Mi pequeño Salottino

¿Por qué no tenemos un pink market?

Con las enérgicas críticas que arrecian estos días sobre la «desregulación», algunos lectores pensarán que sugerir la creación de un mercado desregulado puede ser un desvarío por mi parte. Pero no quiero contribuir a la autocensura que impera en este tiempo y tampoco al maniqueísmo intelectual, así que mejor me explico, aun a sabiendas de que recibiré algún que otro garrotazo.

Desde el estallido de la crisis financiera, en nuestros índices tenemos acciones conocidas ya comúnmente como «zombis». Estos títulos hay que diferenciarlos de los clásicos «chicharros», que como saben, son acciones de escasa capitalización, con un free float ínfimo que en algunas ocasiones facilita una gran volatilidad en las cotizaciones. Los títulos «zombis», en cambio, son aquellos que en los últimos años, por diferentes razones, han perdido un 80 o incluso un 90% de su valor y quedan al albur de movimientos altamente especulativos. Son acciones que están relacionadas normalmente con sectores hundidos y con escasa perspectiva de recuperación; su evolución nos muestra perfectamente lo sucedido en el país, y tal vez, si fuésemos más rigurosos y serios, estarían fuera de mercado hace ya tiempo. Pero ahí siguen, fluctuando en espera de algún milagro, participando directa o indirectamente de las difíciles e ininteligibles ecuaciones financieras para la regularización del sector, o tal vez, esperando con avidez que nuevos ejércitos de ingenuos depositen sus esperanzas en ellas con el deseo de conseguir importantes revalorizaciones después del descalabro bursátil.

Algunos de estos títulos han sido suspendidos de cotización en frecuentes ocasiones, otros han cambiado incluso varias veces de nombre, optando así por un makeup que en realidad de poco o nada sirve para quienes saben de esto; otros llevan numerosas ampliaciones de capital para medio sobrevivir, diluyendo así progresivamente su valor, mientras que otros títulos en realidad son un sucedáneo de las entidades financieras, que han acabado copando su capital a base de acuerdos de refinanciación y ajustes contables con el beneplácito de las autoridades e instituciones, que son en realidad los verdaderos truhanes de toda esta historia de infame apuntalamiento del edificio por muchos que financieros, analistas o políticos mejor o peor vestidos insistan en lo contrario.

Las acciones «zombis» no tienen nada que ver con otras acciones presentes en nuestros índices y su ubicación en el mismo lugar puede no ser lo más correcto. Si por las razones que sea no han acabado fuera del mercado, por exigencias de transparencia, que es de lo que se trata (o no, dirán algunos más experimentados), el contexto creo que amerita un trato diferenciado y en los reguladores deberían entender que podría ser razonable crear un segmento específico con un régimen especial y coherente con la naturaleza de estos activos. Es verdad que muchos pensarán que poco o nada aportaría esto y que tampoco existe mayor problema por mantenerlos en el continuo hasta que acaben desapareciendo progresivamente en caso de que no llegue el milagro en forma de inesperada liquidez y desaparezca la aversión al riesgo. Pero si a la cotización de las acciones ordinarias hay que reconocerle su carácter esencialmente irracional e impredecible en la mayoría de los casos, a estos títulos en concreto hay que otorgarles la condición de absolutamente irracionales, más cercanos a las actividades realizadas en un casino que a un mercado que al menos debe mantener cierta apariencia de racionalidad.

Es por esto por lo que esas acciones tal vez deberían estar sujetas a un régimen especial. Del mismo modo que cuando uno acude al MAB (Mercado Alternativo Bursátil) sabe con carácter previo que allí encontrará empresas de reducida capitalización, con ciertas características relacionadas con la innovación, con potencial de crecimiento y sujetas a una regulación adecuada a su naturaleza, sería conveniente diseñar un sistema para estos títulos «zombis», quedando sujetos a un régimen que responda a su verdadera y actual naturaleza. Y como títulos altamente especulativos que son, podrían estar al margen de muchas exigencias de la CNMV; tampoco tienen porqué estar sometidos a informes económicos con regularidad, ni a la presentación de cuentas y ni siquiera obligados a presentar informes de auditoría. Total, durante años han estado sometidos a todo esto y ya verán ustedes para lo que ha servido... Esto no significa abrir nuevos riesgos a los ya existentes ni crear un daño potencial al mercado ni nada por el estilo. Más bien, favorecería una adecuada calificación del sector o activo en concreto y también la información para el potencial inversor ordinario que pueda tener la ocurrencia de depositar sus ahorros en este tipo de activos.

Es, en definitiva, una forma de aclarar y entender que las decisiones que se canalizan en este ámbito se hacen hacia unos activos de alto riesgo, al margen de cualquier tipo de supervisión y control, nítidamente diferenciados de otros valores ordinarios que, aunque participan obviamente de los mismos factores de riesgo no son, digamos, la misma cosa. 


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