Mi pequeño Salottino

Sobre el fracaso

Hoy día es habitual encontrar alegatos y manifiestos en defensa del fracaso. En algunos medios de comunicación, también en discursos públicos y en mundanas conversaciones entre amigos o compañeros de trabajo, el fracaso aparece cada vez más frecuentemente. Su protagonismo se explica, creo yo, por influencia norteamericana y también por necesidad, por las actuales circunstancias económicas que atravesamos. Unas circunstancias que han llevado a mucha gente a denunciar el tradicional miedo al fracaso entre nuestros ciudadanos como barrera cultural que impide la mejora de nuestras vidas y un avance hacia una sociedad más abierta y también más próspera.

Con la actual defensa del fracaso se intenta animar hacia el emprendimiento, de modo particular, a todas aquellas personas que nunca han tenido una oportunidad laboral y que difícilmente la van a tener en los próximos años. También a aquellas otras que han quedado fuera del mercado de trabajo por mucho tiempo y tienen complicada recolocación o readaptación. Se pretende persuadirles para que desarrollen cualquier actividad sin temor y también que entiendan que fracasar solamente es una etapa en el camino hacia el «éxito» o, al menos, hacia una cierta estabilidad que les permita desarrollar su proyecto de vida personal y familiar. Ahora bien, más allá del seductor planteamiento teórico, que lo es, preocupa que el esfuerzo sea estéril, porque si paralelamente a esa reacción social y del mundo de la pequeña y mediana empresa, no somos capaces de crear un hábitat social, económico y jurídico, adecuado para que la iniciativa de quienes se aventuran en ese cometido tenga buen fin, de poco o nada servirá el discurso y el empeño. En este proceso, no está de más advertir e insistir en el hecho de que el emprendedor tiene dos cualificados enemigos además de la adversidad macroeconómica: la Administración y también la propia sociedad. La primera porque sigue sin hacer sus deberes al respecto, la segunda porque con frecuencia se muestra muy cruel con quienes fracasan.

Las víctimas del fracaso

Las víctimas del fracaso, a mi modo de ver, no solamente cuentan con el reconocimiento social que seguramente merecen sino que en muchas ocasiones perciben señales desde la sociedad que rara vez invitan a volver a intentarlo. Desde la banca hasta la Administración, pasando por los familiares e incluso por los propios empleados (si los hay), rara vez se entiende el fracaso. Tampoco se tiene claro que sus intereses, los de todos, deben ser convergentes con los del empleador que fracasa. Y de manera muy especial, con este particular perfil de emprendedor que se aventura por primera vez, lo cual es doblemente meritorio.

Ante el fracaso de un proyecto empresarial o profesional, que como saben, puede sucederse por infinidad de de factores, las víctimas suelen afrontar seguidamente unas circunstancias muy desagradables que hay que evitar. Por momentos todo empieza a carecer de sentido para el emprendedor que fracasa; porque el dolor, la desazón y el fracaso vital por el derrumbe de un proyecto que deriva en desgracia económica, retroalimenta la adversidad, llevando a las personas a ni siquiera comprender la causa o causas que lo han originado. En muchas ocasiones, el emprendedor de este segmento no se sobrepone a la calamidad y ello no es una buena noticia. En lo profesional, porque perdemos agentes económicos, mientras que en lo personal es evidente que su situación se ve agravada al no encontrar comprensión, sino más bien crueldad; en muchas ocasiones incluso reproches de sus más cercanos. Y es así como en muchos supuestos nuestros emprendedores se ven abocados a una época triste que sirve simplemente para consumar una derrota que no beneficia a nadie.

En nuestro país, además, estas víctimas tienen que soportar cómo se habla de fracaso con absoluta ligereza. En primer lugar, porque rara vez los comentarios, análisis y argumentaciones, vienen de alguien que verdaderamente ha sufrido un importante fracaso; sea laboral, profesional, económico e incluso personal o familiar. Antes al contrario; suele suceder que, como con la moral, la ética o el bien común, uno se encuentra con teóricos del fracaso que no soportarían una mínima auditoría profesional o personal al respecto. Es decir, personas que no solamente no han impulsado o desempeñado una iniciativa en su vida, sino que incluso sus vástagos, familiares y seres cercanos, bien se encuentran acomodados en las instituciones, bien están fuera del país desde hace tiempo. Unas veces los encontramos estudiando en reconocidos centros que directa o indirectamente les procurarán un buen empleo en el corto o medio plazo, en otras ocasiones trabajando o desempeñando tareas en instituciones o corporaciones que en realidad vienen a ser un sucedáneo de instituciones.

Desde esos púlpitos y comodidades es relativamente sencillo hablar y teorizar de estos menesteres e incluso quejarse respecto de algunas actitudes de la población joven y los desempleados de larga duración. En muchos casos no falta razón, pero la realidad es bastante más compleja y todo esfuerzo en conseguir un cambio de mentalidad respecto al tratamiento del fracaso es y será poco. Urge que nosotros mismos tomemos conciencia de ello, en todos los niveles educativos y en todos los ámbitos de actuación, porque sin ese cambio de actitud, las oportunidades serán menores para todos, en el presente y en el futuro, ya de por sí terriblemente oscuros.


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