Mi pequeño Salottino

El libro del que todo el mundo habla

El economista francés Thomas Piketty ha publicado recientemente Capital in the Twenty-First Century (Edit. Harvard University Press, 2014) y ha causado sensación en medio mundo. Su popularidad sigue creciendo y su libro es ya un éxito incontestable. De hecho, Branko Milanovic, conocido economista del Banco Mundial, se ha apresurado a decir que estamos ante uno de los libros que marcarán un antes y un después en el pensamiento económico, mientras que Paul Krugman ha escrito que se trata del libro de economía más importante del año y seguramente de la década. Además, el diario New York Times lo ha incorporado en su lista de best seller, por lo que pronto estará disponible en castellano y numerosos personajes comenzarán a citar y hablar recurrentemente de las tesis de Piketty. Ni que decir tiene que las universidades de todo el mundo se proveerán de numerosos ejemplares y que los partidos políticos, agentes sociales y organismos dedicados a estos u otros menesteres, nutrirán sus informes, dictámenes y argumentarios, de partes importantes del manuscrito.

Cuando los medios anglosajones hace unas semanas comenzaron a presentar Capital in the Twenty-First Century como un trabajo que pretende proporcionar una teoría global de la economía política, retomandola distribución como tema central en la economía, inmediatamente me interesé por la obra. Creo que se trata de un asunto al que hay que hacer seguimiento porque ahí está el debate permanente sobre las cuestiones y decisiones que finalmente nos acaban afectando de un modo u otro a todos, así que empecé a leer el libroen su versión traducida al inglés. Lo he acabado hace unos días y creo que se trata de una obra muy notable que merece la pena conocerse. El libro de Piketty incorpora numerosas reflexiones, datos y análisis muy interesantes y sugerentes, que por su importancia y extensión, hacen complicada una reseña definitiva en varias páginas; de ahí que el diario británico The Economist lo esté haciendo semanalmente por capítulos.

Entre otras cosas, Piketty llega a la conclusión de que las economías no se desarrollan de forma natural hacia una distribución más equitativa de los recursos y atribuye los niveles de desigualdad a las decisiones políticas. Así, a su juicio, en nuestro mundo hay fuerzas que empujan hacia una mayor igualdad, como la difusión de las nuevas tecnologías desde zonas ricas a zonas pobres, del mismo modo que existen fuerzas que empujan hacia una menor igualdad, siendo una de las más importantes, la capacidad que tienen hoy las clases adineradas para asegurarse beneficios económicos y de todo tipo. Apunta igualmente, que el poder igualador de la difusión del conocimiento está estrechamente vinculado a las políticas de Estado, es decir, con las decisiones políticas en inversión en infraestructura, educación, investigación y un entorno normativo propicio para la iniciativa empresarial y la competencia. Así, la convergencia no sería entonces una fuerza natural, sino algo que debe promoverse activamente, puesto que el proceso de igualación puede verse perjudicado por la influencia que pueden ejercer quienes tienen riqueza y poder. Piketty, que no le parece mal la desigualdad en la medida en que estimula la iniciativa individual y la generación de riqueza por el bien colectivo, advierte también que una desaceleración en el crecimiento económico general, en sí misma es una fuerza que provoca una mayor concentración de la riquezay por tanto una mayor desigualdad.

Las economías no se desarrollan hacia una distribución más equitativa de los recurses como piensa la teoría clásica, y la desigualdad puede atribuirse a decisiones políticas, según Piketty

