Mi pequeño Salottino

La noche de V. Divac y D. Petrovic

En los Juegos Olímpicos de 1988 conocimos la que seguramente ha sido la mejor generación de jugadores de baloncesto de todos los tiempos. Técnicamente, por fundamentos baloncentísticos, Yugoslavia alumbró un grupo de jóvenes que nada tenían que envidiar a nuestros por entonces admirados NBA. Unos críos dirigidos por Dusan Ivkovic pusieron en el mapa del deporte mundial a su país con más fuerza y determinación que nunca antes, descubriéndonos una forma de jugar que era simplemente un prodigio.

Tras deslumbrar al mundo en aquellos JJOO, los jugadores yugoslavos ejercieron de apisonadora baloncentística en el campeonato de Europa de 1989 que se celebraría en Zagreb. Yugoslavia hacía el mejor baloncesto que se ha visto nunca, el más virtuoso, estético, alegre y efectivo. Un estilo de juego que hizo que miles de niños nos iniciásemos en este educativo deporte, quedando para siempre en nuestras retinas los lanzamientos de Paspalj, las aceleraciones y genialidades de Drazen, el juego interior de Divac, la astucia de Radja o la elegancia del entonces escuálido Toni Kukoc. Sin ninguna duda, habían alcanzado la más absoluta belleza en este deporte y todos nos frotábamos los ojos ante semejante talento. Un talento que superaba ya para siempre el mito del músculo que hasta entonces había reinado.

El mundial de Argentina

El país suramericano albergó el verano de 1990 el campeonato mundial y pocos dudaban de la candidatura del conjunto balcánico para alzarse con la victoria. Pero interesa recordar que por aquél entonces el país ya estaba desgraciadamente en descomposición a pesar de los esfuerzos que estaban haciendo algunos de los yugoslavos más documentados para evitar el desastre que se avecinaba. Todo ello ante la incomprensible actitud de eso que llaman «Comunidad Internacional», que como en tantas otras ocasiones, nada parecía entender.

El equipo balcánico alcanzó la semifinal y superó al combinado norteamericano con facilidad, pero la alegría que vimos en el europeo de Zagreb era evidente que ya no estaba. Los chicos de Croacia, Serbia, Montenegro o Bosnia, jugaban juntos con la misma camiseta pero competían ya separados. La final, el 20 de agosto de 1990, frente a la extinta URSS capitaneada por el mítico A. Sabonis, aun afrontándola en aquellas circunstancias, fue un nuevo paseo para los balcánicos, que se alzaron con la victoria ofreciéndonos nuevamente el mejor baloncesto que se haya visto nunca.

El incidente de Vlade Divac. Al finalizar el encuentro, algunos aficionados irrumpieron en la pista con la bandera de Croacia. Divac, claramente enojado, sustrajo la bandera a uno de los seguidores y la tiró. Aquella reacción irritó a los jugadores croatas y de modo muy especial a la gran estrella, Drazen Petrovic. Vlade se explicó más tarde y también muchos años después, en un estremecedor reportaje de la ESPN titulado «Once brothers». Sólo pretendía dar una imagen de unión de país ante el destrozo y desastre que se avecinaba en los Balcanes. Pensó que era el momento de la bandera yugoslava, la bandera de todos y no de las banderas del resto de repúblicas. El propio Toni Kukoc, la otra estrella croata en vertiginoso ascenso, reconocía que Vlade Divac en realidad no era consciente de la trascendencia que podía tener el gesto, que no era en absoluto malintencionado. El incidente sirvió para que políticos y medios de comunicación croatas hicieran posteriormente su trabajo, desencadenando toda una ola de protesta y odio hacia el jugador serbio.

La NBA y las Olimpiadas de Barcelona

La íntima relación de Vlade Divac y Drazen Petrovic, dos de los mejores jugadores de todos los tiempos, se había esfumado para siempre. Petrovic comenzaría a triunfar en los New Jersey Nets y Divac alcanzaba la final de la NBA con Los Ángeles Lakers contra los Chicago Bulls de Michael Jordan, el mejor deportista de todos los tiempos. Aunque nada importaba ya porque al poco tiempo estallaría la cruenta guerra de Yugoslavia ante el desconcierto de la mejor generación de jugadores de baloncesto que se haya visto nunca, fragmentada y rota para siempre.

Dentro y fuera de Yugoslavia ya sabemos que se criminalizó a Serbia y todos los serbios quedaron estigmatizados. Por fortuna, algunos sabemos que en los conflictos armados la primera víctima siempre es la verdad y que las cosas nunca son exactamente como nos las cuentan, pero este es otro tema. Vlade Divac, cada vez que se enfrentaba a ciertas preguntas respondía triste, pero tajante, «I am originally serb but I really feel yugoslavian. It really doesn´t matter who I am. We are same people, Croatians and Serbs». Una reflexión que comparten otras personas tan prestigiosas y autorizadas como es el caso de Goran Bregovic.

En las Olimpiadas 1992, Croacia ya competía por sí sola. Desplegando un juego espectacular, este equipo alcanzaría la final contra el Dream Team de M. Jordan, L. Bird y M. Johnson. Incluso les tuvieron contra las cuerdas durante gran parte del partido para asombro del mundo entero. Vlade Divac reconocería sufrir como nunca al ver la final por televisión y luego diría aquello de que nunca sabremos qué habría sucedido en caso de haber competido Yugoslavia. No es nada extraño tampoco imaginarlo lloroso y desesperado ante el televisor. Sus lágrimas, tal vez, sólo son una escenificación del drama de los Balcanes. Una más.

En breve se celebra un nuevo aniversario de la trágica muerte de Drazen Petrovic. Este artículo también he querido que sea un personal y pequeñísimo - casi insignificante - reconocimiento al genio yugoslavo que todos conocimos y también a sus dignos sucesores. Porque luego vendría Danilovic, Bodiroga, Djordjevic y una lista interminable de genios que no exagero al decir que cumplieron un papel fundamental en el desarrollo de la personalidad de miles de jóvenes de todo el mundo. En el fondo, este texto también es una muestra de gratitud, porque quienes entonces éramos unos críos, al presenciar el incidente protagonizado por Divac y la consiguiente reacción de Petrovic, entendimos tempranamente el mal del nacionalismo.


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