Mi pequeño Salottino

El último mohicano

Uno de mis maestros del colegio en Salobreña, don Juan Guarnido Ariza, me regaló el libro de James Fenimore Coopercuando tenía diez años por haber solventado el curso con buenas calificaciones. Aquellos eran tiempos en los que, aun estando las aulas repletas de estudiantes, las metodologías y sistemas de estimulación de aprendizaje eran sorprendentemente eficaces. No existían tecnologías y tampoco pedagogía de esa moderna. Todo era simple, sencillo y giraba exclusivamente sobre el esfuerzo y el sacrificio que tanto estimulaba a muchos críos de una sociedad ávida de prosperidad.

El verano de 1987 lo dediqué a la obra obsequiada con tanto cariño y gracias a ella, a pesar de mi temprana edad, pude adentrarme en las luchas entre británicos y franceses por el control de Norteamérica. Es cierto que sólo posteriormente tomaría conciencia de la trascendencia histórica de los acontecimientos allí referidos y que yo leía en clave de aventuras; pero aquél libro, digamos que me cambió la vida. Y lo hizo porque luego vendría «La venganza de Winnetou» de May Karl, y seguidamente el enamoramiento de las obras de Mark Twain.

En cualquier caso, lo destacable es que «El último mohicano» no es ni mucho menos una obra menor y contiene enseñanzas muy interesantes de las cuales algunos deberían tomar buena nota porque muchas son de gran actualidad. Por esto mismo creo que hay que tener especial cuidado con el tono con el cual se usa la expresión, porque puede llevar a confusión y dejar en muy mal lugar a su emisor.

Fenimore Cooper describe maravillosamente un contexto histórico y escribe sobre luchas, rencillas, amores cruzados, asedios, estrategias, intereses y la supervivencia misma. Además, la obra hace reflexionar sobre la imperfección de las virtudes humanas y lo fácil que resulta que los mejores sentimientos, la política, el honor, e incluso el valor, sucumban bajo lainfluencia de los falsos cálculos de interés personal. Debiéndose recordar igualmente, que cuando impera el desorden y la confusión, afloran escombros humeantes tras la carnicería, cadáveres insepultos que lamentablemente sirven de pasto para las fieras y aves de rapiña.

La expresión «el último mohicano» debe consecuentemente utilizarse de un modo más correcto. Porque en definitiva se trata del último guerrero de una sabia estirpe en un contexto muy particular como se ha mencionado. De otro modo, como sucedía también en la fabulosa cinta de Rob Reiner(basada en la novela de William Goldman): «La princesa prometida» (1987), se puede hacer el ridículo al utilizar una expresión queriendo decir algo totalmente diferente. Es el caso del pasaje inolvidable de Iñigo Montoya con Vizzini y su «inconcebible». Este recuerdo, con toda seguridad, despertará una cálida sonrisa a todos aquellos que conozcan el momento cinematográfico al cual me refiero.

Twitter: @JJGAlonso


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