No es peligroso asomarse al Exterior

Delendus est Irak

A finales de abril el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero publicó el artículo Irak y la fuerza de la democracia, para justificar la retirada de las tropas españolas de Irak, en el que afirmaba que decidió dicha retirada no tanto por considerar que era una intervención ilegal e injustificada, sino por sentirse vinculado a un mandato democrático que estaba a su alcance cumplir. Comparto su opinión sobre la ilegalidad de la intervención en Irak y reconozco la legitimidad de su decisión de conformidad con su compromiso electoral. Cuestión bien distinta es la forma en que la realizó y su actitud abiertamente hostil contra Estados Unidos.

Irak tras la Guerra del Golfo

En agosto de 1990 se produjo la agresión de Irak a Kuwait, que provocó la formación de una coalición liderada por EEUU bajo los auspicios de la ONU, de la que España formó parte. En mi calidad de antiguo embajador en Bagdad, envié al ministro de Asuntos Exteriores desde Irlanda unos informes, en los que señalaba que, tras el conflicto, había que configurar el futuro político y económico de Irak, que seguía siendo el principal valladar contra el expansionismo iraní. No era conveniente liquidar el Estado iraquí, indispensable para el equilibrio político-estratégico de Oriente Medio, ni crear en una zona tan sensible un vacío de poder que pudiera alentar las ansias expansionistas de los países vecinos. Había que formar un Gobierno de repuesto, para lo que se debería contar con los sectores moderados de la oposición chií y laica, sin descartar a personas que se habían visto obligadas a colaborar con el régimen de Saddam Hussein, incluidos miembros del Ejército profesional. Convenía evitar el revanchismo antisunita y conceder a los nacionalistas kurdos un razonable grado de autonomía. Era preciso impedir el colapso de la economía de Irak, arruinada tras la guerra, y procurar que la ONU contribuyera a su recuperación para hacer de él un Estado viable.

George Bush Sr. comprendió la situación y mantuvo la integridad territorial del país y el Gobierno iraquí, si bien sometido a la tutela de la Organización. El Consejo de Seguridad (CS) le impuso la obligación de desarmarse y eliminar las armas de destrucción masiva, a cuyos efector creó una Comisión de Vigilancia, Verificación e Inspección presidida por Hans Blix. Saddam no colaboró y llegó a expulsar a los inspectores. La cuestión volvió al CS, que el 8 de noviembre de 2002 aprobó por unanimidad la resolución 1.441, calificada por Michael Glennon como “la madre de todas las ambigüedades”, ya que se prestaba a interpretaciones dispares. Constató que Irak había incumplido flagrantemente las obligaciones contraídas tras la Guerra del Golfo y le dio una “última oportunidad” para cumplirlas. Obligaba al Gobierno iraquí a que cooperara “inmediata, incondicional y activamente” con la Comisión, y se le advertía de que cualquier violación sería sometida al CS para su evaluación. Concluía afirmando que, de seguir Irak incumpliendo sus obligaciones, “se expondría a graves consecuencias”. El problema radicaba en la distinta interpretación dada al texto pues, mientras para Francia, Alemania, Rusia y China cualquier intervención exigiría una nueva resolución del CS, para Estados Unidos, España y Reino Unido bastaría su examen por el Consejo y no requiriría una resolución ad hoc.

Intervención militar en Irak de EEUU y sus aliados

Desde mi puesto en Oporto seguía con inquietud el desarrollo de los acontecimientos y el 6 de septiembre de 2002 había enviado al Ministerio unas 'Reflexiones sobre un posible ataque a Irak', en las que mantenía que Irak era un país soberano con el que España mantenía relaciones diplomáticas y que, de conformidad con el principio de no intervención, ningún Estado ni organización internacional podía decidir sobre el sistema de gobierno imperante en un país.

