúr del Mississipi" –Alfonso Guerra "dixit"-, denigrado por periodistas y políticos de izquierdas y de derechas –incluidos miembros de su propio partido-, ni el superhombre al que –como pedía el pueblo romano tras la muerte de Juan Pablo II- hay que declarar "santo súbito". Fue un estadista excepcional que contribuyó de forma decisiva al establecimiento de la democracia en España. Colaboré modestamente con Suárez desde mi puesto en el Ministerio de Asuntos Exteriores y mi militancia como miembro fundador de Unión de Centro Democrático, y -desde esas vivencias- quiero rendirle un homenaje personal.

Fase predemocrática: Creación del PP y de la UCD

Siempre he pensado que los diplomáticos, por su labor de representación del Estado en el exterior y su falta de arraigo en el interior, no deberían involucrarse en una acción partidista directa, pero mi estancia en Lisboa en 1976 hizo que matizara mi opinión. Al encontrarse España en una grave encrucijada, no podía refugiarme en una cómoda asepsia política y tenía que hacer algo. Había visto como Portugal pasaba de la autocracia a un régimen predemocrático, tras haber estado en un triz de caer bajo un régimen nacional-izquierdista controlado por el bien organizado Partido Comunista (PC). El pueblo español no era tan moderado como el portugués y, aunque el notable desarrollo socioeconómico de España hacia poco previsible el regreso a una situación de guerra civil, no era de excluir un enfrentamiento fratricida ante lo enconado de las posiciones en presencia.

De un lado, los defensores del Movimiento consideraban que Franco había dejado todo "bien atado" y se oponían a cualquier giro hacia la democracia; de otro, la oposición -unida en marzo de 1976 en la Coordinación Democrática ("Platajunta"), rechazaba la continuidad del régimen y propugnaba una "ruptura" democrática y la creación de un nuevo Estado a partir de cero. En el medio, sectores cristianodemócratas moderados y elementos aperturistas del Movimiento aspiraban a establecer un sistema democrático mediante una profunda "reforma" del régimen.

Tenía afinidad ideológica con la Izquierda Demócrata Cristiana (IDC) de Joaquín Ruiz Jiménez, pero no compartía su opción por la "ruptura", ni su alianza con partidos de la izquierda radical. Prefería la "reforma", pues temía que un vació institucional provocara la radicalización y el enfrentamiento. Entré en contacto con mi compañero José Pedro Pèrez-Llorca, que se había integrado en el grupo "Tácito", colectivo de profesionales que publicaba semanalmente un artículo de opinión en el diuario Ya. De su mano asistí el 23 de junio a la última reunión del Grupo, en la que se decidió la creación de un Partido Popular (PP), fuerza interclasista de centro, que agrupara a liberales, cristianodemócratas y socialdemócratas, y persiguiera la implantación de una democracia política y social, respetuosa de los derechos y las libertades fundamentales. Me adherí al "Manifiesto para la constitución del PP" y me sumé a los promotores del mismo. Estaba prevista su presentación a primeros de julio y yo –desde la playa- esperaba la llamada de José Pedro para regresar a Madrid a fin de asistir al lanzamiento del partido.

Imprevisto nombramiento de Suárez como presidente del Gobierno

El día 5 se hizo público el sorprendente nombramiento como presidente de Suárez, quien incorporo a su "Gobierno de PNN" a tres promotores del PP -Marcelino Oreja (Exteriores), Landelino Lavilla (Justicia) y Eduardo Cerriles (Hacienda)- e hizo una declaración programática, que entró a saco en el programa del PP, llegando a reproducir literalmente algunos de sus postulados, lo que provocó el aplazamiento hasta diciembre de la presentación del partido. El PP se autoinmoló y dio paso a la coalición más amplia de UCD, pero -debido a la bisoñez política de sus miembros- se estimó oportuna una alianza con el Gobierno de Suárez, quien propinó a los entusiastas alevines de políticos "el abrazo del oso". Se produjo el abordaje de la frágil barquichuela ucedista por las huestes gubernamentales y los 'azules' coparon los puestos de salida en las listas electorales. Pérez-Llorca, uno de los Secretarios de UCD, quedó relegado al nº 17 en la lista de Madrid y sólo por los pelos salió elegido diputado.

