Mi pequeño Salottino

El fracaso del sueño europeo

Hace un par de años, durante un vuelo que me llevaba desde Madrid hasta Luxemburgo, leí a Gillian Tett en el Financial Times una brillante columna titulada: «I dream of having a European Dream» (Sueño con tener un sueño europeo). En aquellas líneas, la colaboradora del prestigioso rotativo, analizaba un encuentro que había tenido con el joven senador por Florida, Marco Rubio, a la vez que se refería al propio Barack Obama, y se quejaba amargamente de que en Europa seamos incapaces de descubrir o producir líderes que transmitan la energía y entusiasmo que sí despiertan los líderes norteamericanos. Concluía que si hay algo que necesita Europa urgentemente, es hombres con la ilusión y el optimismo contagioso de, por ejemplo, Marco Rubio, despidiéndose con un sugerente y compendioso: «me encantaría ver a un dirigente alemán, francés o español, de no más de 41 años, describiéndose a sí mismo, pública y abiertamente, como un europeo orgulloso de serlo, reconociéndolo con la cabeza bien alta».

Nada de esto ha sucedido en este tiempo ni tampoco creo que suceda. De hecho, en Italia acaba de irrumpir de modo un tanto abrupto Matteo Renzi, que tal vez pudiera responder a ese pretendido perfil yque personalmente vaticiné entre mi entorno hace tiempo que llegaría a primer ministro porque el esperpento Bersani no podía más que demorar lo inevitable; pero resulta que en su propio país no encuentra más que trabas, viéndose en este breve espacio de tiempo, no solamente presionado de mala manera, sino tal vez incluso obligado a tomar decisiones que puede que ni siquiera comparta o pretenda, mientras que en el resto de Europa no hemos atestiguado más que críticas, rechazo y reticencias al joven dirigente italiano, poniéndosele incluso fecha de caducidad.

En breve tendremos comicios europeos, y como se puede comprobar estos días, la información y expectación continental, al margen de las genialidades diplomáticas de la ya casi sexagenaria Catherine Ashton, gira en torno a si será un joven desconocido como Jean Claude Junker quien presida la Comisión Europea, sucediendo así al no menos joven y desconocido José Manuel Durão Barroso, que habrá que ver si se jubila o, por el contrario, sigue sintiéndose tan importante como para dirigir algún otro tinglado internacional. Al margen de la incógnita comisaria, y todo lo que ello conlleva, no menos expectación generan las adivinanzas y quinielas sobre la identidad de los decrépitos políticos nacionales que encabezarán tal o cual lista para conseguir un curul en Bruselas y trabajar así, felizmente, durante cinco años, por nuestro bien y el de Europa entera. Es obvio que ahí andan unos y otros, medio matándose en silencio, intentando no hacer mucho ruido, para no mostrar lo que en verdad ya es evidente y sabemos todos.

Por mucho que se quiera disfrazar, ésta es la esencia de nuestra dirigencia europea, y por extensión, ésta es nuestra Europa política. Una Europa, cuyos administradores, ante la insignificancia, ignorancia, desidia y también abatimiento generalizado de la ciudadanía, pueden permitirse lo que les venga en gana. Incluso tener la desfachatez de invitarnos a soñar y creer en Europa, «su Europa». Porque son ellos quienes, desde su acomodo, tanto los recién llegados, los prorrogados, como los perennes, no tienen empacho ni vergüenza en clamar y vender regeneración democrática, encarnada ésta en ellos mismos; advirtiéndonos además, de los riesgos y peligros que corremos como consecuencia de las tesis anti-europeas que hoy se expanden por el continente. Unas tesis, unos riesgos y amenazas, que todos conocemos sin necesidad de que sus señorías o aspirantes a señorías, lo adviertan, porque entre otras cosas, los ciudadanos ya los padecen en muchos casos, pero poco sentido tiene que pretendan hacernos creer que esa irrupción es objeto de la casualidad y que ellos no han contribuido activa o pasivamente a ello, porque sabemos que no es así. Puede ser que ellos crean que no tienen nada que ver, pero sí tienen mucho que ver, y el provecho de las ratas de extrema izquierda y sus pares de extrema derecha, es directamente imputables a ellos, aunque sabemos que no se preguntarán el porqué. Un porqué, que dicho sea de paso, está muy relacionado con la pregunta que se hacía Gillian Tett en el Financial Times y con la cual hemos empezado.

