Mi pequeño Salottino

En nombre del Estado de Derecho

Quienes nos siguen en este pequeño salottino saben que recordamos a  Balzac con regularidad y que en sus enseñanzas apoyamos con frecuencia nuestras reflexiones. dicen que él sostuvo en alguna ocasión algo parecido a que «desconfiar de los magistrados es el inicio de la disolución de la sociedad»,una idea que es posible que haya salido a colación estos días por los motivos que se pueden imaginar, pero no estamos muy seguros de que lo dijera en serio. Es posible incluso que, como acostumbraba, estuviera siendo satírico. La duda se acrecienta porque nuestro admirado autor, como ya recordamos en otra ocasión, es el responsable de la obra «Un asunto tenebroso». Un formidable relato donde el mal triunfa sin que el bien pueda hacer nada para evitarlo. Y el mal triunfa precisamente porque cuenta con la ayuda y beneplácito de las autoridades. Unas autoridades que, en teoría, están dispuestas para evitarlo.

La sentencia del Tribunal de Estrasburgo de hace unos días era mucho más que una resolución judicial. En cierto modo, por mucho que reputados tratadistas quisieran convencernos de sus artes en esto de centrar las cuestiones jurídicas, para mucha gente, era una tensión entre el bien y el mal, donde el bien tenía no pocas razones frente al mal. Y como toda tensión de este tipo, es normal que se produzcan reacciones de lo más dispar, cierta combustión en los estados de ánimo y sentimientos encontrados.

En esta ocasión hemos comprobado grandes decepciones entre la gente de bien y algarabía o alborozo contenido entre la gente de mal, los puristas y los equidistantes, que también existen. De ahí precisamente que en muy pocos días hayamos conocido numerosos artículos, opiniones y testimonios bajo un prisma jurídico en unos casos, político en otros. A veces pretendidamente jurídico, cuando en realidad era más político que otra cosa. Documentos y textos a los que uno en realidad poco o nada puede añadir. Sólo apuntar, eso sí, que algunos de ellos, a mi modo de ver, han sido más o menos acertados, mientras que otros es verdad que causan nauseas, dejándonos claro el preocupante grado de putrefacción e indecencia al cual se ha llegado en esta sociedad.

Es el Estado de Derecho

En la peculiar manera de entender y defender el denominado «Rule of Law» de alguna gente, hemos encontrado reacciones y razonamientos de lo más curioso. Muchos de quienes hoy se presentan y razonan como ortodoxos de la fórmula citada, en otros momentos y circunstancias no han dudado en mostrarse y manifestarse como heterodoxos e incluso comprensivos con la desobediencia abierta hacia determinado tipo de sentencias, leyes y/o resoluciones. Textos que no convencían sus idearios respectivos o resultaban inconvenientes para alcanzar fines previamente programados. Casos hay decenas y para eso sirve también la ética, la estética, la moral, el decoro y ese tipo de cosas. Para analizar los casos y, llegado el caso incluso forzar interpretaciones de la Ley y su aplicación según qué caso. Lo que hoy es moral mañana no lo es, y lo que mañana será estético, hoy no lo es, según quién o quiénes sean sus protagonistas.

Todos ustedes conocen aquello de que la patria a menudo es el refugio de los canallas, pero la fórmula del Estado de Derecho no es una excepción a ese cruel razonamiento. De hecho, lo es con frecuencia, y así se explica el proceso de necrosis institucional, político, social, y de todo tipo, que estamos viviendo desde hace ya demasiado tiempo. De ahí que con ocasión del pronunciamiento del TEDH, como decía alguien con muy buen criterio días atrás, a algunos sólo les haya faltado lanzar confeti y celebrar con pirotecnia. Todos ellos sin excepción, desde los más gozosos a los más contenidos, argumentan y defienden sobre la base del Estado de Derecho, que dicta, ahora sí, a su juicio, que sólo se pueda proceder del modo en cual se ha procedido.

Son gentes de lo más variopinto, desde quienes hace un tiempo ponían el grito en el cielo y derramaban espuma por las comisuras, cuando el Tribunal Constitucional se disponía a conocer - como le corresponde - del Estatut de Cataluña, hasta quienes entienden que algunas sentencias del Tribunal Constitucional o del Tribunal Supremo no deben cumplirse; así como aquellos otros a quienes les hemos visto complacidos cuando algún gobierno exterior que goza de su simpatía, nacionaliza empresas o expropia a personas, pasándose por el arco del triunfo cualquier norma que resultase aplicable y vigente. Muchos de estos sujetos ocupan cargos públicos, algunos son hasta diputados, por lo que en teoría hasta influyen en los procesos legislativos Son también algunos que, por ejemplo, entraron en cólera y reaccionaron con ira cuando se supo que un magistrado de un alto tribunal había militado en un partido político. Algo que no prohíbe la ley, pero como esa ley no gusta, cualquier decisión adoptada sobre la base de la misma, entonces debe rechazarse y sus protagonistas merecen un exorcismo, o al menos una recusación. Claro que militantes o no militantes con cargo, hemos tenido y tenemos a montones en muchas instancias, pero se censura, claro está, según toque.

Soy consciente de que muchos jurisconsultos de esos que andan estos días por ahí sueltos, con título o sin él, censurarán el mensaje o la idea aquí contenida, nos acusará también de banalizar o frivolizar, establecer paralelismos indebidos e incluso de no  entender la acción punitiva del Estado. En definitiva, de poner en entredicho la resolución del TEDH más con la pasión que con la razón, acusándonos de no respetar las exigencias de la fórmula del Estado de Derecho. Después, seguramente, nos perdonará la vida, porque él, ella o ellos, son los entendidos en estos menesteres.

Pero lo cierto es que habida cuenta las circunstancias, los antecedentes y la información que unos y otros podemos llegar a tener sobre los procesos de elaboración de las normas, los tribunales y su funcionamiento, así como la Administración, los Gobiernos y los sottogovernos, del Estado de Derecho mismo, es posible que no sepamos tan poco de estos menesteres y que incluso no estemos analizando con la pasión sino, precisamente, con la razón y el conocimiento. Es posible que en realidad sepamos incluso más, mucho más, que quienes nos criticarán por el posicionamiento aquí contenido de modo más o menos explícito. O tal vez no. Puede que ellos y ellas sepan más y que incluso sabiendo más, no reconozcan la veracidad y también crueldad de esta argumentación. De esta realidad.

En definitiva, este episodio nos sirve para confirmar que, al igual que sucede con las razas y las clases sociales, en la idiotez, como en la mezquindad, el sectarismo y todos los defectos humanos habidos y por haber, también hay grados. Unos y otros se manifiestan a diario, en público y en privado. Tanto con ocasión de sentencias, como con ocasión de partidos de fútbol. Y el Estado de Derecho, por mucho que se empeñen algunos, aquí no tiene nada que ver.

Por cierto, lo que sí está claro es que Balzac era de los que pensaba que en las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte.


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