Mi pequeño Salottino

El libro del que todo el mundo habla (II)

La semana pasada dedicamos una breve recensión al libro del que todo el mundo habla: Capital in the Twenty-First Century, del economista francés Thomas Piketty. Allí sostuvimos que al margen de la valiosa información que contiene la obra, en verdad no se ofrece nada nuevo y tampoco parece que las recetas de Piketty sean muy acertadas. Mientras llega su traducción al castellano, que generará inmensas plusvalías al autor y también a la editorial que lo ponga en circulación, las reacciones siguen sucediéndose en los medios anglosajones y creo que merece la pena citar alguna de ellas.

 El periódico The Economist, que ya advertimos que ha estado realizando un análisis por entregas semanales del libro, ha terminado siendo un tanto cruel con Thomas Piketty y la pikettymanía. Hace solo unos días, el diario destacaba en una columna titulada «A modern Marx», que ni siquiera Karl Marx despertó la atención e interés que ha logrado Piketty en varias semanas, puesto que la primera entrega de Das Kapital, publicado en 1867, tardó cinco años en vender 1.000 copias de su versión original y la traducción al inglés no llegó hasta varias décadas después. En este sentido, The Economist apunta que llama poderosamente la atención que en Estados Unidos, en tan poco tiempo, Capital in the Twenty-First Century sea el libro más vendido en Amazon. El éxito se explicaría, a su juicio, porque se aborda el tema correcto en el momento adecuado: la desigualdad. Un tema que se ha convertido de repente en objeto de análisis y debate al otro lado del Atlántico, donde curiosamente, desde hace muchos años no se hablaba con tanta intensidad de la brecha entre quienes tienen y los que no tienen, deslizándose que este nuevo panorama tal vez se explica también porque en Norteamérica sigue existiendo un gran malestar por los excesos de Wall Street estos años atrás. De ahí el revival del debate sobre los ricos y la redistribución y también el éxito de Piketty, que aparece hablando de la creciente concentración de riqueza como algo inherente al capitalismo, recomendando además un impuesto global a la riqueza como solución progresiva. Estados Unidos se entusiasma de este modo con un tema y unas recetas que por ejemplo en Europa han sido una constante desde hace tiempo.

Al margen de esto, el rotativo británico reconoce la aportación académica del libro de Piketty, su esfuerzo en las contribuciones estadísticas de Capital in the Twenty-First Century, y especialmente, en relación a la información que contiene sobre la evolución de la renta y la riqueza en los últimos tres siglos tanto en Europa como en América. También se valora su tesis central que ya destacamos en nuestro artículo, es decir, el hecho de que el sistema de libre mercado tiene una tendencia natural hacia el aumento de la concentración de la riqueza, ya que la tasa de retorno sobre la propiedad y la inversión ha sido siempre superior a la tasa de crecimiento económico, algo que no se considera descabellado, pero que sin embargo, tal y como apuntamos también la semana pasada, hay que advertir que no se trata más que de una predicción basada en la extrapolación de datos pasados. Algo parecido a lo que Karl Marx hizo en relación a la evolución de las clases proletarias y cuyas predicciones fracasaron estrepitosamente. A partir de aquí es entonces cuando The Economist se muestra especialmente contundente con la obra de Piketty, y de modo particular, con sus propuestassobre impuestos globales progresivos y sus sugerencias de tipos de gravamen de hasta el 80% para determinadas rentas. Se trata de unas propuestas sobre las que hay que destacar que además de la complejidad y dificultares para su puesta en funcionamiento, alguna ya ha sido incluso declarada inconstitucional en varias ocasiones.

A este último respecto, como han hecho ya algunos otros autores, creo que hay que insistir en el hecho de que la mayoría de los economistas, empresarios y también personas con  sentido común, consideran que los aumentos impositivos a la renta y la riqueza tienen como resultado reflejo el aplazamiento de las decisiones empresariales, así como la disuasión en la asunción de riesgos, pero Piketty no parece muy convencido de esto e incluso descarta que sea necesariamente así, lo cual evidencia, a mi modo de ver, que el autor francés tiene poca experiencia práctica en el campo y que habrán sido muy pocas las veces que ha operado y participado con sus ahorros en estos menesteres. Esto es lo que lleva también a The Economist a entender que el enfoque de ThomasPiketty, tal y como advertimos en nuestra columna la semana pasada, servirá para nutrir de discurso a determinada ideología, algo que seguramente explica que se convierta en un rotundo éxito en ventas, pero no parece que sus propuestas representen un buen plan de acción.

Larry Summers captado hace unos días mientras atendía en Harvard la conferencia de Thomas Piketty

Por su parte, James K. Galbraith no ha sido menos contundente, y en un artículo reciente que merece la pena leerse en su integridad, le dedica un buen repaso a Thomas Piketty, acusándole, entre otras cosas, de confundir los bienes de capital con todas las formas de la riqueza monetaria, incluida la tierra y la vivienda, y de no entender tampoco el efecto que sobre la economía en general y las economías particulares, generan ciertas medidas impositivas. De hecho, en relación a algunas medidas impositivas relacionadas con el patrimonio, deja entrever que Piketty no termina de comprender cómo se aplican en Estados Unidos ni tampoco sus relaciones y efectos, por ejemplo, en la cultura de la filantropía, las contribuciones a las universidades, los hospitales, las iglesias, teatros, bibliotecas, museos e incluso hacia pequeñas revistas u otras formas de difusión del conocimiento. A juicio de James K. Galbraith el libro de Piketty está repleto de buena información sobre los flujos de ingresos, transferencia de riqueza, así como la distribución de recursos financieros en algunos de los países más ricos del mundo, pero en última instancia, no proporciona una guía muy sólida respecto de la política que debe seguirse para solucionar los problemas que allí mismo se apuntan.

 En definitiva, estas dos recientes lecturas, como ya advertimos la semana pasada citando al Cardenal Mazarino (Breviario de los políticos, Editorial Acantilado, 2007), nos sirven para advertir una vez más que cuando algo se califica tan inmediata y alegremente de «excepcional», hay que preguntarse acto seguido por su credibilidad. Esto no quita, insistimos nuevamente, que la obra de Piketty contenga información muy interesante y que no sea un rotundo éxito en ventas en diferentes lenguas. En la nuestra también lo será, pero creo muy sinceramente que ya va siendo hora de que los escaparates de nuestras librerías empiecen a vaciarse de libros relacionados con estas cuestiones. Cuando esto suceda, creo que estaremos ante un signo inequívoco de esperanza.


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