Estas son solo algunas de las ideas centrales del libro, que junto a otras, como pueden ser sus propuestas de carácter impositivo global que ya han sido señaladas en otros artículos y reseñas que en la red circulan, han despertado obviamente el interés de miles de personas por su tratamiento sistemático y la cantidad de información que aporta. El planteamiento, además, creo que es muy hábil para intentar ubicarse al margen de los tradicionales debates y diferencias ideológicas un tanto enfrentadas, pero creo que no es nada complicado advertir su preferencia por la intervención, tanto a nivel nacional como supranacional. El economista se apoya en una enorme batería de datos y análisis elaborados durante años para sostener sus tesis y la necesidad de diseñar un sistema de intervención ambicioso que corrija, según él, las desigualdades crecientes. Y es en este punto donde tengo que admitir que la melodía de fondo de la obra recuerda otros textos que aunque no alcancen la exhaustividad ni tampoco el nivel de sofisticación o persuasión logrado por Piketty, discurren de modo paralelo. Es decir, conforme uno va leyendo Capital in the Twenty-First Century, es fácil recordar algunos de los planteamientos y/o críticas que en la opinión pública y en el debate académico se vienen sosteniendo desde hace años, del mismo modo que es inevitable recordar también los trabajos de otros historiadores, sociólogos o economistas como William Graham Sumner,J.K. Galbraith, Milton Friedman, Lester C. Thurow o más reientemente, al propio Niall Ferguson. También evoca otras reflexiones de, por ejemplo, Paul Collier (El club de la miseria: qué falla en los países más pobres del mundo, Edit. Debolsillo, 2010) Joseph Stiglitz (El precio de la desigualdad,Edit. Punto de Lectura, 2014), Paul Krugman (¡Acabad ya con esta crisis!, Edit. Planeta, 2014) o incluso Stéphane Hessel o José Luis Sampedro. Asimismo, reconozco que leyendo a Piketty he llegado a experimentar una sensación parecida a la que experimenté cuando leí los numerosos informes estadísticos que argumentan y justifican la brecha salarial entre hombres y mujeres, es decir, lo que veo en los datos y estadísticas ofrecidas, no es lo que veo en mi entorno ni experiencia. Ello me ha llevado a preguntarme, honestamente, si los datos y cifras presentados evidencian la realidad que se pretende describir, o todo el planteamiento no es más que una estratagema. También me he preguntado si las sensaciones que genera la obra de Piketty en alguien como yo, es decir, alguien que se muestra francamente decepcionado con la intervención pública en nuestras vidas, se pueden deber a un incipiente dogmatismo personal que me lleva a rechazar sus planteamientos o, por el contrario, en realidad es el autor quien ha ido construyendo finamente una obra con los nutrientes necesarios para un fin previamente concebido y que desemboca en unos cuantos mensajes o ideas-fuerza muy potentes o mejorados respecto de obras anteriores.

No me considero una persona especialmente dogmática, sino antes al contrario, me gusta contrastar mis lecturas, también la información de que dispongo, así como  investigar desde los planteamientos generales hasta las experiencias particulares. Por eso me he interesado por las ideas que extrae un buen amigo, profesor de filosofía de la Universidad de Valencia, sobre la obra de Piketty. Él destaca la idea de que los procesos de crecimiento continuo del capital y la desigualdad en su distribución, es algo que trasciende los linderos de la ciencia económica y se incrusta en la totalidad de las ciencias sociales, pero claro, esto no es tampoco ninguna novedad. También subraya el hecho de que parezca existir un diálogo de sordos entre quienes consideran que las desigualdades son siempre crecientes y el mundo siempre más injusto, y quienes piensan que las desigualdades son naturalmente decrecientes, o espontáneamente armonizadas. Y por último, la concepción del conocimiento como un bien público por excelencia, ya que, según Piketty, el proceso de difusión de conocimientos y de competencias es el mecanismo central que permite el crecimiento general de la productividad y la reducción de las desigualdades, tanto internamente en los países como a nivel internacional, debiendo beneficiarse la convergencia tecnológica por la apertura comercial, siempre y cuando se trate fundamentalmente de un proceso de difusión de conocimientos para compartir el saber y no acudir a mecanismos de mercado. Todo esto, creo yo,  puede llegar a ser muy discutibles.

En cualquier caso, más allá de reconocer el esfuerzo que hay en este nuevo trabajo de Piketty, asumiendo incluso mis limitaciones para comprender la obra en toda su extensión, que seguro que las tengo, personalmente, después de haber prestado atención a otros autores que se han ocupado de iguales o similares temas, haber trabajado también en diferentes países del mundo, viajar casi constantemente en los últimos diez años de mi vida, desempeñar labores en diferentes sectores, tanto públicos como privados, y conocer razonablemente bien la Administración pública, que en última instancia es la que interviene, con capacidad de distribuir y redistribuir, admito que muchas de las propuestas de Piketty me parecen poco convincentes o al menos discutibles, y en ocasiones, como se le ha criticado, un tanto ingenuas. Además, las numerosas e inmediatas calificaciones desde determinados sectores al libro de Piketty como algo «excepcional», me llevan a preguntarme también por su credibilidad, tal y como sugería el Cardenal Mazarino (Breviario de los políticos, Editorial Acantilado, 2007), que de halagos, elogios y muchas otras cosas, sabía bastante.

