Mi pequeño Salottino

«Los nuevos – viejos problemas de las naciones»

Alexis de Tocqueville, el llamado «heredero lógico de Montesquieu» y, sin duda, uno de los pensadores más sugestivos de todo el siglo XIX, publicó por primera vez El Antiguo Régimen y la Revolución en 1856. Después de haber analizado profundamente una sociedad democrática moderna en La democracia en América, donde nos muestra las virtudes y defectos de una sociedad compleja, pero que apuesta decididamente por la igualdad y por el gobierno representativo para cautelar y mejorar las libertades individuales, desarrolla un exhaustivo análisis de la Francia post-revolucionaria, concluyendo que en ella siguen latentes grandes amenazas sobre la libertad de los individuos y que, como sucedía en el Antiguo Régimen, persevera la aceptación del despotismo, sin que pueda notarse, a diferencia de lo que muchos habían pensado y siguen pensando, la destrucción de la antigua sociedad y la construcción de una nueva. El paso de una sociedad cerrada a una sociedad verdaderamente abierta.

Han pasado muchos años desde que el insigne intelectual francés llegara a estas y otras muchas interesantes conclusiones, transmitidas todas ellas con encomiable rigor y elocuencia a lo largo de su obra, pero lo cierto es que la actualidad de algunos pasajes y enseñanzas allí contenidas, así como la validez de ellas allende las fronteras del país vecino, está fuera de toda duda y merecen ser objeto de atención con cierta regularidad porque son realmente sorprendentes.

La primera de ellas está relacionada con una de las preguntas de nuestro tiempo: el dinero y la exuberancia irracional del capital y los negocios, sobre los que Tocqueville, adelantándose a importantes economistas del sigo pasado, nos señala que «el ansia de enriquecerse a toda costa, el amor a los negocios, el afán de lucro, la búsqueda del bienestar y los goces materiales, constituyen en estas sociedades las pasiones más comunes. Pasiones que se extienden por todas las clases, penetran hasta en aquellas que hasta entonces se mostraban más ajenas a ellas, y no tardan en enervar y degradar a toda la nación sin que nada pueda impedirlo». Una observación explica en gran medida muchas de las taras que padecemos actualmente. Es cierto, no obstante, que muchos pensarán que cuando las sociedades entran en esa fase de delirio y exuberancia, en realidad poco o nada puede hacerse para evitarlo, pero la advertencia debe servirnos, al menos individualmente, para cubrirnos de los más que previsibles efectos nocivos que se desencadenan en esas circunstancias.

La segunda reflexión está relacionada con otra de las cuestiones de nuestro tiempo. El tamaño de la Administración pública, su eficacia y eficiencia. Un tema que ha venido marcando gran parte del debateiuspublicista de las últimas décadas y que también preocupa de modo muy notable hoy día como consecuencia del necesario ajuste que debe impulsarse. A tal efecto, el hijo predilecto de Norteamérica nos recuerda y advierte que «en aquellos países donde la Administración pública es poderosa, nacen pocas ideas, deseos, dolores; apenas se encuentran intereses y pasiones que tarde o temprano no lleguen a relacionarse con ella».

Efectivamente, ya en el siglo XVIII la Administración pública era poderosísima y prodigiosamente activa. Incesantemente se le veía ayudar, permitir, impedir. Podía prometer y dar mucho. Influía ya de mil maneras no solamente en la marcha general de los asuntos, sino en la suerte de las familias y en la vida privada de cada hombre. Un fenómeno que, como puede comprobarse fácilmente si miramos a nuestro alrededor, no nos resulta ajeno en absoluto porque esa ha sido precisamente la tónica de los últimos años y que, a mi modo de ver, explica también otras muchas desviaciones y servidumbres actuales.

Finalmente, otro pasaje que personalmente creo que merece especial consideración, es el referido a los empleados públicos y la adulteración que en muchas ocasiones se hace de esa importante categoría que es el «interés público». Dice don Alexis  que «en el Antiguo Régimen los empleos públicos no siempre se parecían a los nuestros, (…) El afán de los burgueses en ocupar estos puestos era algo que no tenía igual. Tan pronto como uno de ellos era poseedor de un pequeño capital, en lugar de emplearlo en negocios lo empleaba en comprar un empleo. Cuando se agotaban los empleos, la imaginación de los solicitantes no tardaba en inventar otros nuevos. Un tal Lemberville publica una memoria para probar que el interés público exige la creación de inspectores para una determinada industria, y termina ofreciéndose él mismo para el cargo.

Puede afirmarse que la mayor diferencia que existe en este ámbito entre aquellos tiempos y nuestros días, es que entonces el gobierno vendía los cargos directamente, mientras que en la actualidad existe una sensación generalizada de que en muchas ocasiones los da, en el Gobierno y en elsottogoverno. El fenómeno de nuestro tiempo se emancipa del carácter oneroso de la adquisición de esa condición. Ya no se entrega dinero, porque lamentablemente, ahora, como advertía también Tocqueville, se hace mucho más. En realidad se entrega uno a sí mismo. ¿Quién no conoce a un tal Lemberville de nuestro tiempo?


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