Mi pequeño Salottino

La ruta del dinero y las residencias

Los movimientos de capital, el trasiego transfronterizo de fondos y la problemática fiscal aparejada a ello, representa un tema clásico y ya muy manido; pero hay que reconocer que constituye una cuestión de debate que se torna prioritaria cuando los Estados se ven necesitados de recursos ante un desastre económico que ellos mismos han causado - o permitido -, para, a continuación, desplegar toda su inquina recaudatoria contra la sociedad a la que han llevado al abismo.

En estas últimas semanas el actor y también director de cine, Gèrard Depardieu, como ya sabemos, ha centrado la atención por la controvertida renuncia a su patria, a su nación. Su movimiento, inspirado por motivos tributarios, ha levantado, casi por igual, ira y admiración; repartidas ambas entre inconscientes y conscientes. Pero lo más importante de este pasaje seguramente sea que no se trata, ni mucho menos, de un caso excepcional. Tal vez, eso sí, nuestro amigo haya sido el único que ha tenido los arrestos suficientes de afrontar abiertamente la cuestión del saqueo indiscriminado vía impuestos y enfrentarse sin tapujos a ese genio que es Francois Hollande y su gente.

Las referencias del Financial Times

En este sentido, el FTadvertía hace unos días que muchos empresarios seguían a Depardieu fuera de Francia. Como Jean-Gil Boitouzet, el fundador de un broker online, que ha decidido trasladarse a Bruselas antes del 1 de enero próximo, justo cuando entra en vigor la reforma fiscal de Hollande. Una reforma que, recordemos, incluye la posibilidad de tributar al 75% marginal en «income tax» para determinadas rentas y que incluso sujeta las nuevas iniciativas empresariales en algunos casos al 60%  por la partida de «capital gains». El señor Boitouzet, como muchos otros, no solamente huye por motivos tributarios, que también, sino porque empieza a comprobar esa «anti-business culture» que se despliega en el país con el increíble apoyo y auspicio de la clase gobernante. En palabras del empresario gabacho: «It is like boiling the frog. But I am jumping out of the water before it boils». Una situación que, dicho sea de paso, llevamos mucho tiempo advirtiendo desde este pequeño y humilde salottino de vozpopuli en varias de nuestras contribuciones.

No queda aquí la cosa, recuerda el FT que Bernard Arnault, el hombre más rico de Francia, ya solicitó la nacionalidad belga, creando así un gran problema entre los países vecinos por Lille o Dunkerke; mientras que Alain Afflelou, hace escasamente unos días, anunciaba que se trasladaba a Londres, aunque admitía seguir pagando impuestos en Francia. Veremos por cuánto tiempo. Y todo ello, sin olvidar que estos casos son los que trascienden por tratarse de fortunas ampliamente reconocidas, pero el goteo de otras fortunas menos notorias, según informa el rotativo y también he podido saber personalmente por algunos financieros de esos países pequeñitos de Centroeuropa, es constante desde hace tiempo.

Así las cosas, los movimientos de personas y capitales siguen muy agitados en los últimos años por los motivos que todos sabemos. Bélgica, Gran Bretaña, Holanda, Irlanda, Luxemburgo o Suiza (también otras latitudes fuera del área continental) son ya más destino económico que nunca antes a pesar de los esfuerzos de algunos gobiernos. Lo cual nos demuestra el acierto de los gestores públicos en estas cuestiones. A ellos hemos de reconocerle, eso sí, su éxito en el corralito no declarado sobre las anheladas clases medias, jaleadas al mismo tiempo que saqueadas, persuadidas para que clamen contra los Astérix y Obélix de turno, por insolidarios, especuladores, injustos y antipatriotas.

Nada de esto es nuevo tampoco

En diferentes círculos por todos conocidos, es constante el despliegue de un particular argumentario que clama contra al capital y los adinerados como mecanismo para salvar el Welfare State. Honoré de Balzac, a quien nunca nos cansaremos de citar, resumiría esta situación en su célebre frase: «Lo que otro tiene en el bolsillo, estaría mucho mejor en el mío». Principio de toda moral contemporánea, fuente de inspiración de argumentarios ideológicos que nunca terminan de aplicarse a sí mismo quienes los pregonan; porque claro, al final, el posicionamiento de unos y otros siempre depende, qué casualidad, de su propia posición.

Por este último motivo, creo que interesa recordar algunos otros episodios y personajes que el supuesto de análisis de hoy nos trae a la memoria. La lista sería interminable, pero podemos citar al propio Voltaire, a quien nadie mínimamente cuerdo podrá negarle su importancia en la conformación de nuestro modelo de convivencia. Pero él era también de los que cuidaba mucho de sus finanzas y no dudaba tampoco en sacar provecho de los movimientos gubernamentales, llegando a convertirse incluso en un importante contrabandista de moneda en los tiempos de Federico El Grande. El insigne parisino amasó su fortuna, en gran medida, comprando en Dresde ingentes cantidades de billetes emitidos por el Banco de Sajonia (fundado para financiar la guerra) que dejarían de tener su valor una vez finalizada la contienda, para introducirlos de modo clandestino en Prusia, sabedor de la decisión de retirarlos al cambio del 100% de su valor en táleros de plata. Un comportamiento muy similar al que han hecho toda la vida los alemanes, franceses o belgas tanto en Suiza, Liechtenstein o Luxemburgo. Por no hablar de los spalloni italianos, a quienes ya hemos tenido ocasión de de referirnos también aquí mismo y que representan, tal vez, la versión más cutre pero esencial de este comportamiento humano.

Estas maniobras han sido siempre criticadas por quienes se autoproclaman gente honrada, social y defensora del interés general en detrimento de la ambición individual. Suelen ser los mismos que, por lo general, simpatizan con Keynes, el más importante e influyente economista del siglo XX. Ese señor sobre el que su propio gobierno llegó a inscribir bajo su retrato: «Lord John Maynard Keynes, que logró crear una fortuna sin trabajar». Porque, efectivamente, el insigne economista no trabajó en su vida, dedicándose en muchos momentos, qué casualidad, a la ferviente especulación, haciendo también uso indiscriminado de la importante información que conseguía en los círculos gubernamentales que frecuentaba para poner a buen recaudo sus caudales.

Los ejemplos que podríamos enumerar en esta línea son abundantes como se ha apuntado y se suceden a lo largo de toda nuestra historia en todas las latitudes. Es por esto por lo que tal vez deberíamos entender que Depardieu en realidad no está cometiendo nada especialmente censurable, sino al contrario, su comportamiento nos ayuda  a comprender, una vez más, la situación económica, política y social en la que nos encontramos.


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