En definitiva, por ir concluyendo, en la obra Capital in the Twenty-First Century hemos de tener en cuenta que se habla o se insinúan de un modo u otro los temas sobre los que estamos pensando o analizando permanentemente desde el crac de 2008. Es decir, paraísos fiscales, redistribución de la riqueza, déficit democráticos, clases medias menguantes, desregulación, desafíos e incertidumbres, Margaret Thatcher, Ronald Reagan, el poder de las grandes compañías, la desigualdad, la inequidad, etc. Todo ello, como se ha dicho antes, muy bien mezclado y argumentado con estadística y datos múltiples, pero que al final, al lector común, creo que le alcanza solo para un único mensaje: El capitalismo no funciona porque no redistribuye equitativamente la riqueza, genera desigualdad, incerteza a futuro y conviene experimentar con otras fórmulas que ayuden en la convergencia y que pasan por una mayor intervención nacional o internacional.

No digo que esa sea exactamente la conclusión final del señor Piketty, que puede que sí, digo solamente que ese es el mensaje que más o menos queda. Como he señalado, no voy a desmerecer su estudio, sobre todo si ha sido capaz de generar un movimiento de reflexión tan potente sobre lo que está sucediendo, pero su obra, además de presentar un importante valor académico, muchos la traducirán en un mero manifiesto político, y lo que es peor, en realidad tal vez no termine diciendo nada nuevo. La temática de la desigualdad, los desequilibrios, las amenazas y riesgos del sistema de libre mercado es archiconocida, y para tomar conciencia de ello nuestras bibliotecas están llenas de estupendas referencias y son ejércitos de autores los que han estudiado estas corruptelas de un modo u otro. Ahora bien, lo que no está claro es que con el paso del tiempo se pueda sostener que muchos de los críticos del capitalismo, más abiertos o más contenidos, hayan acertado con sus predicciones. De hecho, incluso a pesar de la adversidad que todavía afrontamos, cuando recordamos los aspavientos y enérgicos discursos de los dirigentes mundiales e insignes académicos, vaticinando allá por 2008-2009, la refundación del capitalismo, uno siente cierto bochorno ante algunas imágenes, artículos, declaraciones o manifiestos.

Como hacen y han hecho muchos otros, Piketty pone en duda la benevolencia del capitalismo avanzado (¿?) y prevé un aumento drástico de la desigualdad en los países industrializados, con un impacto profundo y perjudicial sobre los valores democráticos de justicia y equidad, pero insistimos, esto tampoco es una novedad, ya en 2008 se intuía, él mismo y otros autores, como Niall Ferguson, advirtieron de ello. Hasta yo, muy influenciado por las lecturas de J.K.Galbraith o A. Kostolany, les decía en 2007 a mis alumnos que se preparasen para un escenario nada halagüeño. En este sentido, Piketty me ha recordado también a Karl Marx, que hay que subrayar que en verdad nunca escribió nada sobre el sistema financiero internacional porque seguramente ni llegó a imaginar algo parecido. Pero Marx creía que a medida que el capitalismo avanzara, el proletariado sería cada vez más grande y la pobreza cada vez mayor, pero sucedió precisamente lo contrario y conviene recordarlo. La riqueza no ha cesado de crecer y la igualdad ha sido indiscutiblemente mayor en todo el mundo con el capitalismo. Lo que nació y se desarrolló gracias al capitalismo fue la clase media, algo que nunca entendió Karl Marx, es decir, que los proletarios terminasen convirtiéndose en consumidores y que además de contribuir a la riqueza general, acabaran usando tarjetas de crédito, accediendo progresivamente a un nivel social y de oportunidades inimaginable. Los análisis y temores de Marx, como ahora los de Piketty y sus seguidores, seguramente no eran ni son infundados, aunque sí discutibles, tanto en sus planteamientos como en sus soluciones. Solo el paso del tiempo le dará la razón o, por el contrario, lo dejará en evidencia. Ahora bien, nos estamos acostumbrando demasiado a ver personajes que hacen caja primero y luego ya importa poco si quedan o no quedan en evidencia.

Las dificultades que actualmente afrontamos como sociedad son las propias y esperables de un cataclismo financiero de extraordinarias dimensiones, cuyas consecuencias son atribuibles a un exceso del sistema financiero y también a un exceso y abuso de la Administración para con sus ciudadanos, pero las economías mundiales actualmente están más interconectadas que nunca antes, Estados Unidos lleva años desarrollando una auténtica revolución tecnológica, Iberoamérica se incorporado al circuito económico global, los mercados laborales están muy liberalizados y existe un gran flujo de comercio alrededor del mundo que seguirá creciendo notablemente estas décadas por la incorporación de países de otras latitudes que hace escasamente unos años era impensable. Todo esto son motivos para el optimismo y nos deben hacer entender la importancia de luchar por un capitalismo limpio. Lo cual nos lleva inevitablemente a denunciar las corruptelas del sistema económico, pero también a combatir los excesos de los gobiernos, nacionales e internacionales, así como a los chamanes y curanderos sociales.


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