Mi pequeño Salottino

Sobre el papel y el itinerario de los bancos centrales

La figura de los bancos centrales ha recobrado especial protagonismo estos días por los motivos que todos ustedes conocen. En los medios hemos podido leer importantes críticas desde algunos sectores exigiendo no se sabe muy bien qué, mientras que desde otros ámbitos se les han dirigido entusiastas alabanzas, atribuyéndoles ni más ni menos que la salvación de las economías occidentales, al responder con ingenio y medidas excepcionales durante esta crisis financiera. No seré yo quien dude del papel jugado por los bancos centrales en todo este entuerto porque, entre otras cosas, antes incluso de que entrásemos en la fase de catacrac, ya advertí a mis cercanos y conocidos de que todo esto estaba por venir y que, en el fondo, el escenario era un tanto previsible y sólo los bancos centrales podrían medio encauzar el desastre aunque no impedir el sufrimiento. En este mismo blog nos hemos referido en varias ocasiones a ello.

Como es sabido, en un proceso recesivo con riesgo de deflación, los consumidores dejamos de comprar porque percibimos y creemos que en breve será más barato realizar cualquier tipo de compra. Las aplazamos o las reducimos al mínimo necesario ante esa percepción y también, por supuesto, por la conciencia del riesgo real e incluso inminente de perder nuestros empleos y ver perjudicada así nuestra posición económica. Paralelamente, las empresas que no entran en pánico y empiezan a despedir masivamente por las nuevas coordenadas económicas y las nefastas perspectivas, como mínimo dejan de invertir porque la demanda y las expectativas de venta de bienes y servicios caen con fuerza, generando así una fuerza de arrastre de precios que a veces se contiene de modo artificial con la ayuda de los reguladores.

En cualquier caso, en esas circunstancias no hay Boletín Oficial ni discurso ideológico ni propagandístico que sirva para absolutamente nada. Lo que cuenta entonces es el dinero contante y sonante, es decir, la liquidez. Pero quienes disponen de liquidez también reducen sus niveles de consumo y posponen la inversión hasta nuevo aviso, abocándose la sociedad a un panorama más que previsible: recesión con la intensidad o nomenclatura que ustedes quieren ponerle. Una recesión que alarma entonces al conjunto de la comunidad y que exige la actuación de los bancos centrales para evitar males mayores.

Su relación con los intereses y la economía

Las intervenciones de los presidentes de los bancos centrales, como saben, siempre se siguen con especialísima atención porque de ellos depende el nutriente fundamental de cualquier economía moderna: el precio del dinero. Uno puede soportar soporíferas intervenciones parlamentarias y aburridísimas conferencias de prensa de ministros, pero todo esto es perfectamente prescindible en estas circunstancias aunque ellos crean o nos intenten hacer creer lo contrario. A quienes hay que escuchar, atender y seguir, es a los presidentes de los bancos centrales.

Quienes estén relacionados con temas económicos o se dediquen a la especulación, saben perfectamente de esto y recodarán, por ejemplo, a Alan Greenspan cuando el Dow Jones de industriales andaba por encima de los 6.000 puntos, sugerir cierto ánimo exacerbado o euforia en los mercados de valores. A Greenspan se le suele atribuir gran parte de la responsabilidad del desastre por su acertada o desacertada política monetaria al frente de la Reserva Federal, pero como sucede con las agencias de calificación crediticia o incluso con Lehman Brothers, tal vez debamos rebajar también su cuota de culpabilidad en todo este tinglado. Si tenemos en cuenta los factores o parámetros que se deben valorar a la hora de establecer el tipo de interés, cualquier mente sana comprenderá que ni él ni nadie puede adivinar cómo estarán, o deberían estar, los intereses unos meses después de la última decisión. Personalmente soy de los que piensa que la determinación de los tipos de interés, es decir, el precio del dinero, depende de demasiados factores entre ellos mismos interrelacionados (nivel salarial, precios de las materias primas, consumo, productividad, etc.) como para exigir una obligación de certeza absoluta a este respecto. Soy consciente de que este mensaje no es especialmente popular ni bienvenido en este tiempo, pero creo que es así.

Las decisiones sobre los tipos de interés, en definitiva, dependen del desarrollo económico en todos sus componentes y en su conjunto, y ni el presidente de la Reserva Federal ni el del BCE ni nadie puede prever todo esto con exactitud. Más bien, podemos afirmar que lo pueden prever, tan bien o tan mal, como cualquiera de nosotros. Es cierto, no obstante, que las advertencias de los presidentes de los bancos centrales sobre excesos en los niveles de las cotizaciones, por ejemplo, pueden frenar los mercados financieros en cuestión de minutos, con todo lo que eso conlleva, y de ahí precisamente la complejidad y responsabilidad de este trabajo.

