ANÁLISIS

El dilema del misionero

La repatriación los enfermos de ébola a sus países de origen ha sido cuestionada tras los contagios. En una doble tribuna de opinión exponemos los argumentos para considerar si fue un acierto o un error. En este artículo, Antonio Martínez Ron explica por qué le parece una equivocación.  

Cuando los psicólogos experimentales quieren saber algo sobre nuestros juicios morales recurren a una herramienta que pone al sujeto en una situación hipotética ante la que debe tomar una decisión. Estos dilemas morales se usan con frecuencia para saber qué mecanismos mentales ponemos en marcha cuando evaluamos la realidad. Uno de los más conocidos es el que plantea un escenario en el que un tranvía está a punto de atropellar a cinco personas. El sujeto que se somete a la prueba tiene la opción de pulsar un botón para que el tranvía cambie de vía y los cinco viandantes se salven, pero la decisión le costará la vida a otra persona. Con estos elementos encima de la mesa, la mayoría de los individuos sometidos a este test optan por la opción utilitarista y les resulta más aceptable moralmente la muerte de un inocente que la muerte de cinco, aunque sea por una cuestión de cantidad.

La decisión de repatriar a los enfermos puso en riesgo a más personas por falta de previsión.

En las últimas semanas, y tras las noticias del contagio del ébola a sanitarios en España y Estados Unidos, mucha gente se ha planteado si repatriar a sus ciudadanos enfermos fue una decisión adecuada. Juzgar una cuestión así no es sencillo, y hay muchos más matices que en un dilema moral, pero comencemos simplificando el caso antes de abordarlo en profundidad. Desde un punto de vista meramente utilitarista, y sabiendo ahora lo que sabemos, la decisión de trasladar a personas enfermas de ébola de un lugar a otro del planeta parece claramente un error. Las autoridades que tomaron la decisión sabían - o debían saber-  que el sistema no estaba preparado para una contingencia de ese calibre y expusieron a otros ciudadanos a un riesgo que quizá no debían tomar. Y lo que es más grave, tomaron decisiones que han despertado la alarma social.

Siguiendo con los dilemas morales, pongamos ahora una situación hipotética en la que el jefe de un equipo de bomberos recibe una llamada en la que le advierten de que un edificio de arquitectura experimental de ocho plantas está ardiendo y hay un hombre atrapado en el último piso. En una situación normal, la decisión ni siquiera es un dilema, pero pongamos que el jefe de bomberos sabe que sus hombres no tienen formación en ese tipo de edificios y están absolutamente faltos de material. Ahora imaginemos que aún sabiendo eso, el jefe de bomberos decide continuar, lo cual (como veremos) puede ser perfectamente legítimo. En la operación, debido a la precariedad de los equipos, mueren o quedan malheridos varios de los bomberos y nos toca sopesar si la decisión ha sido un acierto o un error. ¿Qué pensaríamos?

Se toman muchas decisiones utilitaristas en situaciones de emergencia.

Aunque pueda parecer un caso extremo, la realidad cotidiana está llena de decisiones de este tipo. Se evalúan los hechos y se pone en una balanza los pros y los contras de intentar salvar a una persona, por loable que sea esta intención. Se utilizan criterios utilitaristas cuando se saca de la lista de trasplantes a alguien que tiene determinada edad o algún tipo de enfermedad y cuando el helicóptero de rescate que debe salir a buscar a un montañero se queda en tierra porque las condiciones meteorológicas no son seguras para volar. En estos escenarios de emergencia las decisiones se toman a veces con mucha prisa y siempre cabe el riesgo de hacer una mala elección, pero el criterio consiste generalmente en valorar los riesgos que conlleva la operación y los posibles beneficios que nos va a aportar.

¿De verdad que mover enfermos de aquí para allá no fue un error?

En el caso de las repatriaciones por ébola, la balanza ante la que se vieron las autoridades tenía dos platillos: asumir el deber moral de ayudar a los nacionales o evitar poner en riesgo a decenas de personas aunque fuera una terrible decisión. Ahora sabemos que sucedió exactamente lo que se dijo que no podía pasar y por las noticias que llegan de EEUU, parece que el riesgo de los sanitarios se subestimó de forma general. Mientras cunde la alarma social y las instituciones revisan los protocolos que muchos consideraron seguros en su momento, es lícito preguntar: ¿de verdad que mover enfermos de aquí para allá no fue un error y no vamos a aprender la lección?

Aún sí, y como bien apunta Juan Ignacio Pérez en un artículo paralelo a éste pero de distinta opinión, las decisiones sobre personas no siempre se toman con criterios utilitaristas, y parece lógico que así sea, porque existen otros valores que se quieren hacer prevalecer desde el punto de vista moral. Cuando los psicólogos plantean los dilemas a los voluntarios, introducen pequeñas variantes que colocan al sujeto en una situación más compleja. Sin abandonar el ejemplo del tranvía, los científicos proponen al individuo que realiza la prueba que para salvar a las cinco personas a las que está a punto de  atropellar el tren ya no tiene que apretar un botón, sino que le ofrecen empujar a un señor que está en lo alto de un puente para que caiga sobre la vía e impida la colisión. En un altísimo porcentaje de los casos, las personas eligen no hacer nada porque aunque el balance de cinco muertos contra uno es desequilibrado, existe un bien moral a preservar: no queremos empujar a ese pobre señor.

