Mi pequeño Salottino

¿Qué fue de la verdad?

En noviembre de 2010, preocupado por lo que estaba sucediendo en nuestro país y, sobre todo, por lo que iba a suceder en los años venideros, envié un artículo al director de este periódico - por entonces se encontraba en otro – sobre la importancia de la verdad con la esperanza de que se publicase. Eran muchas cosas de las que quería tratar en mi texto, pero como no disponía de demasiado espacio, opté entonces por sintetizar mi reflexión partiendo del Marqués de Condorcet y su clásica pregunta: ¿Es conveniente engañar al pueblo?

Como el filósofo, político y científico francés, creía y sigo creyendo que hay que rechazar el recurso a la denominada noble mentira, es decir, el teórico derecho de los gobernantes a mentir al pueblo en bien de éste. Por su carácter despótico y porque en realidad no es una estrategia útil para los hombres. Sigo pensando que la verdad no solamente es el camino hacia la libertad, sino también hacia la justicia. La verdad es transparencia, tal vez la más elemental de las exigencias y garantías de control de que disponemos los ciudadanos respecto de aquellas estructuras en las que hemos depositado nuestra confianza para el gobierno representativo, y de ahí que cuando ésta no se observa o viene ninguneada, las sociedades acaban adentrándose en la incertidumbre, afrontando también consecuencias impredecibles e incluso un deterioro de las libertades individuales y el bienestar común.

Para dar cauce a mis sensaciones, en aquel artículo manifestaba que llevaba bastante tiempo sospechando que quienes nos gobiernan, en todos los sectores y niveles, faltan constantemente a la verdad, y cada vez parece más claro que persisten en este comportamiento con independencia incluso de las adversidades; bien porque les interesa a ellos, bien porque creen, ingenuamente, que así pueden tutelar mejor los intereses de todos. Por entonces, y así lo relaté, estaba convencido de que sólo los pequeños y medianos empresarios y comerciantes, aquellos que estaban pasando lo indecible y ya no ocultaban su desesperación, eran quienes sabían la verdad y no huían de ella, sino que la afrontaban como mejor podían. Era un comportamiento que no se reproducía en absoluto en las múltiples y variadas esferas de poder político-administrativo de nuestro país, sino todo lo contrario.

Así, por entonces era evidente que los legisladores y los organismos reguladores no nos decían la verdad a los ciudadanos ni trabajaban para aclararla; también que el sistema financiero, globalmente considerado, desde los más insignes y conocidos perfiles y marcas, a los más desconocidos, tampoco decían la verdad y mentían sin pudor alguno. Ahora ya es sabido por todos, pero entonces éramos pocos quienes intuíamos que su endeudamiento era tan calamitoso, que no se podían permitir reconocer abiertamente el desastre. Todo indicaba que aguantarían hasta reventar o lo que hiciera falta. Igualmente, los medios de comunicación no decían la verdad porque, o no tenían idea de lo que estaba pasando, o simplemente se habían alineado a sus respectivas conveniencias, mientras que muchos académicos, universitarios e insignes personalidades de diferentes ámbitos, nada útil afirmaban porque en realidad poco o nada parecía que tenían que decir. Lo cierto es que parecía que no se habían enterado de nada. Unos, gozosos en sus ambiciones personales, otros, centrados en iniciativas político-territoriales cuyos beneficios estaban por verse y en este punto ahora estamos;  otros, en fin, ideologizando desde las tribunas de los periódicos o desde incipientes programas televisivos que apuntaban a la conformación de un insufrible circo. Todos, más al servicio de sus amos, de todo signo y color, que al de la verdad y el conocimiento. Hoy se puede decir que, efectivamente, no se habían enterado de nada y posiblemente, habida cuenta las perlas que siguen soltando en público y en privado, siguen sin comprender absolutamente nada.

En mi texto también denuncié que las élites burguesas de nuestro país, con independencia de su ubicación geográfica, nada decían sobre la verdad o puede que no se atrevieran a admitirla públicamente. Quiero comprenderles, porque entre otras cosas, en ello les iba su propio patrimonio. Y algo parecido sucedía con los grandes industriales nacionales, que tampoco decían la verdad porque, en muchos casos, su propia supervivencia y viabilidad dependía del sistema financiero y de las prebendas que la res-publica pudiera eventualmente procurarles, así que tocaba aguantar como fuera y esperar a que escampara. El drama del endeudamiento y la iliquidez del mercado inmobiliario era de tal magnitud, que se imponía el silencio.

Seguir sacrificando la verdad

Concluía, y concluyo hoy, que vivíamos y seguimos viviendo una situación muy preocupante donde, por encima de todo, quienes gobiernan no tienen empacho cotidiano en sacrificar la verdad y no está claro que sea una buena estrategia. Explicar las cosas, reconocer la verdad y actuar en consecuencia, es un requisito inexcusable para reconducir el delirio colectivo, la euforia nociva en que hemos vivido la última década,  intentar que la penitencia sea lo menos dolorosa posible y, sobre todo, neutralizar enemigos más cualificados.

Es posible que instalarse en la mentira sea inevitable e incluso humano, pero no por ello, como se puede ver, deja de ser un comportamiento erróneo. Y lo es, porque como advertimos en su día, podrían asociarse todos los poderes, todos los grupos mediáticos y de presión, para seguir disfrazando la verdad, para intentar evitar eclosiones sociales y el surgimiento de agitadores serios, pero todo terminaría siendo en vano porque la verdad sigue su curso y acaba imponiéndose; porque todo esfuerzo tendente a disfrazarla suele tener escaso resultado y con toda probabilidad no hace más que causar perjuicios a los intereses de la mayoría de los ciudadanos.

Han pasado casi cuatro años desde que escribí aquellas líneas y poco o nada en verdad ha cambiado. La mentira sigue siendo una idea mucho más cautivadora que la verdad a todos los niveles, y muy especialmente, entre quienes han tenido y tienen actualmente la responsabilidad de gobierno, pero también, lamentablemente, entre la mayoría de aspirantes a sustituirlos. Algunos de ellos puede decirse que son, si cabe, mucho más entusiastas de la mentira que sus predecesores, por lo que no cabe presagiar nada bueno. Nada bueno.


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