No es peligroso asomarse al Exterior

Amnesia colectiva en el País Vasco

Voto de los vascos expulsados por la violencia de ETA

El día 21 se celebrarán unas elecciones autonómicas, que serán decisivas para el futuro del País Vasco y de España; dichas elecciones ofrecen la oportunidad de permitir la participación en las mismas de los vascos expulsados del país por la violencia etarra, y así reparar una injusticia. Según un estudio de la Fundación BBVA, cerca de 200.000 ciudadanos se han visto forzados a abandonar Euskadi por la presión terrorista. Yo mismo tengo familiares que –amenazados de muerte por negarse a pagar el “impuesto revolucionario- dejaron su tierra, su trabajo y su entorno para rehacer sus vidas en otras partes de España. Un Comité de Juristas del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales ha afirmado que ello supuso una grave vulneración de los derechos humanos y que no atender a las reivindicaciones de estos ciudadanos de poder votar en su tierra supondría reconocer el éxito de ETA en la depuración parcial del censo electoral, que fue vaciado de los opositores a la banda, con el aplauso de quienes los respaldaban y el silencio de la mayoría.

No es de extrañar que Iñigo Urkullu considere un "pucherazo electoral" el plan del Gobierno de permitir en el futuro la participación electoral de los exilados internos

Si los nietos de exilados vascos residentes en el extranjero pueden votar en el País Vasco pese a no tener vínculo alguno con el territorio y desconocer por dónde cae Baracaldo o Loyola, con mucho mayor motivo deberían poder hacerlo los vascos que -por no compartir el proyecto totalitario de ETA- tuvieron que abandonar su país y se vieron políticamente discriminados. De esta situación salieron beneficiados los partidos nacionalistas. Como ha observado Antonio Basagoiti, el PNV calló ante esta injusticia y miró para otro lado, mientras las amenazas de ETA filtraban el censo vasco. Por ello no es de extrañar que Iñigo Urkullu se haya opuesto al plan del Gobierno de permitir en el futuro la participación electoral de los exilados internos, calificándolo de “error histórico en forma de pucherazo electoral”. Por su parte, la candidata de Bildu, Laura Mintegui, ha manifestado que el proyecto subvierte la opinión natural de Euskadi con un objetivo electoral. Cabe señalar que 57.19% del pueblo vasco respalda la posibilidad del voto de los forzados ausentes. El timorato Gobierno, sin embargo, ha dejado el plan “ad calendas vascas” y desaprovechado una magnífica ocasión de equilibrar los previsibles resultados electorales, que son realmente descorazonadores.

Según los sondeos, el PNV será el ganador con 36.5% (CIS) o 33.3% (Sigma-2) de los votos y entre 24 y 27 escaños, y Bildu –brazo político de ETA- obtendrá 25.1% o 24.5% de los votos y entre 20 y 22 escaños. Un 45.8% de los candidatos de Bildu proceden de Batasuna -organización declarada ilegal por el TS y el TC-, en violación de la Ley de Partidos Políticos que prevé que “los actos ejecutados en fraude de ley o con abuso de personalidad jurídica no impedirán la debida aplicación de ésta”. Resulta anómalo que los herederos de ETA se puedan presentar, lo hagan como artífices de la paz y capitalicen en las urnas el fin de la violencia.

Olvido culpable del terrorismo y de las víctimas

Como ha observado Santiago González, hay algo mágico en la campaña electoral vasca, que ha permitido hacer evanescentes al terrorismo y a sus víctimas. ¡Ah!, ¿pero ha habido víctimas en Euskadi aparte de las de la Guerra Civil?. ¿Se ha asesinado a cientos de personas y herido a muchas más, extorsionado con el impuesto revolucionario y los secuestros, y forzado la expulsión del país de los discrepantes de ETA y Batasuna? ¿Se trata acaso de un fenómeno natural, como un terremoto o un tornado, que –tras producirse- se vuelve a la normalidad? Es imperativo que la sociedad vasca retorne a la normalidad a cualquier precio, incluido el de sufrir una amnesia colectiva y aceptar un olvido culpable. Antes al contrario, hay que desterrar el olvido, porque lo peor del mismo sería –en opinión de Carlos Urquijo- que “los cómplices del terror se erigieran en redactores del relato para blanquear su siniestro papel en esta tragedia. Ninguna paz será digna de tal nombre si el relato no contiene una condena explícita de ETA y su historia criminal…, si se admitiera que los crímenes fueron necesarios para hacer posible el poder que detentan sus cómplices y que ampliarán a partir del día 21”. La consigna es pasar página para recuperar la ansiada normalidad recurriendo al somnífero del olvido, y –como ha señalado Joseba Arregui- hay nacionalistas que están dispuestos a vivir, no ya como si ETA no existiera, sino como si no hubiera existido nunca.

