Mi pequeño Salottino

De suicidios y estafas

Uno de los temas más llamativos de la obra de J.K. Galbraith sobre el Crac del 29 y la subsiguiente Gran Depresión, creo que es su análisis sobre el número de suicidios que, en teoría, se desataron en Estados Unidos tras el crac de la Bolsa. A su juicio, curiosamente, los suicidios masivos forman parte de la leyenda de 1929 porque en realidad, dice, no hubo ninguno.

Es cierto, no obstante, que acto seguido matiza esa afirmación y explica que con anterioridad a 1929 la tasa de suicidios venía aumentando gradualmente y se intensificó durante los años 1930, 1931 y 1932 (El crac del 29, Edit. Ariel Sociedad Económica, págs 151 y ss.). Según los datos que estudió, los suicidios que tuvieron lugar en aquellos fatídicos meses de octubre y noviembre de 1929, en realidad fueron bajos si se comparan con otros periodos, pero en los meses del verano siguiente aumentaron. De ahí que sea obligatorio preguntarse cómo pudo prosperar de tal manera el mito del gran número de suicidios en el mundo financiero por la crisis y que haya emergido como indiscutible recuerdo en la memoria colectiva incluso habiendo pasado ya tanto tiempo.

En sus estudios, Galbraith declara que siempre ha existido una tendencia natural a suponer a los especuladores y financieros frustrados una mayor propensión al suicidio, como sucede con los alcohólicos, y también que resulta relativamente fácil que ante una autoeliminación, la opinión exclame y concluya aquello de que «le pilló la crisis al pobre hombre»; pero la tasa de suicidios, según sus estimaciones, aumentó vertiginosamente en los últimos años de la Gran Depresión, mientras que la prensa y la opinión pública no dudaba en concluir que ciertas personas, al suicidarse, estaban reaccionado de forma apropiada a la desgracia. Ni que decir tiene que nos referimos a personas implicadas de un modo u otro en la delirante especulación, en los excesos financieros que caracterizaron al periodo previo de exuberancia y también en la ruina de miles de familias.

En cualquier caso, creo que siempre es interesante tener en cuenta este tema porque suele pasar bastante inadvertido y pocos se preocupan en realidad por el mismo, que personalmente creo que tiene una importancia incluso cultural muy considerable. A este respecto, el propio Galbraith se ocupa de relatarnos varios supuestos estupendos, como el de Riordan,una figura muy conocida en su época en Nueva York, con grandes lazos políticos en la ciudad y tesorero del principal partido de la época. El 8 de noviembre de 1929, consciente y constatadas sus estrepitosas pérdidas, optó por pegarse un tiro después en su casa después de haber acudido a su despacho bancario. Llama la atención que para evitar el impacto que dicho suicidio pudiera tener en la cotización de la County Trust Company y también en sus depósitos, el fallecimiento no solamente se ocultó hasta varios días después, sino que al final todo su entorno, ante la sospecha de los problemas financieros y bursátiles de Riordan, negaba categóricamente que hubiera jugado ahorros propios o ajenos en el mercado y que hubiera incurrido en operaciones de riesgo. Obviamente, unos años después se supo que estaba endeudado hasta las cejas por operaciones especulativas, aunque la comisión de investigación nunca pudo aclarar que sus fondos en el banco aparecían intactos.

Otra celebridad que terminó pegándose un tiro fue el ingeniero y financiero de origen sueco, Ivar Kreuger, cuya biografía merece realmente la pena leer y conocer,pero a diferencia de otros muchos estadounidenses de su nivel y condición, optó por suicidarse en su piso de París, pero como lo hizoseis horas antes de que cerrara la Bolsa de Nueva York, alguien tuvo que pedir – e imaginamos que satisfacer - a la policía francesa que retrasaran la notificación del suceso hasta el cierre de Wall Street,. La decisión no hizo sino aumentar la especulación con las acciones de la Kreuger & Toll Company por parte de quienes sí se habían enterado del suicidio, que obviamente hicieron una fortuna en muy poco tiempo al poder operar a corto.

En cualquier caso, lo importante de este tema de estudio que nos proponía Galbraith, tal vez sea destacar que los efectos de un crac económico, financiero y bursátil, parece ser que tienen siempre más incidencia en el número de estafas que en el número de suicidios, y tal vez no debería ser así, o al menos no debería darse una disfunción tan grande respecto a las cifras que se conocen.

Asimismo, la enseñanza que nos regala Galbraith, como bien sabe cualquier persona curtida en estos menesteres, creo que es bien clara. Antes, después e incluso durante un cataclismo financiero, pueden sucederse numerosas estafas, siendo el estafador muy consciente de su ventaja. De hecho, pueden pasar semanas, meses e incluso años, entre la perpetración de una o varias estafas y el descubrimiento o aclaración de la misma. Cuando ésta llega, si es que llega, el estafador, que puede ser incluso el propio Estado, ya tiene su ganancia y el estafado puede que ni siquiera sienta ya la pérdida. Es posible también que el estafado ni siquiera exista ya, bien porque haya fallecido, bien porque se haya optado por autoeliminarse.

Consecuentemente, debe tenerse en cuenta y no olvidarse nunca, que en los buenos tiempos, como nos ilustra también el pensador norteamericano, el público vive relajado y confiado porque el dinero es abundante y nadie se preocupa demasiado por su procedencia. En estas circunstancias, el número de estafas y engaños siempre aumenta exponencialmente, mientras que en tiempos de depresión, como ha sucedido toda la vida, los fenómenos se suceden precisamente a la inversa. Se vigila el dinero propio y también el ajeno, el recelo y la sospecha impera y la cartera de estafas se desinfla porque el dinero simple y llanamente desaparece. Tal vez sea precisamente por esto último por lo que era tan importante controlar bien los tiempos y las acciones nada más explotar la crisis a mediados-finales de 2008.


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