MEDIOAMBIENTE

La batalla de aves y humanos por el espacio aéreo tiene un alto coste

Un artículo en la revista Science reclama medidas para mitigar el impacto que nuestra actividad tiene en el espacio aéreo, que puede afectar a nuestras vidas.

Un esquema de la ocupación del espacio aéreo por humanos y aves
Un esquema de la ocupación del espacio aéreo por humanos y aves Fernando Ballejo

Aviones, drones, tendidos eléctricos, parques eólicos… La actividad humana causa cada año millones de muertes de animales y una importante perturbación en el espacio aéreo donde estos habitan. Sergio Lambertucci y su equipo reflexionan esta semana en la revista Science sobre los problemas de esta batalla por ocupar el aire y proponen sistemas para mitigar los efectos que este choque provoca también en los humanos. Hasta la fecha, por ejemplo, más de doscientas personas han muerto en el mundo y miles de aviones han resultado dañados  como consecuencia de las colisiones con pájaros, y los costes de estos daños, solo en EE UU, superan los 900 millones de dólares al año.

Los choques de aviones con aves cuestan 900 millones de dólares al año en EE UU. 

La mayoría de los animales que vuelan, recuerdan los autores del artículo, lo hacen a unos cientos de metros de la tierra y la abundancia disminuye a medida que se aumenta la altura. Las colisiones con aeronaves se producen en su mayoría en alturas de entre 60 y 120 metros, durante los despegues y aterrizajes, aunque se han registrado problemas puntuales a altitudes mayores. Otros efectos son menos obvios, como los que introducen los parques de energía eólica o los edificios de las grandes ciudades en los regímenes de viento y en los patrones migratorios de algunas especies. Las alteraciones pueden influir incluso a la microbiota aérea, los millones de seres microscópicos que habitan en el aire y se mueven por todo el planeta, cuyo papel se está empezando a estudiar. 

Nuestra actividad más dañina sobre el espacio aéreo es el vertido constante de sustancias contaminantes, como aerosoles y gases industriales que están cambiando las condiciones climáticas de algunas regiones, como el régimen de lluvias, y cuyos efectos pueden resultar devastadores para nosotros mismos. Los autores analizan incluso el papel de los vehículos no tripulados (los famosos drones) utilizados a escala militar y cuyo uso empieza a popularizarse en el ámbito civil, a alturas en las que las aves se mueven de forma habitual. En algunas especies, como las gaviotas, ya se ha comprobado que pueden tener un efecto negativo y perturbar sus costumbres de anidamiento. 

Nuestra actividad puede afectar incluso a la microbiota aérea. 

Aunque ya se están tomando algunas medidas - como señalizar los tendidos eléctricos o los cristales de los rascacielos para evitar el choque de las aves - los autores del artículo consideran que de momento son solo "parciales" y se aplican en muy pocos sitios. Su propuesta incluye el estudio más detallado de las rutas migratorias de los animales - especialmente a nivel local, donde se han estudiado menos - y el establecimiento, incluso, de reservas del espacio aéreo donde se restrinja temporalmente la circulación de aeronaves para proteger a las aves. 

Todas estas medidas, advierten, tendrán que enfrentarse a conflictos socioculturales como el que se produciría al intentar restringir operaciones militares o la situación que se ha vivido recientemente en la isla de Malta, donde los ciudadanos decidieron en referéndum seguir practicando las cacerías de aves de primavera a pesar de que ponen en serio riesgo la reproducción de algunas especies. El objetivo último, concluyen, es identificar mejor los lugares donde este conflicto entre animales y humanos por el espacio aéreo se produce y pensar en las formas menos traumáticas de conseguir paliar los estragos que estamos causando. 

Referencia: Human-wildlife conflicts in a crowded airspace(Science)


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