El olvido podría ser una solución si fuera consecuencia de una catarsis sincera en que los responsables de terrorismo y sus cómplices y parte de la sociedad vasca que –por acción u omisión- ha contribuido a su implantación, reconocieran los hechos, asumieran su cuota de responsabilidad, pidieran perdón a las víctimas, hicieran propósito de enmienda y se mostraran dispuestos a reparar los daños. Mas esta catarsis no se ha producido. No se puede construir un nuevo País Vasco –integrado en España o incluso independiente- sobre los cimientos del crimen, la extorsión, la discriminación, la injusticia y el olvido. ¿Y cuál es el talante de los supuestos conversos a la democracia de Bildu?. Se niegan a reconocer y condenar las atrocidades de ETA, y siguen manteniendo que los etarras son unos patriotas, los condenados por múltiples delitos unos presos políticos, y la víctimas objeto de sospecha (“¡algo habrán hecho!”). El nacionalismo democrático, por el contrario, sí parece dispuesto a asumir su parte de culpa, e Íñigo Urkullu ha admitido que el PNV guardó cierta equidistancia entre agresores y víctimas, y que, “quizás no haber insistido en el reconocimiento radical de nuestros principios éticos con claridad en el pasado fue nuestro error”, por lo que “es nuestro deber reconocer el daño causado”. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Divergencias y coincidencias entre Bildu yPNV

Las diferencias entre Bildu y PNV están en los medios a emplear, pues coinciden en el objetivo de la independencia de Euskadi. Urkullu ha pedido la adopción de un nuevo Estatuto –una versión edulcorada en las formas del Plan Ibarretxe- con mayor transferencia de competencias, y la celebración de un referéndum soberanista al que se deberá llegar, paso a paso, tras alcanzar un pacto con “todas las sensibilidades políticas”. Este “pacto entre iguales en clave de concertación”, debe ser “amplio, abierto e integrador”, y permitir la integración de Navarra. El modelo autonómico no ha conseguido adecuar el hecho nacional vasco y debe ser actualizado. Hay que lograr un nuevo marco institucional basado en los principios de bilateralidad y de igualdad entre la Comunidad y el Gobierno central. Con sentido pragmático y consciente de la grave crisis actual y de la situación electoral, el Presidente del PNV ha apelado a trabajar por lo urgente –la recuperación económica- y dejar para más adelante las aspiraciones identitarias de una nación. Se presenta así hábilmente como el policía bueno frente al atrabiliario Artur Mas, pero no cabe hacerse demasiadas ilusiones. Se trata de una posición táctica para calmar las inquietudes de los electores vascos que quieren seguir siendo españoles, y esperar a que mejore la coyuntura. Si la independencia no es para mañana, lo será para pasado mañana. El electorado vasco debe ser consciente de estas realidades y votar con pleno conocimiento de causa, sabiendo de antemano las consecuencias que producirá el destino de su voto.

Por mucho que desee implantar la normalidad en el país, la sociedad vasca no puede ignorar su inmediato pasado y sumirse en una amnesia inducida para eludir su parte de responsabilidad. Están sin aclarar 326 de los 858 asesinatos de ETA y puede que sus autores ostenten puestos institucionales. La reconciliación y el perdón son cualidades maravillosas, pero han de estar basados en el reconocimiento del daño causado, la voluntad de superar los enfrentamientos y el sincero deseo de los culpables de ser perdonados.


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