Mi pequeño Salottino

El marco ideológico que viene

Admito que no quería escribir este texto porque el tema creo que ya está muy manido e incluso puede decirse que aburre, pero resulta que un buen amigo me ha pedido dedicar unas líneas al movimiento-partido revolucionario del momento como consecuencia de una conversación que mantuvimos hace unos días, y como tengo por norma hacer caso a los buenos amigos, he decidido escribir hoy sobre la siempre inquietante situación del mercado de ideas y las ideologías, esa abominable creación que algunos imputan, seguramente con razón, a Destut de Tracy.

Para analizar dicho mercado, nada mejor que remontarse a Milovan Djilas - que increíblemente sigue sin ser reeditado -, ya que pocos han sabido ubicar en el clima intelectual del siglo XVII, y aun de una parte considerable el del siglo XIX, una formidable clave interpretativa. Entonces, como sabemos, se compaginaba la creencia en la razón, el progreso y la libertad, con las ideas socialistas de, por ejemplo, Fourier, Owen o Proudhon. Unas ideas que estaban encaminadas a satisfacer las necesidades vitales de las nuevas fuerzas sociales proletarias y los nuevos movimientos sociales existentes en su momento, y así llegó el marxismo, que una vez establecido como teoría universal, como ideología, fracasaría en su ‘aggiornamento’, en su actualización. Porque como apunta el insigne y sufrido pensador yugoslavo, a pesar de su obsesión por la dialéctica y el materialismo, el marxismo no consiguió evolucionar con los tiempos ni con los descubrimientos, es decir, como denuncia también, más recientemente, Niall Ferguson, el marxismo no pudo prever que las clases proletarias, en la senda del capitalismo y la industrialización, no quedarían condenadas a una situación socioeconómica estática sino que se convertirían en clases medias y acabarían usando masivamente tarjetas de crédito.

El marxismo, por tanto, fracasó a la hora de realizar evaluaciones críticas y también fracasó su propio fundador. Resulta, eso sí, que quienes lo han estudiado, aunque sea con un retraso considerable, seguramente imputable a su capacidad intelectual, ahora sí han tomado nota de esto y de ahí las reformulaciones o intentos de reformulaciones que del marxismo se proponen y hemos ido conociendo en todo este tiempo.

Los comunistas han venido considerando históricamente el nacionalismo el peor de los pecados. Sin embargo, con el paso del tiempo, han entendido que el nacionalismo puede ser el camino para disfrutar de los frutos del poder

Entonces, para centrar la cuestión, siguiendo a Milovan Djilas, hay que tomar detallada nota de que cuando en 1969 decía que los partidos comunistas del futuro, es decir, los de hoy, no tendrían más alternativa que ser, en el mejor de los casos, movimientos de tipo sociopolítico que se esfuercen, en colaboración con otros semejantes, por alcanzar ciertos y determinados modelos de sociedad y gobierno, bajo sus propias condiciones nacionales, es claro que acertaba. Es precisamente en esta tesitura donde interaccionan hoy los comunistas de siempre, aunque se denominen de otra manera, sabedores del peso de la marca comunista. Pero “los de siempre” son los nuevos partidos revolucionarios, también los batasunos, cada vez más los nacionalistas y también otras agrupaciones de lo más variopinto. Los nuevos y los antiguos comparten de un ideario común, y en nuestro caso particular, llama la atención precisamente el incipiente cruce con el nacionalismo. Y llama la atención, porque los comunistas han venido considerando históricamente el nacionalismo el peor de los pecados, pero sin embargo, con el paso del tiempo, han entendido que el nacionalismo puede llegar a ser el camino más seguro para disfrutar de los frutos del poder. Los nuevos-viejos comunistas se han percatado de esto y no parecen dispuestos a dejar pasar la oportunidad que ello les brinda.

Pretendida puesta al día

Si nos tomamos un tiempo para deshojar discursos, manifestaciones, escritos, artículos, declaraciones y otros panfletos de los nuevos-viejos comunistas, parece claro que la ‘idea-fuerza’ más importante de todo el discurso, aunque en ocasiones lo escondan o lo suavicen, se centra, como era de esperar, en la teórica capacidad destructiva del capitalismo. Y digo teórica, porque es evidente que no está claro que esto sea así, pero en lo que a nosotros ahora nos interesa, hay que destacar que, sentada esta base, la del capitalismo destructivo, repetida insistentemente, habida cuenta las circunstancias que estamos viviendo, se puede elaborar un catecismo adaptado que procure los votos suficientes a la organización que lo desarrolle y que ésta tome vida por un tiempo y alcance desconocido.

Al margen del principal eje ideológico, centrado, como decimos, en el capitalismo, para el partido revolucionario del momento hay un segundo campo de exploración y explotación muy interesante. Se trata de la teórica necesidad de transformar el Estado moderno, pero no en la dirección que resultaría necesaria, porque según ellos, su crisis se debe, obviamente, al neoliberalismo, que es el responsable de todos los males terrenales que azotan a la especie. Así, uniendo neoliberalismo con otros argumentos más o menos desordenados, pero convincentes para el ciudadano medio que sufre sin entender bien que ha pasado y que está pasando, así como para el burgués aspirante a revolucionario, llegamos a la conclusión de que urge refundar el Estado o algo así; porque dicho Estado, el actual, no deja de ser una criatura tributaria de dicha doctrina económica liberal que ha provocado tantos desmanes y corrupciones, y que por tanto no sirve a los ciudadanos, sino a las estructuras económicas y empresariales. Este reduccionismo tan simplista nos lleva a concluir que debe cambiarse. Nótese que esto no es tampoco ninguna novedad, porque es algo sobre lo que en verdad toda la tropa venían trabajando y predicando años en esta y otras latitudes.

