No es peligroso asomarse al Exterior

Grave riesgo de guerra civil en Egipto

El Gobierno de Hazim Beblawi había dado un ultimátum a los Hermanos Musulmanes (HM) para que desalojaran los campamentos en las plazas de Rabea Al-Adawiya y An-Nahda de El Cairo, que ocupaban desde hacía varias semanas y –ante su negativa a hacerlo- las fuerzas de seguridad los asaltaron el 14 de agosto y causaron centenares de muertos y miles de heridos. Los desórdenes que acto seguido se produjeron por la reacción de los islamistas obligaron al Gobierno a decretar el estado de emergencia y el toque de queda en el país, que no han puesto fin a al conflicto, sino que –antes al contrario- se ha agudizado y hecho más violento, como se ha puesto de manifiesto en el intercambio de disparos entre los dos bandos el día 17 en la mezquita de Al-Fatah.

Enfrentamiento entre los Hermanos Musulmanes y las FFAA

Tras el reciente golpe de Estado de las Fuerzas Armadas (FFAA), lideradas por el general Abdel Fateh al-Sisi –que contó con el apoyo de buena parte de la población y la comprensión de la mayoría de los miembros de la comunidad internacional-, Egipto quedó dividido en dos mitades: de un lado, las FFAA, los grupos laicos y liberales que habían provocado la caída del presidente Hosni Mubarak, y los partidarios del antiguo régimen; de otro, los HM y los salafistas radicales, que defendían el regreso al statu quo ante. El Gobierno provisional de Bladawi se había fijado como objetivo modificar la Constitución para hacerla generalmente aceptable, celebrar en breve plazo elecciones parlamentarias y presidenciales, y establecer un sistema democrático. Los HM, sin embargo, se negaron a reconocer la legitimidad del nuevo Gobierno, exigieron el regreso del presidente Mursi al poder del que había sido ilegítimamente despojado, e iniciaron una campaña de manifestaciones y ocupación de las plazas citadas. Dentro de ellos cabía distinguir entre los que propugnaban una oposición activa pero pacífica y quienes –apoyados por las bases de la Hermandad- defendían el recurso a todo tipo de medios, incluido el uso de la violencia y de las milicias armadas. Las fuerzas de seguridad se enfrentaron a los manifestantes de forma violenta, lo que provocó un aumento de la tensión. 

Tanto Estados Unidos como la Unión Europea (UE) trataron de mediar para suavizar el enfrentamiento. Los primeros enviaron a El Cairo a los senadores John McCain y Lindsay Graham, quien destacó de entrada que los que estaban en el poder no habían sido elegidos y los que habían sido elegidos no estaban en el poder. Pidieron la liberación de los presos políticos, el inicio de un diálogo nacional que incluyera a todas las partes y el impulso de la hoja de ruta para restablecer la democracia. Advirtieron que la situación era crítica y que podía producirse un baño de sangre. La alta representante de la UE, Catherine Alshton, propuso el final de las acampadas a cambio de la retirada de cargos contra Mursi y su liberación, e instó a los dos bandos a participar en un proceso plenamente inclusivo, que llevara cuanto antes al restablecimiento del orden constitucional, la celebración de elecciones libres y la formación de un Gobierno civil. El vicepresidente Mohamed al-Baradei contestó que la prioridad de su Gobierno era garantizar la seguridad de los ciudadanos, preservar la estabilidad y alejarse de la violencia y el derramamiento de sangre. Era preciso impulsar una reconciliación política global y aplicar la hoja de ruta prevista para conseguir un futuro democrático para Egipto, mediante la reforma de la Constitución y la celebración de elecciones.

Pese a estas buenas palabras, el Gobierno se hallaba dividido entre quienes querían acabar a cualquier precio con el abierto desafío de los HM –cuyo portavoz declaró que en modo alguno pensaban abandonar las concentraciones y que continuarían con las manifestaciones-, y los que preferían hacerle frente a través de la negociación y con medios pacíficos. El ministro de Defensa Al-Sisi tenía una concepción más militar que política del conflicto y decidió imponer la autoridad por la fuerza, contra la opinión del vicepresidente Al-Baradei. Las FFAA y de seguridad intervinieron con todo su poder y causaron una masacre, que llevó a la generalizada condena internacional y a la dimisión de Al-Baradei. No me sorprendió ésta porque -durante mi período como representante permanente ante el OIEA- traté al que fue jefe de la Asesoría Jurídica y director general del Organismo, y conocía su integridad y talante democrático. Como declaró con coherencia, no podía seguir asumiendo decisiones con las que no estaba de acuerdo y cuyas consecuencias temía, pues no podía mantener sobre sus hombros la responsabilidad de una sola gota de sangre.

Reacción de la comunidad internacional

Lady Ashton expresó la preocupación de la UE por el número de víctimas y la brutal acometida de los militares contra los islamistas, e instó a las partes a que se abstuvieran del uso de la violencia. La Unión ha advertido de que reconsiderará sus relaciones con Egipto si su Gobierno continúa con su política represiva. El Gobierno de Estados Unidos condenó la violencia contra los manifestantes y la declaración del Estado de emergencia, pero su portavoz declaró que habían pedido contención a las fuerzas de seguridad y al ejército, y mayor respeto a los derechos humanos de los ciudadanos por parte del Gobierno, pero no habría cambios en su política hacia Egipto. La única medida sancionadora adoptada ha sido la suspensión de las maniobras conjuntas que viene celebrando desde 1981, mas seguirá manteniendo la importante ayuda técnica y financiera que viene prestando a las FFAA egipcias.

El más consecuente ha sido el primer ministro turco, Rezep Erdogan, uno de los pocos dirigentes internacionales que condenó el golpe de Estado contra Mursi, que ha acusado a la comunidad internacional de apoyar la acción de los militares, guardar silencio sobre la matanza de manifestantes y alentar la intervención contra los islamistas. El presidente de Turquía, Abdulllah Gul, recordó que la acción armada contra civiles había provocado la sangrienta guerra civil en Siria. Pidieron la urgente intervención de la ONU para poner fin a las masacres, pero el Consejo de Seguridad se ha limitado a adoptar una inocua resolución en la que exige el fin de la violencia.

Grave riesgo de guerra civil

La brutal acometida de los militares contra los islamistas y subsiguiente matanza han provocado una sublevación popular, no sólo en la capital, sino también en el resto del país, y militantes islamistas armados se han enfrentado a las FFAA y de seguridad, como en el asalto a la mezquita de Al-Fatah. Los islamistas han mostrado su incapacidad para gobernar democráticamente y un ejército autoritario e intransigente ofrece pocas garantías de establecer un régimen democrático. Se ha llegado a una situación de punto muerto difícil de superar, en la que los grupos laicos y liberales han quedado atrapados entre dos totalitarismos. Como ha señalado Haizam Fernández, mientras muchos egipcios justifican y aplauden las acciones de las FFAA, otros se sienten víctimas de una gran injusticia y claman venganza y martirio. Así nacen los enfrentamientos civiles armados. Los militares erradicadores y los fanáticos religiosos están jugando con un juego que puede incendiar toda la región. El fanatismo de unos y otros está situando a Egipto al borde una guerra civil, como sucedió en los años 90 en Argelia. La comunidad internacional no puede hacer el 'Don Tancredo' y debe mediar en Egipto a través de la ONU, de la Liga Árabe o del que corra más.


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