No es peligroso asomarse al Exterior

¿Deben olvidarse los viejos amigos en Escocia?

El 18 de septiembre se celebró en Escocia el referéndum sobre su eventual  separación del Reino Unido acordado entre el Gobierno central y el escocés. A diferencia del pretendido referéndum catalán, la pregunta planteada al electorado era clara, precisa y concisa: “¿Debe Escocia ser un país independiente?”, a lo que había que responder SÍ o NO, como Cristo nos enseña -según el Catecismo de Ripalda-. Una de las canciones más populares en Gran Bretaña, (GB), que suele entonarse en la Nochevieja y en las despedidas, es una balada escocesa “¿Should old acquaintance be forgot?”  (¿Deben olvidarse los viejos amigos?). Parece no ser el caso por ahora, pues 55.3% del 84.6% del electorado que ha votado se ha pronunciado por el NO, frente al 44.7% que lo ha hecho por el SÍ. GB ha ganado a Escocia el primer round por los puntos.

Antecedentes del referéndum sobre la independencia de Escocia

Escocia es una de las viejas naciones de Europa. En 1603, Jacobo I de Escocia fue reconocido como rey de Inglaterra, aunque se mantuvo la separación entre los dos reinos. En 1707, la reina Ana firmó el Acta para la formación del Reino Unido, por la que se integraron en un único Estado Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda. En 1979 se realizó un primer intento de devolución de poderes en Escocia mediante la creación de un Parlamento propio, pero la propuesta no salió adelante porque –aunque hubo una mayoría de 52 a 48% a favor- no se logró en el referéndum el mínimo requerido de 40% de participación. A la segunda fue la vencida pues, en el referéndum de1997 -que contó con amplia participación- el 75% del electorado votó favorablemente y, dos años después, se constituyó el primer Parlamento escocés con competencias limitadas.

Aunque el Partido Laborista (PL) fue durante años la fuerza predominante, el Partido Nacional Escocés (PNE) ganó por primera vez las elecciones en 2007 y formó un Gobierno en minoría presidido por Alex Salmond. Cuatro años más tarde, el PNE consiguió la mayoría absoluta. Salmond exigió mayores competencias y el Premier británico, David Cameron, accedió frívolamente a que se celebrara un referéndum al respecto, si bien excluyó de él la petición de más autonomía y limitó la consulta a la opción entre independencia o mantenimiento del status quo, confiado en que –según los sondeos del momento- los partidarios de la secesión no llegaban al 30%. Se inició una larga contienda electoral que produjo la escisión del país en dos grandes bloques: el liderado por Salmond y el  dirigido por el exministro laborista del Tesoro, AlistairDarling.

Mientras el primero realizó una campaña positiva basada en la esperanza por una Escocia mejor –bajo el lema de Roberto I “contra viento y marea”-, el segundo hizo una campaña negativa inspirada en el miedo. Los tres partidos nacionales –Partido Conservador, PL y Partido Liberal- y el propio Cameron se desentendieron de la porfía y el único que se involucró en la lucha por el mantenimiento de la Unión fue el ex primer ministro laborista, el escocés Gordon Brown. Si bien se partía al inicio de una diferencia de 22 puntos a favor del NO –aunque había numerosos indecisos-, a medida que se desarrollaba la campaña fueron aumentando los apoyos al SÍ –sobre todo entre los laboristas-, hasta el punto de que un sondeo publicado en The Sunday Times a primeros de septiembre dio una ligera ventaja al SÍ sobre el NO de 51 a 49%.

