Mi pequeño Salottino

El país de los tontos

Ayer andaba rebuscando entre papeles unos certificados, cuando casualmente apareció entre el caos un recorte de un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado hace más de diez años bajo esta misma rúbrica. El escritor y académico, sostenía que la tontería se había convertido en el medio que respiramos y se preguntaba también, entre otras cosas, en qué país respetable se pasean a cara descubierta los pistoleros y sus ayudantes. Algo que curiosamente provocaba un unánime rechazo por entonces, mientras que hoy, en cambio, se asume y se acepta desde muchas instancias para facilitar eso que llaman «normalización democrática». Aunque algunos podamos pensar, claro está, que más bien se trata de una anormalidad - por no decir subnormalidad –, bendecida por burócratas, pseudo-intelectuales e ínclitos jurisconsultos que han alcanzado altas cotas de finura jurídica tras sufridos años de estudio y otras experiencias inconfesables.

Los historiadores no suelen tener en cuenta el peso de la pura y simple tontería humana

El caso es que aquél sugestivo artículo de Muñoz Molina parecía completarse más tarde con otro de mayor alcance y detalle que llevó por título: «El siglo de los tontos» (La vida por delante, Alfaguara, 2002), donde nos recordaba varios pasajes históricos de gran trascendencia y también una entrevista a J.K. Galbraith en la que el economista y pensador afirmaba algo cada vez más notorio; que los historiadores no suelen tener en cuenta el peso tremendo de la pura y simple tontería humana, la capacidad de provocar estragos catastróficos de la que están dotados algunos imbéciles que ocupan posiciones muy altas de responsabilidad en la política, en la economía o en la guerra. Una idea difícil de aceptar, porque en realidad es simple y llanamente aterradora. Por eso tal vez las masas optan por aceptar que quienes ocupan altos cargos en las instituciones están dotados de atributos intelectuales superiores, cuando en realidad esto no es así. Ni mucho menos.

Estas interesante disquisiciones sobre la tontera, tan bien enlazadas por el escritor, me recordaron inmediatamente al genio de Figueras. A Salvador Dalí y su grandiosa reflexión al respecto: «si Velázquez tira una pincelada, usted entonces tendrá un Velázquez, pero si un tonto tira una pincelada, usted no tendrá más que una tontería». Una verdad universal y constante, la de los tontos tirando pinceladas, cuya expansión ha alcanzado unos niveles difícilmente soportables y que, a mi modo de ver, se explica en gran medida por el ascenso anárquico del dinero en nuestras vidas. Un ascenso que, dicho sea de paso, parece haber desaparecido ahora con la misma velocidad. Schopenhauer nos decía que había que tener cuidado porque el dinero es como el agua de mar para el sediento: cuanta más agua salada bebe, más sediento se siente. Y claro, con la tontería pasa algo similar. Cuanta más se consume o se produce, más ávido de ella parece sentirse también la víctima o el actor correspondiente. Si se mezclan ambas cosas, tontería y dinero, ni les cuento.

Somos tontos e infelices

Muñoz Molina finalizaba su primer artículo sobre la tontería manteniendo que somos tontos y que contrariamente a lo que suele creerse, la tontería no nos hace más felices. Es posible que seamos incluso más tontos que los tontos que triunfan a diario en política, en las finanzas o en televisión, intentando hacernos creer que sus tonterías nos sirven en realidad para algo. En la segunda pieza antes citada, el de Úbeda apuntaba por añadidura algo tan preocupante como cierto: los amos de nuestro destino, los que rigen el mundo, pueden ser mucho más tontos que nosotros, pueden cometer disparates más dañinos y no por maldad, sino por estupidez; incluso con la convicción impávida de estar actuando en nuestro beneficio.

Sea como fuere, la tontería está inequívocamente de moda entre nosotros y lo comprobamos a diario. Unos la ejercen activamente desde infinidad de ámbitos, mientras que otros la detectan y la soportan hasta el hastío. Tal vez por esto, otro lúcido académico como Arturo Pérez Reverte, nos regala estos días una columna relacionada con la temática aquí brevemente expuesta y que lleva por título: El cáncer de la gilipollez. Créanme que más allá de las simpatías o antipatías que puede despertar el escritor – admito que mí me despierta más bien lo primero -, lo cierto es que el texto no tiene desperdicio.


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