No es peligroso asomarse al Exterior

¿Apertura en Irán tras las elecciones presidenciales?

A las elecciones del pasado día 16 a la presidencia de la República de Irán no se pudo presentar ningún candidato reformista por haber vetado el Consejo de Guardianes su presencia, incluida la del expresidente Hashemi Rafsanyani. Con la excepción del independiente Mohamed Gazari, todos los candidatos seleccionados eran personajes del establishment ultraconservador contralado por el Guía Supremo Alí Jamenei: Said Yalili, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional; Mohamed Qualibaf, alcalde de Teherán; Ali Akbar Velayaty, assesor de Jamenei para Asuntos Internacionales; Moshen Rezai, excomandante de los Guardianes de la Revolución, y Hasan Rohani, exsecretario del Consejo de Seguridad Nacional. Se ha producido una doble sorpresa: la elevada participación electoral (72,7%), pese al desencanto de buena parte de la población, y la victoria por mayoría absoluta en la primera vuelta (50,68%) del aspirante menos radical, Rohani, sobre el que se ha alineado con pragmatismo el voto de los reformistas, a instancias de sus líderes Jatami y Rafsanyani.

Creación de la República Islámica de Irán

En los años 70, Irán era gobernado de forma despótica por el shah Mohamed Reza Pahlevi, al que se oponía el ayatollah Rahollah Jomeini, lo que le costó su exilio a Irak y ulteriormente a Francia, desde donde dirigió el levantamiento popular contra el shah y su derrocamiento en 1979, y la implantación de la República Islámica de Irán, un Estado confesional controlado por os clérigos chiitas. El régimen era una pirámide perfectamente jerarquizada en cuyo vértice figuraba el Guía Supremo, bajo cuya autoridad se situaban las distintas instituciones monopolizadas por los mullahs y los Guardianes de la Revolución (pasdaranes): Presidencia de la República, Parlamento, Judicatura, Fuerzas Armadas y Asamblea de Expertos. Para poder controlar incluso a los seguidores, se estableció el Consejo de Guardianes, que selecciona a los candidatos a cualquier puesto y puede vetar las leyes adoptadas por el Parlamento o las decisiones tomadas por el Gobierno.

Irán inició una política expansionista del chiismo militante con el fin de establecerse como la potencia hegemónica de la región, ayudando militar y financieramente a las milicias de Hizbullah en Líbano y de Hamás en Palestina, lo que provocó su enfrentamiento con Irak y los países del Golfo. También se enfrentó con Estados Unidos, cuya embajada fue asaltada y ocupada en 1979 y su personal retenido como rehenes durante 444 días. La situación de caos que se produjo tras la caída de shah y el desmantelamiento de las FFAA y de la Administración monárquica fue aprovechada por el presidente de Irak, Saddam Hussein, para invadir en 1980 la parte suroeste de Irán, donde había una minoría sunita y araboparlante, en la asunción de que se le sumaría, pero el resultado fue justo el contrario, pues todos los iraníes –incluidos los monárquicos- se unieron para hacer frente al enemigo ancestral y rechazar la invasión. Irán cometió entonces un error similar al intentar invadir en tres ocasiones la parte sudoriental de Irak, habitada mayoritariamente por chiitas, que se mantuvieron fieles a su país y repelieron los sucesivos ataques. Entre 1980 y 1988, el Gobierno iraní prestó prioritaria atención a la lucha contra Irak. Fui testigo presencial de una de las guerras más absurdas, devastadoras y cruentas, que fue perdida por los dos beligerantes.

Evolución de la República Islámica de Irán

Al morir Jomeini en 1989 fue sustituido por el ayatollah Alí Jamenei y la presidencia de la República fue ocupada entre 1989 y 1997 por Rafsanyani, que –de forma pragmática- siguió un programa de conservadurismo religioso, intransigencia política y liberalismo económico, para tatar de reconstruir al país devastado por la guerra. En el plano internacional, continuó con la política de apoyo a Hizbullah y Hamás y de expansión del chiismo político, si bien intensificó los contactos con los países de su entorno y trató de mejorar las relaciones con los Estados occidentales. El principal problema con ellos era el del desarrollo de la investigación nuclear. La autocracia chiita no es santo o Satán de mi devoción, pero debo reconocer que la Comunidad Internacional, en general, y el OIEA, en particular, han seguido un doble estándar con Irán, pues, pese a ser parte en el Tratado de No Proliferación (TNP) y aceptar las inspecciones del organismo, ha sido tratado peor que otros Estados nucleares –como Israel, India o Pakistán- que ni son parte en el TNP ni aceptan inspección internacional alguna. Irán tiene derecho a desarrollar su industria nuclear con fines pacíficos. Cuestión distinta es si lo que con ello pretende es poder fabricar armamento nuclear. Irán inició negociaciones sobre el tema con Francia, Gran Bretaña, Alemania, Estados Unidos y Rusia.

En 1997 comenzó el periodo reformista con el acceso a la presidencia del intelectual moderado Mohamed Jatami, que había sido director del Centro Islámico de Hamburgo. Trató de liberalizar el anquilosado sistema político, aumentar el ritmo de liberalización de la economía, y adoptar medidas a favor de las mujeres y de los jóvenes, y se sumó a la Alianza de Civilizaciones. Por ello se topó con la oposición de los ultraconservadores, y el Consejo de Guardianes vetó algunas de sus leyes y decisiones. Se aproximó a los países occidentales y aceptó congelar durante dos años el enriquecimiento de uranio. El alcalde de Teherán, Mahmud Ahmadineyad, que había sido uno de los ocupantes de la Embajada de Estados Unidos, ganó las elecciones en 2005 y radicalizó la política iraní. Adoptó una actitud intransigente hacia Israel –que debería ser “borrado del mapa”-, negó el Holocausto e intensificó su ayuda a Hizbullah y Hamás. Desafió a las potencias occidentales reanudando el programa nuclear, lo que provocó la condena del Consejo de Seguridad y la aplicación de sanciones, incluida la supresión de la compra de petróleo por la UE. Tras su reelección en 2009 en unas elecciones fraudulentas, reprimió con mano dura las manifestaciones de protesta -la 'revolución verde'- y privó de libertad a los dirigentes reformistas Mir Musavi y Mehdi Karrubi. La política errática de Ahmadineyad y las sanciones internacionales produjeron una profunda crisis económica y el aislamiento de Irán, y hasta Jamenei dejó de apoyarle.

Perspectivas tras las últimas elecciones presidenciales

Las elecciones de 2013 quedaron reducidas a un concurso de ultraconservadores, en el que se llevó el premio el menos radical de ellos, Rohani, que durante la campaña electoral había prometido liberar a los presos políticos, relajar la actuación de la 'policía moral' y levantar las restricciones a Internet. Su elección ha sido bien recibida en Occidente y sus primeras declaraciones de que daría prioridad a la reactivación de la economía y que estaba dispuesto a ser más transparente con el programa nuclear y a mantener buenas relaciones con todos los países son positivas. El problema radica en que, por sincero que sea en su voluntad aperturista, la Presidencia no controla el poder. La piedra de toque para su credibilidad será la actitud que adopte sobre las libertades de expresión y de asociación, la liberación de los presos de conciencia, la continuación del programa nuclear y la intervención en Siria, directamente o a través de Hizbullah. Aunque las perspectivas hayan mejorado, no cabe hacerse excesivas ilusiones. ¡Ojalá me equivoque!


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