Mi pequeño Salottino

Por un poema

El escritor y traductor de origen lituano, Tomas Venclova,cuenta en su obra Aleksander Wat: Life and Art of an Iconoclast (Edit. Yale University Press, 1996), que a finales de los cincuenta se encontró casualmente con un poema de este autor tituladoEvening–morning-nightmientras ojeaba una revista literariaen una librería polaca de Vilnius. Venclova no tenía entonces referencia alguna de Aleksander Wat ni sabía prácticamente nada de él, pero, según apunta, inmediatamente comprendió que estaba ante un personaje de gran interés y profundidad, cuyo estilo literario denotaba también gran calidad. Por ello empezó a seguirle, a saber de él y conocer también sus trabajos.

Hoy es aceptado que Aleksander Wat fue, en muchos sentidos, el prototipo de intelectual centroeuropeo de mediados de siglo XX. Un hombre que evolucionó y maduró bajo la influencia de los tumultuosos acontecimientos y movimientos políticos que le tocaron vivir, que se desengañó a tiempo de determinadas posturas ideológicas, reaccionando con firmeza ante la brutalidad del totalitarismo junto a otros escritores y pensadores, como Zbigniew Herbert o la poetisa Wislawa Szymborska, quienes en circunstancias muy adversas se atrevían a clamar por la dignidad humana y también los derechos individuales, conscientes de que la ideología y la defensa de determinadas causas que en un momento determinado pueden parecernos hasta legítimas, también pueden llevarnos a defender el fanatismo o incluso convertirnos en activos agitadores del caos.

Gracias a la obra Mi siglo. Confesiones de un intelectual europe, (Edit. Acantilado, Barcelona 2009), que está basada en una serie de entrevistas que el Premio Nobel Czeslaw Milosz realizó a Aleksander Wat, hoy sabemos que estamos ante un testigo de excepción de los grandes dramas de la historia europea; desde el fascismo hasta la Gran Guerra, pasando por los campos de concentración estalinistas de Kazakhstan. El documento escrito por el lituano Venclova es extraordinariamente ilustrativo sobre el periplo y, a mi modo de ver, podría sostenerse que a Aleksander Wat sólo le faltó conocer el desenlace de Yugoslavia para tener una visión completa de la barbarie del siglo XX europeo.

El obligado exilio

Como tantos otros compatriotas, se vio forzado a emigrar de Polonia, hastiado de una sociedad que se había convertido en un hábitat asfixiante. Y aunque frecuentó Italia e incluso Estados Unidos, fue en París donde CzeslawMilosz le propuso realizar la serie de entrevistas citadas, dando lugar de este modo a un referente ineludible para toda persona que desee comprender lo que fueron los totalitarismos del siglo XX y vacunarse también contra ellos. Allí se habla de los dos males que devastaron Europa material y moralmente. El comunismo y el fascismo. Dos movimientos que de un modo u otro, a una escala u otra, obligan a las personas a tener que elegir o posicionarse, llevándoles de ese modo a situarse entre una aparente y ficticia libertad y la más absoluta servidumbre. Un fenómeno que AdamMichnik vino a llamar trampa diabólica. Por eso AleksanderWat, como Milovan Djilas en su momento en relación a su experiencia en Yugoslavia, prestó especial atención a las ideologías y terminó comprendiendo, según afirmaba el propio Michnik a finales de 2009, que la ideología comunista es algo así como un cruce entre una secta religiosa y una banda de malhechores; tal vez la mejor definición que jamás se haya enunciado al respecto. Una ideología que, en definitivas cuentas, también es permeable a otros posicionamientos restrictivos de las libertades y que lleva a muchas personas a creer en sus postulados con la lógica de la fe, inspirando conductas que tarde o temprano desembocan en comportamientos violentos, de mayor o menor intensidad, por la necesaria agresión que real o virtualmente genera entre semejantes al proseguir con el dogma.

La importancia de Wat

En cualquier caso, lo cierto es que Aleksander Wat había pasado prácticamente inadvertido hasta entonces en los círculos no estrictamente literarios. Pero Mi siglo, un libro al cual hay que entregarse con paciencia y emoción, representa con toda seguridad uno de los mejores testimonios personales e intelectuales frente a las formas de tiranía. Nos ayuda a comprender su génesis, desarrollo y fin último, que no es otro que la servidumbre y autodestrucción colectiva. Con una importante capacidad para renacer y perecer; sólo hay que tener en cuenta, como se explica, que en los años vein­te, los marxistas polacos constituían en realidad una pequeña secta que no eran en absoluto una novedad, sino sólo los últimos vestigios del viejo socialismo en su versión más ortodoxa, pero de allí pudo resurgir una tiranía que, como se señala también, al igual que otras tendencias, se fundamenta en la manipulación y perversión del lenguaje, así como en la revisión de los antecedentes históricos para implantar otras realidades, cosmovisiones o programas.

El relato y biografía de Aleksander Wat, algunos lo verán actualmente con distancia, como sucesos de un pasado que no puede reproducirse, al menos en su escala de crueldad, pero lo cierto es que hoy día tenemos muy cerca de nosotros algunos planes y, sobre todo, algunos planificadores, cuyas estrategias sociopolíticas en realidad no distan mucho de las ideologías totalitarias que hemos conocido. No es excesivamente complicado advertirlo. En la ebullición de la propaganda y en la presión social de la que se hablaba el pasado fin de semana en algunos círculos con ocasión de los sucesos por todos conocidos, podemos encontrar claves interpretativas claras. Precisamente porque la presión social o institucional, así como la propaganda como tal, se explican y cobran protagonismo, cuando se quiere violentar una realidad social determinada, tal y como ha sucedido tantas veces a lo largo del siglo XX.

La diferencia de entonces respecto al momento actual, tal vez sea que mientras allí surgió una reacción intelectual importante ante determinados programas de planificadores ideológicos, hoy parece complicado que quienes en teoría podrían y deberían reaccionar con similar entereza, se atrevan a denunciar abiertamente la existencia de esos programas restrictivos de las libertados individuales. Programas que participan de la misma lógica totalitaria o que al menos se nutren de muy similares componentes. En aquel entonces, entorno a Aleksander Wat y otros grandes talentos, la noble causa de la defensa de la libertad y los derechos individuales frente al totalitarismo unió y creó un gran círculo de intelectuales que destacaban también por su maestría con las letras y gracias a ellos, a su legado, podemos advertir ese tipo de movimientos. Otra cosa es, claro está, que nos sirva para algo.

Aleksander Wat falleció en París en 1967. Se suicidó diez años antes de que fuese editada y publicada la que seguramente ha sido su mejor obra y por la que muchos le recordaremos para siempre. Otros, como Tomas Venclova, tuvieron la suerte de conocerle y acercarse a él de un modo mucho más agradable. Gracias a un poema. 


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