La constatación de la existencia de un empate técnico entre las dos plataformas provocó la alarma general  en el bando unionista y el despliegue en Escocia de los líderes de los tres grandes partidos, que no actuaron de forma coordinada. Al verle los dientes al lobo, tuvieron que aceptar el plan de emergencia de Brown para salvar la Unión, y Cameron prometió un Parlamento escocés más fuerte y con mayores competencias fiscales, presupuestarias y de política social. Este giro de 180º cambió el planteamiento de la consulta, que quedó reducida a una opción entre independencia o mayor autonomía. Según José Ignacio Torreblanca, muchos se preguntaron ¿por qué independizarnos si podemos probar primero con una mayor dosis de autogobierno?, que era lo que la mayoría deseaba desde el principio. El suspiro de alivio de Isabel II –que trató de mantener una difícil neutralidad- se ha escuchado hasta en el último confín de la Commonwealth y ha sido compartido por los Estados miembros de la Unión Europea.

Graves errores de Cameron

Aunque no el único, Cameron ha sido el principal responsable de este lamentable embrollo. Ha cometido innumerables errores y dado muestras de irresponsabilidad. Convocó sin necesidad una consulta vinculante sobre la independencia de Escocia y los referendos los carga el diablo. No requirió una mayoría cualificada para el reconocimiento de la secesión y permitió que se rebajara a 16 años la edad para poder votar. Se negó a incluir en la consulta la posibilidad de un mayor grado de autonomía y lanzó el  órdago de independencia o integración, convencido de que se produciría una aplastante victoria del NO. Se confió en las encuestas, apenas se involucró en una campaña anodina y se negó a enfrentarse a Salmond en un decisivo debate televisivo, que fue perdido por su escudero Darling. Toleró el crecimiento del PDE porque iba en detrimento del PL, le permitió ganar la batalla de la opinión pública y presentó la posible división de GB y de la sociedad británica como un mero ejercicio democrático. Permitió que 5 millones de escoceses pudieran decidir sobre el futuro de 65 millones de británicos. Creó innecesaria e irreflexivamente un peligroso precedente para otros Estados europeos que cuentan con movimientos secesionistas.

Ofreció a última hora, y con creces, a los escoceses lo que les había negado al principio  y, para ese viaje, no se necesitaban alforjas. Ha introducido, por  último, la confusión y el caos constitucional al prometer extender el nuevo estatuto a Gales y a Irlanda del Norte, y condicionar la ampliación de competencias a la “cuestión inglesa”: pretensión de que los diputados escoceses no puedan votar en la Cámara de los Comunes sobre temas que afecten a Inglaterra, única nación británica que carece de Parlamento propio. La materialización de estos compromisos llevará –en opinión del viceprimer ministro Nick Clegg- hacia un modelo de Estado próximo al federalismo, lo que resulta difícil de articular al no entrar en la tradición británica y carecer el Estado de una Constitución escrita en la que se puedan distribuir adecuadamente las competencias entre las diversas naciones.

El juego del gana-pierde

Pese a haber ganado el NO, han salido perdiendo Cameron, los grandes partidos, la propia Escocia –que ha terminado con una sociedad escindida en dos mitades antagónicas- y la Gran Bretaña -que ha visto puesta en entredicho su identidad y su viabilidad, y estado a punto de perderlas por  un margen de 11 puntos-. Aunque haya perdido el SÍ, han ganado los independentistas, el PNE y su líder, ya que han obtenido 1.6 millones de votos, el 44.6% de los emitidos. Han conseguido el máximo de devolución de poderes- incluso más de lo que en principio pretendían-, una especie de independence-minus. Salmond -que va a presentar democráticamente su dimisión en el Gobierno y en el partido- ha prometido que no volverá a celebrarse otro referéndum en 20 años, pero no hay ninguna garantía de que sus sucesores respeten ese compromiso y no vuelvan dentro de poco a las andadas.

Como ha observado Michael Keating, que un movimiento secesionista en Europa Occidental haya conseguido cerca del 50% de los votos emitidos constituye un hito histórico. El germen del independentismo ha cuajado y puede fortalecer los movimientos secesionistas ya existentes en Cataluña , el País Vasco o Flandes, y extenderse a otras regiones europeas. Las viejas amistades no se han olvidado del todo, por el momento, y –como ha afirmado su Graciosa Majestad- “todos tenemos en común un perdurable amor por Escocia, que nos permitirá mantenernos unidos”. ¡Amén!


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