ATRAPADOS EN EL HIELO 08

Cuando Fuchs y Hillary se encontraron en la Antártida

La aventura de Vivian Fuchs y sir Edmund Hillary para cruzar la Antártida cierra nuestra serie sobre exploración polar y los hombres que quedaron "Atrapados en el hielo". 

Las dificultades de las travesía trasantártica
Las dificultades de las travesía trasantártica J.P.

Diciembre de 1949, el geólogo Vivian Fuchs y su compañero Ray Andie llevan ya tres días agazapados en sus sacos de dormir mientras la nieve se amontona rápidamente fuera de la tienda en la Isla de Alejandro I. En el exterior el viento sopla con fuerza y las temperaturas alcanzan los 45 C bajo cero. Han recorrido más de mil millas sin más apoyo que sus trineos tirados por perros y, aunque la meta está cerca, una potente tormenta les ha obligado a refugiarse y esperar.

Los días se hacen eternos y, atrapados sin poder escapar fuera de sus sacos, conversan, debaten y divagan sobre los más variados temas. En un punto de aquellas largas conversaciones les surge una pregunta más retórica que real: ¿qué haría falta para atravesar la Antártida con los recursos de su época?  ¿Sería posible conseguir lo que a Shackleton casi le cuesta la vida?

Los dos exploradores comienzan a montar su propio castillo de cartas… Evidentemente una expedición así requeriría tiempo y mucho dinero, quizá más de 250.000 libras, y desde luego solo podría llevarse a cabo estableciendo bases en ambas partes del continente. A eso habría que sumar barcos, aviones de reconocimiento y vehículos motorizados, posiblemente camiones oruga, capaces de hacer frente a la imposible orografía del continente antártico.

Según reconoce el propio Fuchs, aquel viaje imaginario fue una distracción estupenda ya que aún tardarían seis semanas más en regresar a la base de la isla de Stonington donde, una vez descansaron y repusieron fuerzas, lanzaron aquella idea de cruzar de la Antártida sin que nadie les tomase en serio.

De vuelta a casa, a principios de 1950, Fuchs cablegrafió a James Wordie, el jefe del grupo científico de Shackleton y le explicó su idea. Después de aquello, poco más se pudo hacer y aquel viaje imaginario quedó en el olvido. Pasaron más de tres años cuando una llamada del propio Wordie, que había sido nombrado recientemente presidente de la Real Sociedad Geográfica, le dejó sin habla durante varios minutos:

-Buenos días, profesor Fuchs, ¿sigue usted interesado en cruzar la Antártida?

Barco Theron, utilizado en el primer viaje

Comisiones, subcomisiones y más comisiones se sucedieron durante los siguientes dos años hasta que en enero de 1955 el primer ministro Wiston Churchill accedió a conceder un crédito de 100.000 libras para realizar la empresa. A esa cantidad le siguieron ayudas financieras de Nueva Zelanda, África del Sur, Australia y otros tantos países de la órbita de la Commonwealth.

Además, Nueva Zelanda hizo público el ofrecimiento de encargarse del grupo de exploradores que partiría desde la base Scott en el Mar de Ross. A la cabeza de esta sección de la expedición se encontraba sir Edmund Hillary, el héroe nacional tras haber coronado el Everest apenas dos años antes.

Se habían recaudado 187.000 libras de las 300.000 necesarias para realizar la expedición. El resto se consiguió de mecenazgos privados, empresas y fundaciones. La R.A.F. aportó dos aviones clase Auster, cuatro pilotos experimentados y la instalación principal de la radio. La expedición comenzó a adquirir tanta fama que la propia reina Isabel II se convirtió en patrocinadora honorífica.

La R.A.F. aportó dos aviones clase Auster y cuatro pilotos experimentados

El complejo engranaje de la misión se ponía en marcha y en noviembre de 1955 empezaron a cargar el primero de los dos barcos que necesitaban para llevarla a cabo. Sobre la cubierta del Theron, un navío de bandera canadiense que se dedicaba a la caza de focas en el Polo Sur, se abarrotaban cientos de barriles de combustible, dos aeroplanos, un camión oruga, veinticuatro perros y un sinfín de instrumentos y paquetes con provisiones.

El 14 de diciembre la expedición Trans-Antarctica de la Commonwealth partía desde el muelle de Milwall en el Támesis y ponía rumbo al Mar de Weddell en la Antártida. Esquivando bloques de hielo que se alzaban más de 80 metros sobre la superficie del mar, el Theron se adentraba poco a poco en la banquisa, ayudado por el avión de reconocimiento que le indicaba el rumbo a tomar por las cada vez más escasas aguas libres de hielos.

