Mi pequeño Salottino

El sentimiento de lo (in)justo

Hace poco era frecuente sentirse rodeado de gente que en muchos casos no habían hecho gran cosa en la vida y sin embargo disfrutaban de un estatus y comodidades formidables. El fenómeno afectaba a casi toda la sociedad porque la euforia se había instalado en nuestras sociedades de una u otra manera y la sensación de bienestar era generalizada. Ejemplos ya saben que hay muchos y escenas explicativas seguro que hay en la retina de todos.

Personalmente me gusta recurrir a una imagen recogida por Gabriele Muccino en su película «En busca de la felicidad» para delimitar el mensaje. Justo cuando el protagonista se detiene en la salida de las oficinas del banco de inversión Morgan Stanley y se pregunta a sí mismo por la felicidad de toda aquella gente que salía a la hora del almuerzo. El momento recoge muy bien ese estado placentero, de euforia y también de pretendida felicidad, recordando con voz en off que los padres fundadores elevaron esa búsqueda de la felicidad a la categoría de derecho inalienable en la Declaración de Independencia.

Pero la realidad dista casi siempre mucho de los planteamientos teóricos y las sensaciones que experimentamos ante acontecimientos, actitudes e incluso sospechas e intuiciones de diversa naturaleza, no dejan de tener su interés y utilidad. Sobre todo si lo hacemos en términos de «justicia o injusticia». Ese criterio que de alguna manera tenemos todos preconcebido y que nos sirve también para posicionarnos de un modo u otro en la sociedad. Por eso el cambio y/o tránsito de los estados de emoción colectivos o individuales en relación a la idea de justicia sirve también como instrumento analítico. Seguramente uno de los criterios más nobles para interpretar lo que vemos, también lo que hacemos e incluso lo que en muchas ocasiones creemos merecer.

En este sentido, esa euforia y aparente estado de felicidad colectiva que vivimos representaba un fenómeno impactante y curioso en términos de «justicia». Aquél alarde de poderío económico y cierta bravuconería que se dejaba ver por los lugares más insospechados e insólitos del mundo, era digno de especial reflexión desde esta perspectiva. Uno encontraba los rostros de la felicidad de los chicos de Morgan Stanley por todos lados. En los sitios más cool de nuestras grandes ciudades, también en recónditos hoteles de América e incluso en los restaurantes más caros de Centroeuropa. 

Algunos pensaron que aquello sería definitivo y otros, los menos, que no era más que una distorsión que se expandía sin que nada pareciera estar en condiciones de evitarlo, ni siquiera explicarlo. En los restaurantes, comercios, palcos deportivos, supermercados e incluso en las iglesias, uno siempre encontraba algún signo más que desconcertante. Aquella nueva clase parecía reproducirse con desenfreno, pero existía también otra gente con talento, que se había esforzado durante mucho tiempo en su vida y no era del todo partícipe de la orgía que algunos confundían con «progreso», «desarrollo» y otros enigmas de la exuberancia irracional del dinero.

Ante el desconcertante panorama, la idea de lo justo e injusto resulta bastante seductora. Porque muchas de las situaciones referidas no eran imputables a un gran talento o largo sacrificio. Además de sospechosamente artificiales, eran, digamos, básicamente injustas si las considerábamos global y comparativamente. Pero se trataba de una particular forma de injusticia. Seguramente tan generalizada, confusa y difusa, que en realidad provocaba su aceptación sin paliativos. Ponerlo en duda no le hacía a uno más que acreedor de descalificativos.

El nuevo contexto

El escenario ahora es otro como bien sabemos. Quienes de momento siguen al margen de la violenta corrección que padecemos es lógico que cuando se levanten para ponerse trabajar, conscientes de que a final de mes llegará una retribución que les permite vivir razonablemente bien, experimenten una extraña sensación relacionada con la situación de penuria tan generalizada hoy en nuestro país y la incertidumbre creada. Llamará la atención a algunos que fuese el propio Adam Smith quien advirtiera de este extremo, sosteniendo que era natural en los hombres preguntarse y preocuparse por la situación de sus semejantes. Y en esto se está precisamente. En la pregunta sobre lo justo y lo injusto, merecido o inmerecido, sólo que ahora el sentimiento es el contrario. Ahora nos preguntamos sobre el estatusque de momento disfrutamos algunos comparativamente con quienes están en dificultades.

Cuando conoces de primera mano el drama del desempleo, ves tanta gente esperando a las afueras de los supermercados o acudiendo a comedores para conseguir alimentos básicos; cuando alguno de tus amigos, de esos que entraron en el juego del delirio inmobiliario, cuenta sus penurias y dificultades, o cuando algún conocido se ve abocado a cerrar su negocio, no podemos sino preguntarnos y experimentar un desconcierto y gran desazón. Aflora un sentimiento de injusticia difícil de explicar.  

El primer escenario descrito era a todas luces un dislate en esa particular ecuación sacrificio-mérito-recompensa. Una vez pinchado el globo, todos sabemos que en realidad se desvanecería con facilidad y seguramente a gran velocidad, además de manera desordenada como advertía Galbraith. En cambio, el panorama actual es y será mucho más difícil de recomponer. Ahora, desde este nuevo sentimiento de injusticia, me pregunto cómo discurrirá la corrección, cómo llegaremos a un equilibrio razonable. Me pregunto también cómo se podrá reconstruir este puzzle completamente deshecho y si sabremos hacerlo bajo el paraguas del criterio de «justicia». Ese noble término sobre el que por desgracia difícilmente sabemos ponernos de acuerdo.


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