Triple actuación de Suárez

La actuación de Suárez cubrió un triple objetivo: desmantelamiento del Movimiento, establecimiento de las bases de un Estado de Derecho y gobierno de la nación. El primero lo cubrió al desmontar -desde dentro y conforme a la legalidad- el entramado del Estado franquista, mientras la Administración seguía funcionando con normalidad. Suárez lo logró de manera magistral con un mínimo coste -el odio de los franquistas que lo consideraron un traidor-, a la par que allanó el camino al reinado de Juan Carlos I, al evitar que incurriera en perjurio. Preparó la consecución del segundo con la concesión de una amnistía general y la legalización del los sindicatos y los partidos de izquierda, especialmente el PC, lo que le valió la reprobación de parte del Ejército. A continuación impulsó con tenacidad la elaboración de un texto constitucional, en la que –por primera vez en la Historia patria- participaron todas las fuerzas políticas, y la Constitución de 1978 fue adoptada por consenso y refrendada por la inmensa mayoría del pueblo español. ¡Chapeau!

Apenas si pudo acometer el objetivo de gobernar porque lo dificultaron la izquierda, la derecha y los medios de comunicación, que lo descalificaron sin paliativos. El PSOE había olido la sangre del poder y no soltó la presa del presidente hasta lograr abatirla. Suárez era hombre de Estado y no de partido, y sólo utilizó la UCD como plataforma para la realización de sus objetivos. No trató de hacer de ella un partido de amplia base nacional e implantación en todo el territorio. La dejó en manos de sus subordinados y,"cuando el gato está fuera, los ratones bailan". La rocambolesca conjura de la "Casa de la Pradera" –versión sainetesca de los "Idus de marzo"- fue de vergüenza ajena. Roma no paga traidores y el pueblo español castigó en las urnas la desunión y se ensañó con los levantiscos y desleales baronzuelos, que no se representaban más que a sí mismos, y UCD pasó de 168 a 12 escaños, récord de pérdidas para una fuerza en el Gobierno, sólo superado por el Partido Conservador de Canadá.

Respecto a los medios, recuerdo la rueda de prensa ofrecida en Riad por el presidente, en mayo de 1980, para informar de sus viajes a Siria y Arabia Saudí. Los periodistas no le hicieron pregunta alguna sobre el resultado de los mismos y se limitaron a preguntarle con insistencia cuándo iba a dimitir. Suárez, lívido y contrariado, les dijo: "¿De verdad creéis que me aferro al sillón?", y Pepe Oneto le contestó en nombre de todos: "Sí, presidente, lo creemos". Acosado por todos los flancos y perdida la confianza real, Suárez dimitió el 29 de enero de 1981, alegando que su marcha era más beneficiosa para España que su permanencia. Al quitar la escalera, dejó a los conspiradores "amarrados a la brocha", deslegitimó un proyectado Gobierno de concentración nacional y redujo la subsiguiente asonada del 23-F a un bochornoso espectáculo sin trascendencia política. Con el acceso del PSOE al Gobierno en 1982 se cerró el ciclo de normalidad democrática de alternancia en el poder. España necesita dirigentes con visión de Estado, como Suárez, que pongan los intereses de la Nación por encima de los de sus formaciones políticas o de sus comunidades de origen, y el mito del autor de la transición empieza a forjarse. Según José Antonio Marina, necesitamos modelos que nos liberen del desánimo, y –como reza su epitafio abulense- "la concordia fue posible" y debe seguir siéndolo. Quiera Dios que su talante conciliador sirva de modelo e inspiración a nuestros desnortados políticos. ¡Descanse en paz!


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