Irak debía cumplir las resoluciones de la ONU, pero el incumplimiento parcial de las mismas no justificaba per se una intervención militar, para la que, en todo caso, se requeriría una resolución al efecto del CS. Señalaba que, por odioso que fuera un régimen, ningún Estado tenía derecho a derrocar su gobierno o a eliminar físicamente a sus dirigentes. Cualquier acción que se realizara contra Irak se debería llevar a cabo en el marco de la ONU y con la debida autorización del CS. Había que ofrecer algún aliciente a Irak para que cumpliera sus obligaciones -como la suavización del embargo-; privar a Saddam y al Partido Baaz del monopolio del patriotismo, y buscar alternativas de gobierno, especialmente a través de la parte menos politizada del Ejército. Convenía involucrar a los países árabes moderados en la obtención de una salida razonable y, para ello, era esencial que US adoptara una actitud más objetiva en el conflicto de Palestina.

Algunos responsables del Ministerio me hicieron saber que compartían mis puntos de vista, pero que la línea a seguir había sido marcada personalmente por el presidente José María Aznar. Éste y el primer ministro británico, Tony Blair, habían convencido a George Bush Jr. para que se solicitara una nueva resolución, y éste accedió a ello, aunque ya tenía decidido intervenir militarmente en Irak, con o sin el apoyo de la ONU. Para lograr la anuencia del Consejo, iniciaron entonces una frenética ofensiva à trois, descrita pormenorizadamente por el representante permanente de España, Inocencio Arias, en su libro Confesiones de un diplomático.

La UE se dividió: España, Gran Bretaña y EEUU presentaron el 24 de febrero de 2003 un proyecto de resolución, que contó con la oposición radical de Francia y Alemania. En él se pedía al CS que declarara que Irak no había aprovechado la última oportunidad que le había ofrecido la resolución 1.441. Ante la amenaza del veto francés y la falta de apoyo de los demás miembros del Consejo, los copatrocinadores retiraron su propuesta. El 16 de marzo se reunieron en las Azores Blair, Aznar y Bush, y éste último les anunció que “la suerte estaba echada”. El 19 de marzo se inició el ataque contra Irak, en el que España tuvo una participación militar más bien simbólica, pues -según Aznar, para quien España estuvo donde tenía que estar- había comprometido su apoyo político, no militar.

Destrucción de Irak

ZP padecía un cierto acné 'americanofóbico' juvenil, como puso de manifiesto cuando, aún jefe de la oposición, se negó a levantarse al paso de la bandera de EEUU en el desfile de las Fuerzas Armadas. Como ha señalado Arias, el nuevo Gobierno español tenía suficientes razones políticas para ordenar la retirada de las tropas de Irak, en base a su oposición a la intervención militar, a su promesa electoral o a su deseo de marcar distancias con EEUU, pero carecía de razones jurídicas. La alegación de que la presencia de nuestras tropas era ilegal no tenía fundamento, pues ya en octubre de 2003 el CS había adoptado la resolución 1.511 por la que autorizaba a una fuerza multinacional unificada a tomar las medidas necesarias para contribuir al mantenimiento de la seguridad y la estabilidad en Irak, e instaba a los Estados miembros a prestar asistencia, incluso de fuerzas militares.

ZP cometió además los graves errores de realizar la retirada sin consultar con sus aliados, de instar a otros Estados a que siguieran su ejemplo y de aconsejar a los estadounidenses que cambiaran de presidente. Él mismo reconoció que mantuvo una tensa conversación telefónica con Bush en la que éste se mostró contrariado y decepcionado, pero que al final de su mandato había sido invitado a la reunión del G-20 en Washington. En el ínterin, estuvo en la 'lista negra' de la Casa Blanca, y las relaciones bilaterales quedaron en barbecho.

Concuerdo con ZP en que las miles de víctimas en Irak no sirvieron a la causa de la seguridad en la zona, ni a la disminución de la amenaza del terrorismo islamista, antes al contrario. La gestión de EEUU fue nefasta, pues desmanteló la administración y el ejército iraquíes, toleró el enfrentamiento interétnico, y permitió la implantación de las fuerzas de Al-Qaeda en las sojuzgadas zonas sunitas. Consiguió hacer de Irak un país escindido, sectario, poco democrático y, en definitiva, fallido. Delendus est Irak!


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