NEUROCIENCIA

El científico que aprendió a ver el mundo al revés

Según Jan Degenaar, aprender a ver el mundo al revés es "como aprender a jugar al tenis". El investigador es el último de una serie de científicos que han experimentado lo que sucede después de vivir muchos días con unas gafas que distorsionan la realidad.

Jan Degenaar durante su experimento con las gafas para ver el mundo al revés
Jan Degenaar durante su experimento con las gafas para ver el mundo al revés David Silverman

A finales del siglo XIX el psicólogo californiano George M. Stratton estaba intrigado por la manera en que nuestros sentidos captan el mundo. Unos años antes, el físico y médico alemán Hermann von Helmholtz había hecho una serie de pruebas con voluntarios a los que colocaba unas gafas que distorsionaban sus campos de visión y había comprobado algo novedoso. Al cabo de algunas horas su cerebro se adaptaba a las lentes y los sujetos eran capaces de recalcular distancias sin dificultad. Pero Stratton quería ir un poco más allá y se preguntó qué pasaría si una persona llevara unas gafas para ver el mundo al revés durante suficiente tiempo.

Stratton descubrió que el cerebro era capaz de aprender a ver el mundo al revés

La idea la puso en práctica hacia 1897, cuando diseñó unas gafas que le permitían invertir la realidad de izquierda a derecha y de arriba a abajo. A través de aquel dispositivo, el mundo aparecía completamente dado la vuelta y las primeras sensaciones eran de desorientación y mareo. En un primer experimento, Stratton llevó las gafas puestas durante 21 horas y media en un periodo de tres días y, aparte de la dificultad para entender lo que veía y moverse, no experimentó ningún cambio. Pero en su segundo intento, tras llevar las gafas puestas de manera ininterrumpida durante ocho días, saltó la sorpresa. Hacia el día 4 del experimento, las imágenes estaban todavía boca abajo, pero el día 5 se dio cuenta de que las veía del derecho, y solo si se concentraba podía volver a verlas las había percibido los primeros días. Su cerebro se había adaptado a los cambios.

Aquellas primeras pruebas fueron la base para comprender mejor cómo funciona nuestro sistema perceptivo y la versatilidad de nuestra mente para reaprender a ver el mundo. Como el bebé que mira sus manos y aprende cómo funcionan, nuestro cerebro puede retomar el proceso y adaptarse a nuevas circunstancias, una versatilidad que se comprueba a menudo en pacientes que pierden un miembro o  personas con un daño cerebral.

Pero lo que sucede exactamente en este reaprendizaje para ver al revés no estaba del todo claro. Durante el siglo XX varios investigadores hicieron nuevas versiones del experimento de Stratton con diferentes resultados. En los años 50, el psicólogo austríaco Ivo Kohler se construyó sus propias gafas para ver el mundo invertido mediante un sistema de espejos y se puso a prueba a sí mismo durante días. En el documental que grabó sobre los experimentos, vemos a Kohler caminar por el campus de la Universidad de Innsbruck mientras realiza tareas como intentar llenar una taza o atrapar el globo que deja escapar una niña. 

A pesar de que en los primeros momentos se le ve actuar con torpeza, al cabo de diez días el cerebro de Kohler se había adaptado a la nueva forma de ver y era capaz, como se observa en la filmación original sin sonido, de pasear tranquilamente por el campus e incluso de circular en bicicleta por la carretera con aparente seguridad. Unos años después, el psicólogo James Taylor, de la Universidad de Ciudad del Cabo, repitió el experimento con una variante: esta vez para él el mundo estaba invertido solo de derecha a izquierda, como si lo estuviera viendo reflejado en un espejo. Aunque pueda parecer sencillo, orientarse en la realidad bajo estas circunstancias resulta bastante complicado, a pesar de lo cual a partir del octavo día Taylor estaba en condiciones de montar en bicicleta y leer las señales al revés.

En los años 80, el psicólogo Hubert Dolezal patentó unas gafas para ver al revés y las probó para un documental de la BBC.

"Me sentía mareado y vomité varias veces", explica Degenaar.

El último en estas listas de 'pioneros de la percepción' ha sido Jan Degenaar, investigador de la Universidad de París Descartes, quien se fabricó sus propias gafas de visión invertida y las llevó durante cuatro horas al día en un periodo de 31 días. "Al principio, la sensación al mover la cabeza era terrible", confiesa a Next. "me sentía mareado y vomité varias veces. El mundo se convierte en algo confuso, todo está justo donde no esperas y tu estabilidad visual se rompe en pedazos".

