Mi pequeño Salottino

Una visión marxiana del contencioso catalán

En la película Sopa de Ganso (L. McCarey, Hermanos Marx, 1933) se aborda un particular conflicto entre dos países imaginarios. Por un lado tenemos a un extraño y arruinado lugar llamado Freedonia - que bien podría ser Catalonia -, presidido por un tal Rufus Firefly (Groucho), que alcanzó la dirigencia del país por la colaboración activa de cierta burguesía, la cual asumía la financiación de sus devaneos a cambio de hacer las veces de sottogoverno. Por otro lado aparece Sylvania (que bien podría ser Hispania porque, entre otras cosas, en la cinta se presenta con una panorámica de Loja, provincia de Granada). Allí, es decir, aquí, impera el desconcierto ante las inquietantes y hostiles declaraciones que llegan desde Freedonia.

La incertidumbre provoca que Sylvania se plantee dar algunos pasos para normalizar las relaciones con la díscola Freedonia. Y para ello intenta ganarse la complicidad de esa burguesía que hizo a Firefly presidente, contando también con los servicios de dos hábiles emisarios (Harpo y Zeppo), a quienes les piden que intenten conocer las verdaderas intenciones del extravagante Firefly. Pero en Freedonia, como consecuencia del caos económico y la progresiva anarquía política provocada por su propio presidente, esto no resulta ni mucho menos tarea sencilla. Firefly no sólo no atiende los consejos de quienes velan por las finanzas y se preocupan por la convivencia pacífica con Sylvania, sino que anda inmerso en su hilarante algarabía, despachando también cargos de manera arbitraria e irresponsable. De hecho, hasta un repartidor de cacahuetes acaba convirtiéndose ni más ni menos que en Secretario de Guerra y recibe la misión de diseñar un ejército.

Foto: La instantánea NO es un error del articulista

Prosigue la trama y los burgueses interceden para que Freedonia y Sylvania intenten llegar a acuerdos y evitar así las amenazas de Firefly, pero sus desavenencias con los representantes de Sylvania hacen finalmente la guerra inevitable. Firefly, consciente de su inferioridad, llega en un momento dado incluso a pedir ayuda y comprensión al resto de las naciones del mundo. No sabemos si llega a llamar a Bruselas o sugiere al entrenador del conocidísimo F.C. Freedonia que se instale en Nueva York para hacer lobby, pero en cualquier caso, para su sorpresa, no será nada de esto lo que haga que Freedonia salga airosa del entuerto y victoriosa en la contienda, sino el trasvase de voluntades incluso entre los supuestamente baluartes de Sylvania, muchos de los cuales acaban siendo persuadidos para unirse a la causa de Freedonia y justificar sus intenciones.

Otrosí digo

En teoría, yo tenía que haber escrito esta semana sobre los argumentos jurídicos que justifican el rechazo a un referéndum tal y como lo vienen planteando los planificadores catalanes en los últimos tiempos, pero créanme, cuando estaba redactando el texto me ha dado una pereza indescriptible. Piensen que estamos debatiendo y poniendo en entredicho el a b c del «Estado de Derecho». Me sentía tan idiota escribiendo y argumentando sobre los principios constitucionales de legalidad y/o soberanía, que al final he optado por refugiarme en Los Hermanos Marx y recordar esa obra de arte cinematográfica. Creo, además, muy sinceramente, que la imagen de Mijail Saakashvili tiene una mayor fuerza explicativa que todo lo que yo pueda contarles y no esté escrito ya, sobre la salud de un pertrecho sistema representativo como el nuestro; que no es precisamente más o menos democrático porque se rechace la celebración de esa consulta popular que pretenden los planificadores catalanes.

Téngase en cuenta, además, que en el actual contexto, ni siquiera una artillería de argumentación jurídica, haciendo ver que un sistema representativo no goza de mejor o peor salud por el hecho de que se celebren cierto tipo de consultas populares, sino porque existen unos elevados estándares de cumplimiento de la Ley y una nítida separación de poderes, servirá para quienes psicopatológicamente han decidido situarse al margen de las reglas más elementales del Rule of Law y están dispuestos a justificar cualquier tipo de tropelía jurídica o institucional. Esto es claramente jugar sucio dentro incluso del propio sistema representativo, pero no olviden nunca que el mal también interactúa en este ámbito y normalmente vence porque precisamente juega sucio; porque el bien es incapaz de hacer lo mismo y porque, en ocasiones, simple y llanamente, como decía E. Burke, no hace nada para evitarlo. 


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