Mi pequeño Salottino

El interés y riesgo de la glosa

Un buen amigo me remitió el sábado pasado desde Boston un interesante recorte de un texto de la escritora y pensadora Ayn Rand (Alisa Zinóvievna Rosenbaum). Él es actualmente profesor de filosofía en la Universidad de Valencia, pero después de una dilatada trayectoria entre universidades europeas, decidió cruzar el Atlántico y aventurarse en los campus universitarios estadounidenses por un tiempo. Y aunque destaca por su capacidad para perderse entre los pensamientos de innumerables filósofos, siempre le recuerdo por su pasión hacia Nietzsche. De hecho, rara vez no sale a relucir Nietzsche cuando hablamos de cualquier tema. No en esta ocasión, porque el texto que me remitió no tenía nada que ver con el pensador trágico y contemplativo, sino con algo y alguien bien diferente.

Así, mi amigo el filósofo consiguió que me pasara el domingo recuperando textos de Ayn Rand para que podamos poner en común algunas cosas cuando regrese de Norteamérica. Pero a media tarde me pregunté también qué habría de Ayn Rand por Internet. Hice algunas búsquedas entre muchas páginas y referencias encontré algo extraordinario. Un artículo de Rosa Regás, publicado hace un par de años en un conocido medio de este país bajo el título «Any Rand y la sociedad condenada». El texto de la afamada escritora, que tenía una intencionalidad muy evidente, terminaba con una conocida cita de Ayn Rand de su obra La rebelión de Atlas (Edit. Grito Sagrado, 2008), que rezaba: «Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada».

La frase destacada, aunque incompleta, es una absoluta genialidad, pero lo cierto es que estaba traída al texto de modo claramente forzado por Regás. Además, siguiendo la senda que marca ese prodigio que es Google, pude comprobar que parece evidente que alguien la ha desempolvado hace relativamente poco tiempo, porque según el invento tecnológico, viene apareciendo de modo más o menos constante en numerosas crónicas, artículos, columnas de opinión, etc. Ya saben cómo funciona esto. Es lo que tienen las grandes crisis, que como apuntaba el ínclito ex Gobernador del Banco de España cuando ya no se podía negar más en nuestro país el desastre, hay que desempolvar a los clásicos para medio comprender qué está sucediendo. Y entonces los clásicos nos inundan de nuevo, muchas veces sin que ni siquiera se les cite, porque un altísimo porcentaje de los razonamientos, citas, frases y reflexiones que por ahí hoy circulan en realidad son de ellos y no representan ninguna novedad.

En cualquier caso, lo que interesa destacarse en esta ocasión es que en el artículo de Regás se afirmaba que Ayn Rand era «poco conocida a pesar de su espléndida y extensa obra», algo que, unido a otras afirmaciones allí contenidas, captó de tal modo mi atención que no solamente decidí una segunda lectura del artículo, sino que también me atreví a echar un vistazo a las glosas que se habían incorporado. Y no me arrepiento de haberlo hecho porque me encontré con algunas joyas de lectores anónimos. Especialmente la de un tal «LaGrand», que respondía a la escritora en los siguientes términos:

«¿Ayn Rand poco conocida? ¿Poco conocida por quién? Además de su influencia en los personajes citados ha sido conferenciante habitual de Yale, Harvard, el MIT, Princeton y sus libros han vendido más de 25 millones de copias. En los USA se ha citado El Manantial como el libro más influyente después de la Biblia. Me da la impresión de que la Sra. Regás no ha leído mucho de su "espléndida y extensa obra". En fin, nunca es tarde, además de las ya citadas puede leer La virtud del Egoísmo o Capitalism: The Unknown Ideal. Creo que los títulos le darán una idea de por dónde van los tiros. Su descripción de la progresía en Return of the Primitive: The anti-industrial revolution es magistral. Ayn Rand, capitalista, liberal, y furiosamente anti-socialista y anti-progre. Espléndida, sí señora pero no me lo esperaba en este blog».

Es algo que sospechaba desde hace un tiempo, pero el pasaje sirve para confirmar que debemos aprender también de nuestros lectores y tener muy en cuenta que cuando escribimos nos exponemos ante un público desconocido, tanto en su cantidad como en su calidad. Por eso, porque no sabemos quién o quiénes nos leen, hay que tener cuidado con las citas que puedan ser forzadas o mal traídas, también con los textos o apoyos que puedan resultar tendenciosos o capciosos, del mismo modo que cuando se toma un razonamiento o una idea previa de alguien, es de recibo citarlo expresamente y contextualizarlo convenientemente. De otro modo, se corre el riesgo de que nos desenmascaren y que también nos dejen en muy mal lugar.

En definitiva, si de lo que se trataba era de recordar a Ayn Rand, introducir su cita con calzador en un texto, o incluso, tal vez, de elaborar un texto a raíz de una cita brillante, parece claro que antes sería recomendable leer de verdad algo de su obra y conocer también su biografía. Entre otras muchas cosas, porque alguien como ella lo merece sobradamente. En caso contrario, puede suceder que una glosa de un lector anónimo termine siendo más interesante - e incluso más adecuada - que el texto matriz que es glosado y quedemos así en muy mal lugar. Por cierto, conviene señalar que el literal de la cita aquí mencionada, ni siquiera se corresponde con el original del libro. Al menos con la edición que tengo delante en este mismo momento, porque la frase de Ayn Rand empieza y termina con afirmaciones que con toda certeza resultarían tan irritantes para ciertas personas que, al leerlas, nunca se les ocurriría siquiera citarla. 


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