Para entender el experimento de Degenaar primero hay que describir cómo funcionan sus gafas. En su caso, como en el de Taylor, el mundo no se voltea de arriba a abajo sino de izquierda a derecha, ofreciendo una imagen de las cosas tal y como la veríamos en un espejo. "Lo curioso es que si quieres mirar a la derecha sigues girando la cabeza a la derecha", explica, "pero debes girar los ojos a la izquierda". Para Degenaar, esto supone un conflicto en el corazón mismo de nuestro sistema perceptivo, que le provocaba náuseas y le impedía agarrar objetos o desenvolverse, puesto que cada vez que trataba de centrarse en algo, cualquier movimiento sacaba la escena de su campo de visión.

De pronto era capaz de elegir entre las dos maneras de percibir la realidad. 

"Pero algo cambió con el paso de los días", relata Degenaar en conversación por videoconferencia. "El mareo desapareció y pude empezar a mirar alrededor sin esa sensación perturbadora". Hacia el día 4, en concreto, empezó a realizar tareas simples como cocinar y empezó a salir a la calle provisto de un bastón de invidente para no chocar con los viandantes. "No quería arriesgar", asegura, "y seguí con estas rutinas hasta que un día mi manera de percibir el mundo cambió radicalmente. Y eso fue muy emocionante". 

Este cambio radical en su forma de percibir se produjo alrededor del día 30, cuando ya llevaba muchas semanas practicando. Lo interesante del asunto es que se produjo una especie de doble condición, de pronto era capaz de elegir entre las dos maneras de percibir la realidad, verla como en un espejo o reinterpretarla en los términos en que un ser humano ve habitualmente. Para explicarlo, Degenaar  cita el ejemplo del famoso cubo de Necker, en el que uno puede mirar un mismo objeto e interpretarlo de dos maneras distintas. 

Dos ejemplos que admiten varias lecturas: el cubo de Necker y el conejo-pato.

"Esta nueva manera de ver empieza a parecer muy natural y normal", relata. "Y esto es fantástico, porque indica la capacidad de adaptación que tenemos y que incluso de adultos podemos reaprender a ver el mundo. Solo usé las gafas durante 4 horas al día y al final te puedes adaptar a ello". Lo interesante, para Degenaar es que nuestro cerebro es mucho más adaptable de lo que creíamos. "La percepción puede cambiar cuando somos adultos, tal y como aprendemos a jugar al tenis o a esquiar". "Podemos aprender a ver de diferentes maneras incluso con gafas normales. Cuando estrenas unas nuevas lentes y te mueves, sientes un mareo, pero una vez que te adaptas ya no hay problema".  

No había aprendido a darle la vuelta a la imagen, sino a resolver el conflicto. 

Aún así, matiza, es importante tener en cuenta que su cerebro no había aprendido a darle la vuelta a la imagen, sino a resolver el conflicto entre la dirección que debían tomar sus ojos en cada momento, de modo que reaprender a ver consistía en resolver este conflicto más que en 'voltear' una imagen. En su trabajo sobre el experimento se centra en resolver una cuestión que es casi filosófica, sobre la forma en que nuestro cerebro percibe la realidad y se forma la consciencia. En su opinión, sus resultados muestran que el modelo de Descartes, según el cual el cerebro reconstruye una especie de imagen de la realidad como si fuera la pantalla de un cine, no se sostiene.

"El cambio que yo viví", explica, "indica que la experiencia visual cambia sin que se produzca una rotación de una supuesta imagen y aporta pruebas sólidas de que nuestra visión del mundo está arraigada en la forma en que todo nuestro sistema sensomotor se relaciona con el entorno". En otras palabras, no es que una parte del cerebro genere una cosa llamada consciencia ni una imagen proyectada de la realidad, sino que la interacción de todas nuestras capacidades perceptivas construye lo que somos. 

Para profundizar en este asunto, nos adelanta, su equipo está trabajando ahora en un dispositivo para percibir la realidad de manera táctil. "Consiste en una cámara, que te colocas en la cabeza con los ojos tapados y lo que la cámara percibe se transforma en vibraciones, por ejemplo, que puedes sentir sobre tu abdomen o el pecho". La idea es una especie de variación sobre el mismo experimento, explica, para conocer la relación entre los estímulos que recibes y lo que interpretas. "Llevado al extremo", observa, "podrías incluso tener una experiencia visual análoga, porque los patrones son los mismos. Lo que está a la izquierda o a la derecha, o lo que está arriba o abajo... Los patrones que obtienes explorando el mundo deberían ser los mismos". 

Referencias: Through the inverting glass: first-person observations on spatial vision and imagery (Phenom Cogn Sci, 2014) 13:373–393 DOI 10.1007/s11097-013-9305-3 | Upside-down world: the goggles that remake reality (New Scientist)

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