La clave está en qué consideramos moral e inmoral.

En una decisión como la de repatriar a los misioneros bien puede darse una situación similar. En este caso no se empuja a nadie al vacío, pero se afronta la posibilidad de dejar a una persona en la estacada (en el caso de que enviar la ayuda allí se pueda calificar de “dejar en la estacada”). Uno puede considerar, como hace Juan Ignacio, que un colectivo como el nuestro - en este caso un país- no puede dejar abandonados a sus cooperantes y está obligado a reaccionar. Pero los valores morales, por fortuna o por desgracia, no son de carácter universal, es decir, varían con el criterio de cada uno. A mí me puede parecer perfectamente inmoral que las personas infectadas con el virus tengan un trato distinto en función de su nacionalidad y que a unas se les ofrezca el tratamiento avanzado mientras a otras se les explica que no pueden salir de su país. Y ahora ya no estamos examinando el problema desde un criterio utilitarista, sino desde otro punto de vista moral.

Durante una conversación sobre este tema en redes sociales, un interlocutor me reprochaba hace unos días que dejar a los misioneros apartados fuera de España era como volver a los antiguos lazaretos. Lo que no comprendía esta persona es que somos de la misma opinión, solo que en este caso la leprosería que a mí me indigna tiene el tamaño de un continente. En un debate televisivo reciente comprobé estupefacto cómo los expertos pasaban de hablar del deber de repatriar a los nacionales a hablar de la necesidad de impedir que los enfermos de ébola salieran de sus países de origen. Y por lo visto se está hablando de organizar un gran centro donde atender solamente a los europeos, por aquello de la afinidad.

Los criterios para juzgar la realidad desde una perspectiva ética son muchas veces personales y dependen del marco de referencia de cada cual. En este caso es obvio que sentimos empatía hacia los misioneros/cooperantes españoles por una cuestión de proximidad, compartimos lengua, cultura y nacionalidad y esto nos invita a responder con prioridad. En mi opinión, la clave de todo el problema que plantea la crisis del ébola está precisamente en la perversión de ese ‘bien moral’ que se quiere preservar, que representa la aceptación de que existen unos ciudadanos de primera y luego está el resto de la humanidad. Un solo dato que nos debería hacer reflexionar: la diferencia entre los recursos empleados por el Gobierno español para salvar a dos personas y el dinero (apenas 400.000 €) que se ha invertido en ayudas a los países en el foco de la enfermedad.

Quizá nunca debimos considerar que hay un ‘ellos’ y un ‘nosotros’.

Al hilo de esta cuestión cabe preguntarse, por ejemplo, por qué la hermana Paciencia Melgar, cuyo plasma se está utilizando ahora para ayudar a otros a enfermos, no fue repatriada a España pese a su petición. ¿Tanta diferencia había entre ella y el misionero Miguel Pajares junto a quien se infectó en el hospital de Liberia en el que trabajaban? Ella era ecuatoguineana, y trabajaba codo con codo con él, pero para el Gobierno español traerla no representaba una prioridad. La idea es que quizá nunca debimos repatriar a los nuestros porque nunca debimos considerar que hay un ‘ellos’ y un ‘nosotros’, y en este matiz está el origen de la propagación del último brote de la enfermedad. Los que hablamos con los cooperantes desde principios de año sabemos que sus llamamientos cayeron en saco roto hasta que el ébola dejó de ser un problema solo para el África occidental. 

Respecto a quienes plantean que, aunque no hubiera sido por la vía de los repatriados, el ébola habría terminado llegando a nuestro país, deberían considerar la alarma social y la sensación de descontrol que han generado la decisiones como tener un hospital de referencia de quita y pon, no preparar suficientemente al personal ni vigilar debidamente a quienes estaban en riesgo de contagiarse con la enfermedad. Toda esta crisis paralela de credibilidad tiene un tremendo coste social y es responsabilidad de quien quiso apuntarse un tanto sin sopesar los riesgos que se iban a afrontar.

La otra pregunta clave es cuál era la decisión correcta. Cuando se juzga como utilitarista la opción de no traer a los misioneros a España se olvida que eso no significa haber dejado a los misioneros en el desamparo. Algunos, como yo, pudimos pensar que era la mejor opción en aquel momento, pero la realidad ha demostrado que la operación no estaba bien planificada y por tanto fue un error. ¿Habría sido mejor enviar a África al personal que los atendiera con el riesgo de contagiarse también? Con esta cuestión volvemos al nudo del asunto. Se trajo a los misioneros porque no había medios para tratarlos adecuadamente allí y eso se habría evitado si hubiéramos enviado desde el principio los medios que se necesitaban. La respuesta la hemos todo el tiempo delante y estaba en acudir al lugar donde antes nos podían necesitar, es decir, en atender a los misioneros y enviar los medios suficientes allí.

* Y ahora, tal vez te interese leer una opinión distinta: El ébola en Madrid, las limitaciones de la ciencia (Juan Ignacio Pérez)


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