Edmund Hillary establecería su punto de partida en la base Scott

La expedición se desarrollaría en diferentes fases, tal y como lo había imaginado Fuchs en aquella tienda de campaña seis años antes. En primer lugar se enviaría una avanzadilla de ocho hombres que establecería una base en una punta del continente. Llevaría por nombre Base Shackleton en honor al gran explorador irlandés que décadas atrás había realizado el primer intento de atravesar la Antártida.

Por otro lado, la expedición de apoyo encabezada por sir Edmund Hillary establecería su punto de partida en la base Scott y avanzaría desde el Mar de Ross al encuentro de la expedición principal de Fuchs, que partiría desde el Mar de Weddell.

Mapa-infografía con las travesías de los dos equipos.

La operación se asemejaba a la construcción de un túnel en el que dos equipos comienzan a avanzar desde los extremos opuestos de la montaña hasta encontrarse a mitad de trayecto. Una vez reunidos, ambos equipos volverían por el camino que Hillary había recorrido y en el que habría ido dejando depósitos de abastecimiento, combustible y víveres para el regreso.

Una vez decidida la localización de la base Shackleton comenzaron las tareas de descarga de todo el material a bordo del Theron. El hielo comenzaba a cerrarse rápidamente por lo que el trabajo se intensificó durante varios días. El 6 de febrero de 1956 toda la carga se encontraba ya en tierra firme junto al mar helado.

El capitán Maro y Fuchs sabían que debían partir de inmediato si no querían que el buque se quedara atrapado en los hielos, por lo que al día siguiente el Theron hizo sonar sus bocinas como despedida para los ocho valientes que se quedaban a pasar allí el invierno. Hicieron bien, puesto que a apenas dos millas de allí el mar se había congelado completamente y en unos días más, quizá horas, el hielo hubiera hecho imposible cualquier movimiento.

Vista aérea del Theron descargando material rodeado de hielos que se cierran peligrosamente a su alrededor.

Los detalles narrados en la obra “The Crossing of Antarctica”  sobre las peripecias que estos ocho adelantados tuvieron que sufrir durante aquel invierno de 1956 son francamente inesperados. Su labor consistía en trasladar las más de 300 toneladas de material que el Theron había dejado al borde del mar hasta el lugar donde posteriormente levantarían la base Shackleton, a unos cuatro kilómetros de distancia. Como hemos visto en los capítulos previos de esta serie de “Atrapados en el hielo” pocas veces los planes salen tal y como se habían proyectado.

Ocho hombres quedan en la orilla.

Su intención era utilizar la gran caja de embalaje del Sno-cat como improvisada tienda de campaña para los primeros días, sin sospechar que esas cajas de madera se convertirían en su único refugio durante todo el invierno antártico.

Conforme avanzaba febrero las temperaturas seguían descendiendo y el trabajo se iniciaba por la mañana a unos 45 grados bajo cero. Los tractores se averiaban un día sí y al otro también ante la desesperación de aquellos hombres que veían cómo el tiempo empeoraba sin que pudiesen trasladar más de 15 toneladas diarias.

Con los primeros días de marzo llegó la ventisca y la tormenta. Un viento cegador y helado lo cubría todo, un “viento implacable que no cesaba, arrastrando un torrente de nieve como una catarata horizontal que rellenaba cualquier rincón y rendija, cubriéndolo todo a su paso y haciendo insoportable la temperatura extrema que acarreaba”.

Se encontraron con todo el material enterrado bajo casi dos metros de nieve…

Aquella insoportable ventisca  se prolongó durante tres semanas más antes de amainar, solo momentáneamente, a finales de marzo. Cuando intentaron retomar las tareas de traslado se encontraron con todo el material enterrado bajo casi dos metros de nieve…

“El 20 de marzo se puso el sol por última vez pero el trabajo siguió adelante a la luz de las lámparas, llevando cada hombre su propia linterna mientras trabajaba... […] Y así, a oscuras, llegó mayo que resultó ser el mes más frío. La temperatura comenzó a bajar de veras; la media era de -36 C lo que significaba que durante muchas mañanas la temperatura alcanzaba más de 50 C bajo cero, acompañadas nuevamente de intensas ventiscas que duraban semanas”

Así pasaron la mayoría del invierno… agazapados en aquel cajón de madera de embalaje, con apenas un puñado de tiendas bamboleadas por el constante viento y con el material que debían trasladar enterrado bajo toneladas de hielo y nieve.

El 7 de julio, y con los trabajos muy retrasados, por fin pudieron inaugurar el barracón construido con las maderas de las cajas, y pasaron la primera noche en él. Algunos días después se instalaron las cocinas, las estufas, se desembalaron las mesas, las sillas, los colchones… poco a poco comenzaron a ver algo de luz y la suerte parecía volver a estar de su parte. El mecánico Roy Homard consiguió poner en marcha uno de los tractores Weasel y desde entonces las tareas de traer el material hasta la base resultaron mucho más llevaderas.

