No es peligroso asomarse al Exterior

Croacia: ¿ampliación versus integración en la UE?

El pasado día 1 Croacia pasó a ser el 28º miembro de la Unión Europea (UE). Debemos felicitar por su ingreso en la Unión al nuevo socio y a su pueblo, aunque éste no se haya mostrado especialmente entusiasmado por el evento, ya que -en las recientes elecciones de junio al Parlamento Europeo- sólo ha participado el 20,7% del electorado. Albergo, sin embargo, serias dudas sobre si los Estados miembros tienen que congratularse por ello, pues -en el dilema de qué debe prevalecer en la UE, la ampliación o la profundización- ha salido triunfante la primera alternativa. El único que parece haberse alegrado es Artur Mas, que ha arrimado el ascua a su sardina independentista.

La cuestión se planteó en 1992 con motivo de las negociaciones para el ingreso en la CE de Austria, Finlandia y Suecia. Entonces, el presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, advirtió de que los dos conceptos no tenían por qué ir a la par y podían causar contradicciones objetivas, y que las ampliaciones de las comunidades no deberían hacerse en detrimento de su profundización. Esta tesis ha ido perdiendo fuerza por la oposición de Gran Bretaña y los países nórdicos, y se ha puesto de manifiesto con la apertura hacia el Este y, en especial, con la admisión de Bulgaria y Rumania, que no estaban suficientemente preparadas. No basta con que cumplan los criterios de la geografía y formen parte de la historia y cultura de Europa, sino que también han de cumplir una serie de requisitos económicos (homologación con la economía de mercado y asunción del acervo comunitario) y políticos (conformidad con los llamados “criterios de Copenhague”). Como ha señalado el Parlamento Europeo, los países candidatos deberán eliminar el déficit democrático y profundizar en los principios y objetivos en que se basa la unión política.

Problemas económicos de Croacia

Con una población de 4.403.000 habitantes, Croacia cuenta con una renta per capita de 14.417 dólares -el 51% de la media comunitaria-, una deuda del 60% del PIB y un paro del 20% -50% entre los jóvenes-. Pese a la politizada privatización de su industria –el 90% de las empresas industriales está en manos de 200 familias- la economía sigue estando demasiado estatalizada y centralizada. La agricultura es ineficiente y el Gobierno apenas ha podido utilizar los fondos de preacceso con fines agrícolas por su incapacidad para ejecutar programas comunitarios. Tampoco ha aprovechado otros fondos estructurales por no saber cómo hacerlo. Sólo el turismo –que supone el 15% del PIB- funciona de forma adecuada. La burbuja inmobiliaria continúa y el sistema de pensiones resulta insostenible, porque sólo 1,2 personas cotizan a la Seguridad Social por cada jubilado. La inversión ha disminuido, el Gobierno no controla la política monetaria y la moneda nacional tiene un valor oficial -7,5 kunas por euro-, que no se corresponde con el real -10 kunas-. Con un déficit del 3,8%, está en recesión desde 2008, ha perdido en cuatro años el 10% de su PIB y no se prevé un cambio de tendencia en el futuro próximo. Por todo ello, la incorporación croata aportará más inestabilidad aún a la renqueante economía de la UE.

Problemas políticos de Croacia

Croacia no tiene buenos antecedentes políticos. Integrada en el Imperio Austriaco durante siglos, tras la I Guerra Mundial formó parte del efímero Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, y durante la II Guerra Mundial estableció –bajo ocupación alemana- el Estado Independiente de Croacia, con un Gobierno filo-nazi dirigido por Ante Pavelic y sus ustachis. Al terminar la guerra se incorporó como Estado federado a la República Federal Socialista de Yugoslavia de Josip Broz “Tito”. En las elecciones de 1990 triunfó la Unión Democrática Croata (HDZ) del nacionalista radical Franjo Tudman, quien proclamó la independencia de Croacia el 8 de octubre de 1991. La minoría serbia creó la República Autónoma de Krajina y se inició una guerra civil, en la que ambos combatiente rivalizaron en cometer toda clase de desmanes, incluidos actos de genocidio y de limpieza étnica. Tras cuatro años de violentos enfrentamientos, la contienda culminó con la disolución de Yugoslavia, en medio de la devastación general. Croacia fue apresuradamente reconocida por la UE en febrero de 1992 por la presión de Alemania, y poco después fue admitida en la ONU. Tudman estableció un régimen autocrático y a su muerte fue reemplazado por Stipe Mesic, un disidente del HDZ, quien fue a su vez sustituido por el líder del opositor Partido Social Demócrata, Ivo Josipovic, en las elecciones de 2010.

Los Gobiernos croatas arrastraron los pies a la hora de colaborar con el Tribunal Penal Internacional en el enjuiciamiento de sus gloriosos generales. Ante Gotovina –considerado un héroe nacional-, Mladen Markac e Iván Cermak, fueron encausados -Tudman se libró del procesamiento por su prematura muerte-. Gotovina –entregado por España tras su detención en Tenerife- fue condenado por el Tribunal de La Haya por crímenes contra la humanidad y posteriormente absuelto por su Sala de Apelación por falta de pruebas concluyentes. La democracia no está plenamente asentada en Croacia, que se caracteriza por el nepotismo y la corrupción –es el segundo Estado más corrupto de Europa-, y la insuficiente independencia del poder judicial. Persisten las tensiones étnicas en Eslavonia -donde se concentra la mayor parte de la población de origen serbio-, lo que constituye un elemento desestabilizador que la UE habrá de sumar a los que ya encuentra en Chipre, Hungría o Rumania. Como ha reconocida el expresidente Mesic, adecuar el país a la democracia no se puede hacer en un año. Ni en dos, ni en tres, añado yo, por lo que cabe preguntarse qué prisas tenía la Unión para acoger en su seno a un Estado que no cumplía plenamente con los requisitos políticos de Copenhague.

Predominio de la ampliación sobre la integración

La admisión de Croacia –tras la de Eslovenia- abre la vía al ingreso de otros Estados balcánicos, como Serbia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Macedonia, Albania e, incluso, Kosovo, que están aún menos preparados para su incorporación a la UE. La Comisión Europea debe ayudar a los países candidatos a adaptar y homologar sus instituciones políticas y económicas con los estándares europeos, y establecer un proceso gradual de incorporación, a medida que vayan cumpliendo con las reglas del Club comunitario, y ha de fijar una estrategia global para ulteriores ampliaciones. Ya en 1992 Francisco Fernández Ordóñez había señalado que con la admisión de nuevos miembros habría que optar por: dejar las estructuras como estaban y ser sólo un mercado único o una especie de enorme EFTA, o enfrentarse al problema de crear unas instituciones nuevas. Estaba en el candelero la alternativa entre profundización o ampliación, pero el Reino Unido y los países nórdicos, a los que se han sumado ahora los socios del Este de Europa, se inclinaron por la ampliación como medio para ralentizar el proceso de integración, pues es evidente que –cuanto mayor sea el número de miembros- menor será la posibilidad de lograr acuerdos para profundizar en la integración. La Historia se repite y la actual UE parece pronunciarse por la ampliación indiscriminada y negarse a aceptar que los dos conceptos sean compatibles, lo que lleva a la “Europa a distintas velocidades” y al opting-out. En mi opinión, en primer lugar se debería potenciar el proceso integrador en los ámbitos monetario, financiero, económico y político, y luego abrir las puertas de par en par a los Estados democráticos de Europa que compartan los principios y normas de la Unión y estén dispuestos a aplicarlos.


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