Qué han hecho y qué hacen los bancos centrales

Huyendo de aspectos técnicos o regulatorios de la institución, interesa señalar que pocas medidas de política económica son de más importancia o tienen más trascendencia que una variación de los intereses para la economía en su conjunto. Los bancos centrales no sólo determinan con su política de intereses el precio de financiación y refinanciación de bancos, sino que, como se ha indicado anteriormente, determinan el precio del dinero. Afectando inmediatamente al mercado del crédito y estableciendo esa regla de proporcionalidad entre el nivel de los intereses y la demanda de crédito. Cuanto menores sean los intereses, mayor será la demanda de créditos y mayor será, consecuentemente – aunque no en todo caso – la expectativa de inversión y relanzamiento de una economía cuando se encuentra en recesión o estancamiento. Esta gestión se hace extremadamente complicada en un contexto de insolvencia generalizada del sistema financiero, pero no hay otra receta.

Las recesiones dificultan el reconocimiento de la demanda y esto provoca una contracción económica a todos los niveles. El pesimismo y las malas noticias entonces arrecian, los despidos se multiplican y la moderación del gasto acentúa y retroalimenta la recesión. Y en este proceso emerge un particular fenómeno destacado hábilmente en su día por Kostolany: el dinero emitido por los bancos centrales, en lugar de dirigirse a inversiones directas o al consumo, acaba dirigiéndose al mercado de acciones y otros activos bursátiles, provocando de esta manera una subida de las bolsas que causa estupor entre la gente y los periodistas porque no entienden que, a pesar de que las malísimas noticias sobre la economía y los profit warnings de las empresas, así como rebaja de los dividendos, las cotizaciones suban. Esta fase ya ha pasado, por ejemplo, en nuestro IBEX 35 y todos los índices europeos antes de que las primas de riesgo repuntaran y el selectivo español se hundiera de nuevo hasta los 6.000 puntos.

El fenómeno, además, demuestra que, si bien es cierto que en algunas ocasiones existe una correspondencia entre los índices bursátiles y la situación económica de un país, no siempre es así, ni tiene porqué cumplirse esa regla. Sólo cuando aumente el consumo y los beneficios de las empresas, la economía crecerá a ritmo moderado en un contexto de inflación controlada. Los bancos centrales retoman en esa situación una importancia capital, porque mantendrán los intereses en niveles bajos para no poner en peligro el crecimiento – a mi modo de ver, esto sucede en este momento, por ejemplo, en Estados Unidos -, y los mercados bursátiles y las cotizaciones seguirán en niveles moderadamente altos, que seguirán aumentando conforme los beneficios de las empresas vayan aumentando también.

Nada de esto es nuevo tampoco

La Reserva Federal norteamericana lleva actuando de este modo desde los años ochenta, cuando la fiebre inflacionista provocada por la crisis del petróleo azotó fuertemente su economía. Y hay que reconocer que lo han conseguido, que el mecanismo ha funcionado razonablemente bien. Téngase en cuenta que el Dow Jones alcanzó un nivel de 14.000 puntos antes del crac; un nivel que, como ya sucedió también en 1987, quedó reducido a la mitad ante el pánico. La historia se ha repetido nuevamente en esta ocasión. Después del crac de 2008, la política de rebaja de tipos de interés y los programas de refinanciación bancaria han provocado que en poco tiempo, sólo cuatro años y algunos meses, las cotizaciones hayan alcanzado niveles récord en el Dow Jones de industriales. Algo que sugiere, como en otras ocasiones, un atisbo de  esperanza, aunque algunos me reprocharán, y con razón, que Estados Unidos no es comparable a lo que estamos padeciendo nosotros en la zona euro. Sin duda, ya nos gustaría.

En cualquier caso, y como conclusión, creo que merece la pena subrayar que todo apunta a que, mientras los bancos centrales sean soberanos en lo que a política de tipos de interés se refiere y no se vean sometidos a experimentos ni exigencias de carácter político, podrán mantener este equilibrio y frenar tempranamente las señales de euforia y, al mismo tiempo, "jugar" con los tipos de interés, reduciéndolos rápidamente cuando la recesión aceche para evitar o al menos minimizar un colapso. Si por algunas circunstancias, internas o externas, a los bancos centrales se les somete a otras directrices políticas y se les dificulta su labor para mantener este equilibrio, los problemas seguramente serán mayores y más difíciles de resolver, del mismo modo que, si se permite que la economía crezca rápidamente y de modo descontrolado, las consecuencias, como de hecho estamos comprobando, serán dramáticas.

No podemos olvidar tampoco que éste es, digamos, el planteamiento teórico que, como decimos, lleva funcionando razonablemente bien durante décadas, pero no creo que del mismo se pueda desprender una garantía absoluta de nada, en tanto que al mismo tiempo debemos recordar la complejidad que provoca, como ya hemos advertido en otras ocasiones, la coexistencia bajo una misma divisa de países con "problemas económicos no resueltos" de diversa índole y naturaleza. Esto hace seguramente que, en circunstancias como las actuales, las actuaciones del Banco Central Europeo cobren, si cabe, mayor importancia y trascendencia que en otros momentos duros ya pasados.


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