Asimismo, no podemos dejar de tener en cuenta tampoco que en el recetario merece especial atención también la crítica al marco teórico político dominante, que según ellos se ha desarrollado desde siempre en el hemisferio norte, y desde allí se ha expandido e impuesto a todo el orbe bajo teorías y dogmas liberales (¿?). Urge, consiguientemente, realizar una adaptación o desarrollar una especie de descolonización como ya se está haciendo en otros lugares, como por ejemplo en Iberoamérica. De hecho, para estos doctores sociales, la teoría política allí imperante ha sido monocultural, y por eso se está impulsando un proceso de, atención, descolonización, cuya energía puede ser aprovechable en otros países, como de hecho ya parece estar sucediendo en Europa. Dicen.

El propio Boaventura de Sousa Santos se permitía hace poco apuntar en un encendido y entusiasmado artículo, que las experiencias de ‘democracia participativa’ en Iberoamérica se han pasado ya a Estados Unidos

En el horizonte de todo este proceso de «totum revolutum», aprovechando las circunstancias actuales, no podemos olvidar que también se encuentra la pretendida ‘refundación de la Democracia’. Y para tal cometido, tenga en cuenta el lector que ellos tienen claro que hay que acabar con el adversario político que ha venido disfrutando del mismo (casta) y también crear nuevas formas sociales de organización política, eliminar el nocivo mercado capitalista y sustituirlo por organizaciones comunitarias, solidarias, populares y cooperativas. El propio Boaventura de Sousa Santos, uno de los teóricos de este movimiento, que sin embargo parece haber tenido un altercado reciente con uno de sus experimentos predilectos, como es Ecuador, se permitía hace poco apuntar en un encendido y entusiasmado artículo, que las experiencias de ‘democracia participativa’ en Iberoamérica se ha pasado ya a Estados Unidos, uno de los países del mundo - según él - donde el grado cero de la democracia es más evidente, pero donde ahora se compatibiliza la lectura de Alexis de Tocqueville con la de Marx o Lenin; mientras que en Europa irrumpen también nuevos movimientos sociales que alcanzarán los gobiernos para impulsar así la democracia participativa, una indudable demanda ciudadana que trae su causa en la experiencia pionera de Porto Alegre e incluso en la Primavera Árabe. Todo muy ‘heavy’, como dicen ahora por ahí, pero vendible. Y se trata de vender, porque estamos en el efervescente mercado de las ideologías.

La idea de plurinacionalidad

Y finalmente, a todas estas consideraciones de tipo socio-económico, que vienen a confirmar el catecismo revolucionario, hay que agregar una arista que tiene su interés. Se trata de la idea de plurinacionalidad. Una idea que, según el movimiento de moda, es ampliamente reconocida en muchos países, como Canadá, Suiza, Bélgica, o incluso España. Esta idea obligaría hoy a refundar también el Estado tal y como lo hemos conocido, porque en nuestras sociedades ya no convive una sola nación dentro del Estado, llevándonos así a la pluriculturalidad. Ideas que ellos creen que se corresponden con realidades constatables y que hay que materializar obviamente a nivel constitucional. Y por eso, en el plan de estos nuevos-viejos planificadores sociales, también se encuentra el constitucionalismo, aunque por el momento poco o nada se dice, o se dice en un segundo plano. Es decir, un proceso constituyente y un nuevo constitucionalismo que en algunos sitios ya nos ha arrojado sus brillantes resultados. Desde Venezuela en 1999 hasta Ecuador en 2008 y sus posteriores modificaciones, pasando por el pintoresco proceso boliviano que se sustanció de 2006-2009 y al cual ya nos hemos referido aquí mismo en otras ocasiones.

No puedo extenderme más, podríamos continuar la exégesis con decenas de páginas, pero no creo que sea necesario, ni siquiera útil, así que solamente denunciar que todo el planteamiento en verdad es falso. De principio a fin. Responde solamente a una construcción política abrazada por la multitud como consecuencia del escenario económico, político y social actual, pero en esencia, la hoja de ruta trazada no es más que una nueva reformulación de las teorías comunistas de antaño. Una reformulación en la que a poco que uno se adentre en ella se vislumbra, otra vez, la primacía de los derechos colectivos sobre los derechos individuales, y que junto a una concepción colectivista de la economía es evidente que no presagia nada bueno. Y ello, aunque la mayoría de los entusiastas que, insisto, abrazan los discursos de quienes han crecido y viven dogmáticamente en estas tesis, lo ignoren.

Lo cierto es que después de 2008 pocos podían esperar que los curanderos y chamanes de las ciencias sociales y la economía política en nuestro país, así como en otros países vecinos, contribuyesen a otra cosa. El resultado y escenario actual era, y es, entonces, esperable y esperado. Nadie iba ni va a proponer - y explicar - las reformas verdaderamente necesarias, que son las que pasan por deshacer el trabajo de los estadistas del pasado, algo que desde luego sí que habría sido revolucionario. Pero esto no ha sucedido, y ante la conmoción propia de un cataclismo financiero y crediticio, lo que ha aparecido ha sido lo que parecía desgraciadamente esperable.


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