Muchas mañanas la temperatura alcanzaba más de 50 C bajo cero

Se acercaban las fechas en las que Fuchs volvería a la Antártida y los ocho hombres que habían permanecido allí ese invierno respiraban tranquilos al ver que la base Shackleton comenzaba a tener el aspecto que debería.

En diciembre de 1957, el buque Magga Dan arribaba a su encuentro con la expedición de Vivian Fuchs y todo el equipo y material necesario para realizar el esperado cruce de la Antártida. Mientras tanto, y en perfecta sincronización Edmund Hillary y su misión de apoyo se encontraba lista en el otro extremo del continente, en la base Scott.

El Magda Dan, segundo barco de la expedición.

Algo más de tres meses, 100 días para ser exactos, era la estimación de lo que les llevaría realizar la travesía. Ante ellos se extendían 3.500 kilómetros de hielo jamás pisado por el hombre. El amplio despliegue de preparativos tocaba a su fin, era hora de emprender la marcha.

Ante ellos se extendían 3.500 kilómetros de hielo jamás pisado por el hombre.

La fecha elegida para el inicio del viaje transantártico se fijó en el 14 de noviembre pero tuvo que ser pospuesta hasta en dos ocasiones debido al mal tiempo. Finalmente, el 24 de noviembre, la gran caravana de Hillary comenzó a moverse.  Unos días más tarde, el 8 de octubre, Fuchs partía desde la base Shackleton a su encuentro.

Los vuelos de reconocimiento iban preparando el terreno por el que debería discurrir el viaje mientras que a ras de suelo, las dos expediciones peleaban literalmente contra el mal tiempo, el terreno irregular y sobre todo contra las continuas averías y contratiempos en la  maquinaria, los tractores Weasel, Ferguson y los Sno-cat quedaban frecuentemente atrapados entre las enormes grietas que se abrían en un terreno escabroso.

Los problemas con los tractores fueron constantes durante todo el viaje.

Hillary, al mando de la expedición de apoyo, avanzó reconociendo el terreno que serviría de camino de vuelta a Fuchs y dejando depósitos de combustible y material que faciliten la etapa final de la expedición. Su ritmo, a pesar de las constantes paradas para reparar los tractores, era constante y el 30 de diciembre se encontró tan bien posicionado que decidió seguir adelante hacia la ruta de Fuchs.

No estaba previsto, sin embargo el propio Hillary escribió:

“Nos encontrábamos a menos de 200 millas del Polo. Decidimos dar un buen empujón y avanzamos con seguridad a unas tres millas por hora. El 02 de enero nos encontrábamos a algo más de 70 millas del Polo, nos quedaban exactamente 180 galones de combustible para los tres tractores, y no las tenía todas conmigo acerca de los cálculos de la navegación, sin embargo seguimos avanzando”.

Otro tractor atrapado en las profundas grietas.

La improvisada decisión de Hillary de avanzar unas jornadas más hacia el Polo Sur lo iba a convertir en el tercer ser humano de la Historia en alcanzar los 90ºS. Y así fue como, el 4 de enero de 1958, cuarenta y cuatro años después de la mítica carrera entre Amundsen y Scott, la expedición de Edmund Hillary se convertía en la tercera expedición en conseguirlo.

El equipo de Fuchs aún tardaría algunos días más pero logró reunirse con los de Hillary el 19 de enero. Dos días más tarde volverían a la carga para iniciar el trayecto que les llevaría desde el Polo Sur hasta la base Scott a unas 1250 millas de distancia.

Solo tendrían que seguir el rastro de miguitas que Hillary se había encargado de dejar a su paso

A partir de aquí el viaje sería mucho más fácil puesto que tan solo tendrían que seguir el rastro de miguitas que Hillary se había encargado de dejar a su paso. El equipo de apoyo había señalizado y anotado la ruta más aconsejable,  había dejado varios depósitos con combustible y provisiones… El trabajo ya estaba hecho y Hillary se subió a un avión y regresó a la base Scott con la satisfacción de haber dejado allanado todo el camino de vuelta a Fuchs.

Aquella idea casi platónica, iniciada por el aburrimiento de estar atrapado en una tormenta dentro de una tienda de campaña, se había hecho realidad. El 2 de marzo de 1958 la expedición de Fuchs y Hillary conseguía el sueño de Shackleton de atravesar el continente antártico.

Fuchs y Hillary durante una conferencia en Wellington después de su hazaña.

* Esta entrada pertenece a la serie Atrapados en el hielo, escrita por Javier Peláez, divulgador científico y colaborador de Next. Puedes seguir sus trabajos en La Aldea Irreductible.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba