ANTÁRTIDA

A la caza de invasores en el fin del mundo

Investigadores españoles erradican una gramínea invasora frente a una base argentina en la Antártida. La planta, que llegó hasta aquí por accidente en los años 50, había crecido varios centímetros y amenazaba los ecosistemas locales. Controlar la proliferación de estas especies no autóctonas es una prioridad del programa antártico.

Javier Benayas, Luis Pertierra y Andrea Capurro durante los trabajos de erradicación
Javier Benayas, Luis Pertierra y Andrea Capurro durante los trabajos de erradicación J. Benayas

Es un día soleado y apenas sopla el viento en caleta Cierva. A unos 800 metros de la base argentina Primavera, junto al acantilado, se recorta la silueta de tres personas que trabajan agachadas sobre el terreno. A su espalda se divisan también los centenares de icebergs que pueblan esta bahía y que convierten la llegada en zodiak hasta esta base en una pequeña odisea. ¿Qué están haciendo esos tipos en este rincón tan apartado del mundo?

La planta se había extendido en un metro cuadrado y alcanzaba varios centímetros.

Estamos en el verano antártico y el equipo de Javier Benayas ha viajado hasta aquí con una misión muy especial: acabar con un invasor. No se trata de un esquivo alienígena como en el clásico de John Carpenter, sino una pequeña planta gramínea conocida como pasto hierba de Kentucky (Poa pratensis) que se instaló en este lugar por accidente hace más de 60 años. Pero su presencia no es inofensiva. Como ocurre en otros casos, si la planta se extendiera por esta y otras zonas de la Antártida podría alterar sus delicados ecosistemas de forma irreversible. Lo mejor es cortar por lo sano.

Javier Benayas, durante los trabajos de erradiación

"Somos científicos, pero para nuestra misión llevábamos herramientas de jardinero", relata Benayas a Next. La operación se llevó a cabo hace unas semanas, en los primeros días de enero de 2015, como parte de la Campaña Antártica Española y en colaboración con científicos ingleses y argentinos. Las actividades duraron tres días y siguieron un estricto protocolo para evitar un mal mayor. Para empezar, remover la planta podía provocar que se propagaran semillas o propágulos por el aire a nuevas zonas. "Afortunadamente tuvimos buen tiempo", explica el investigador de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), "y nos bastó con colocar varias lonas alrededor para evitar la dispersión".

Tras erradicar la planta pasaron un soplete por cada centímetro de suelo.

En todos estos años, la planta se había extendido en un poco más de un metro cuadrado y alcanzaba una altura de varios centímetros. Para acabar con ella, los científicos quitaron las espigas del año anterior y tomaron muestras para analizar con detalle. A continuación arrancaron los cepellones con los rizomas y almacenaron hasta 700 kilos de tierra y restos vegetales para sacarlos del lugar en helicóptero sin peligro de contaminar nada. "La ventaja que tuvimos es que había una piedra grande a unos 20-25 cm bajo la planta", explica Benayas. "Aún así, como las raíces estaban metidas en las grietas de la roca, nos quisimos asegurar y pasamos el soplete por cada centímetro de suelo para matar todo lo que hubiera quedado con vida". Entre los daños colaterales, el nido que una golondrina de mar había instalado entre las hierbas.

Los rizomas eliminados junto a la tierra bajo la planta

La historia de esta invasión se remonta a los años 50 del pasado siglo en la base argentina. Entonces se intentó introducir en este lugar una especie de árbol - un haya austral que murió al poco tiempo por las condiciones climáticas extremas- cuando aún no se tenía conciencia del problema de las especies invasoras. Y en el cepellón de aquella decena de árboles venían las semillas de la gramínea. El propio Benayas fue el que descubrió hace tres años que la planta se había extendido por la isla y elaboró el informe que animó a las autoridades a aprobar su erradicación. "Lo encontré de pura casualidad", relata, "porque no teníamos referencia de dónde se habían plantado las hayas. Y aunque estuvimos mirando en sitios que estaban muy alejados de la base, nunca pensamos que lo iban a plantar en el borde del acantilado. Pensábamos que estaría más protegido, pero fue en este lugar donde la gramínea germinó, un sitio espectacular".

Luis Pertierra durante los trabajos de erradicación

La principal preocupación ahora mismo en la Antártida son estas especies invasoras, explica Antonio Quesada, profesor de  biología en la UAM y gestor del programa español de investigaciones polares. "Los humanos estamos introduciendo de forma involuntaria algunas especies y están desplazando a las especies autóctonas", asegura. El mejor ejemplo es otra variedad de poa (Poa annua) que se introdujo de forma accidental en la isla Rey Jorge, donde se ha hecho fuerte. "Lo está desplazando a todo, está cambiando totalmente el ecosistema", asevera el científico. Tras la misión exitosa de Benayas y su equipo, esta segunda variedad de poa es la mayor amenaza vegetal en la Antártida. "Esta otra especie va a ser muy difícil de erradicar", indica Benayas, "porque a diferencia de nuestro caso, no se ha actuado con celeridad. Nosotros hemos tomado una decisión antes de que se produjera el problema. Y es la primera erradicación completa llevada a cabo con una colaboración entre tres países, un ejemplo de la cooperación internacional”, destaca.

En isla Decepción hemos detectado cinco o seis especies de colémbolos invasores".

Aún así, conviene ser prudentes y esperar a ver cómo evoluciona el entorno de la base Primavera. Los científicos harán un seguimiento para comprobar que la gramínea no se reproduce de nuevo a partir de alguno de los restos. Por suerte, las semillas no soportan bien las bajas temperaturas, aunque eso podría durar poco por culpa del cambio climático. Lo que más preocupa a Benayas, sin embargo, es la presencia de unos pequeños artrópodos llamados colémbolos. "Son como esas pulguitas que ves saltar en la playa", explica. "En isla Decepción hemos detectado cinco o seis especies de colémbolos invasores". Su intención es analizar las muestras tomadas en la base Primavera, que llegarán en el buque Hespérides a principios de mayo, para comprobar si se produjo una invasión asociada de estos bichitos junto a las gramíneas que venían en los cepellones.

Vigilancia en la isla Decepción

La actuación de los científicos españoles se encuadra dentro del proyecto ALIENANT, coordinado por la Universidad Rey Juan Carlos, que pretende analizar los posibles riesgos de introducción de especies invasoras, teniendo en cuenta los efectos del cambio climático y los impactos locales asociados al creciente movimiento de científicos y turistas en el territorio. La situación es especialmente delicada en Isla Decepción, donde tenemos una de las bases españolas. "España está intentando no ser uno de los vectores de estas especies", asegura el gestor del programa antártico español. "Nos preocupa enormemente porque es una de las zonas de la tierra donde el cambio climático es más fuerte. Las especies arraigan más fácilmente y podría darse la tormenta perfecta".

Aspecto del terreno tras la finalización de los trabajos de erradicación

“Lo más peligroso por ejemplo son las bolsas de las cámaras de fotos”

La preocupación por estas especies invasoras, recuerda Quesada, comenzó en la década de los 90, cuando en las islas subantárticas- bajo soberanía de diferentes países-, se empezaron a ver las consecuencias del problema. "En una de las islas Shetland del norte", explica, "se introdujeron sin querer escarabajos acuáticos y han terminado con todo. En las islas Kerguelen se introdujeron salmones en los lagos, donde no había ningún pez. Y ahora no quedan salmones ni nada más". Por eso las autoridades han establecido unos protocolos de profilaxis muy estrictos, que incluyen a turistas, científicos y cualquier persona que pise territorio antártico. "Todo el material lo tienes que lavar, y luego en el barco tienes que lavarte las botas en una bandeja especial que tiene un agente desinfectante que mata todo lo matable", explica Quesada. "Otra medida es llevar todo el material nuevo", añade. "Lo más peligroso por ejemplo son las bolsas de las cámaras de fotos, porque han estado en muchos sitios y han acumulado un montón de propágulos. Los velcros de los zapatos o los pantalones. De hecho, el programa australiano está pensando prohibir el velcro en sus equipos, porque lleva un montón de semillas”.

Contenedores con el material extraído para sacarlo de la zona.

La preocupación internacional por este asunto llevó a poner en marcha el proyecto ALIENS para conocer los principales focos de riesgo. Se investigó a los turistas, los técnicos y los científicos que visitan la Antártida, recalca Quesada. “Y se descubrió que los turistas no eran los que más introducían, éramos los científicos, porque procedíamos de otros lugares antárticos, o de otros lugares árticos, de alta montaña... Éramos nosotros los culpables, los que aumentaban la probabilidad de invasión”. Gracias a estos y otros trabajos, la conciencia colectiva de que hay que proteger este rincón del planeta es cada vez mayor, así como las medidas de seguridad. “Lo que tenemos que plantearnos durante las visitas a la Antártida es que somos unos invitados”, concluye Quesada. “No debemos introducir nada que no sea del lugar, ni traer regalitos. No tenemos ningún derecho a modificar nada de la Antártida por un descuido”.

Imágenes cortesía de Javier Benayas (UAM) | Leer también: Por qué no se puede orinar en la nieve de la Antártida (Next) 


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