Desde las entrañas del mito de la Revolución Francesa

No puedo extenderme aquí todo lo que tal vez sería necesario para abordar este tema, pero si queremos hacer un análisis más o menos adecuado de la cuestión, no queda más remedio que remontarnos en el tiempo e intentar encontrar claves interpretativas y también algunas respuestas que nos ayuden. Habría que hacer un viaje histórico que nos llevaría inevitablemente a enfrentar verdades incómodas y tal vez tener que asumir errores y planteamientos que se han dado por ciertos o acertados de modo un tanto irreflexivo y que, por alguna razón, difícilmente hoy pueden ponerse en tela de juicio.

Así, las dudas y preguntas que se hacía la periodista Gillian Tett, que son las preguntas que se puede hacer cualquier ciudadano y que explican gran parte de nuestras frustraciones y quejas, nos llevan, creo yo, a múltiples paradas históricas. Y como no puedo referirme a todas, hoy me gustaría recordar al brillante e inspirador Anne Robert JacquesTurgot, quien ya advirtió en 1748, con su encomiable sabiduría y clarividencia, que el despotismo engendra revoluciones y de las revoluciones no suelen sino cambiar tiranos sin conseguir cambiar del despotismo; poco después, en 1750, nos decía que veía por todas partes que las ideas de lo que cabe llamar «bien público» estaban limitadas a un pequeño número de hombres, a la vez que advertía que América terminaría haciendo lo mismo que hizo en su día Cartago; deslizando de este modo que una vez emancipada al alcanzar la madurez, alumbraría al mundo algo absolutamente novedoso.

El alumbramiento que seguramente presagió Turgot en América, llegó desde el pensamiento y acción de unos fundadores que no eran místicos ni saqueadores que buscaban poder de manera insensata, como de hecho ha sucedido frecuentemente en Europa, sino unos hombres que fueron capaces de crear un fenómeno sin precedentes en la historia como fue la Revolución Americana. Porque como relata Ayn Rand y nos demuestran las biografías de sus protagonistas, sus impulsores eran pensadores pero también hombres de acción. Y a quien no le guste Ayn Rand por algún motivo, tal vez pueda depositar alguna confianza en Alexis deTocqueville, que gracias a una intensísima experiencia y concienzudo estudio, viene a confirmar el planteamiento en sus obras, que son clave para comprender aquellos acontecimientos, así como las transformaciones que el mundo ha conocido estos últimos siglos. Son referencias que nos enseñan que el proceso revolucionario francés en verdad nada cambió y nada aportó, salvo la creación de una multitud de cosas accesorias y secundarias, ya que todo lo esencial que hizo la revolución también se habría hecho sin ella, reduciéndose ésta a un proceso meramente violento, que ni siquiera tuvo la virtud de evitar que las corruptelas del sistema anterior pervivieran, motivo por el cual debemos considerar como única y verdadera revolución, la americana. Una revolución ilustrada que, además, enseñó al mundo que se puede impulsar un cambio por parte de productores, pensado y desarrollado también para los productores, con un saldo que obviamente, sin negar sus defectos e incipiente necrosis, ahí está. Se trata de algo que, a este lado del Atlántico, parece es ciencia ficción, porque aquí siempre han primado y se han impuesto los estatistas, los teóricos, los gardingos y los chamanes, en la defensa de sus respectivos intereses de grupo, parapetados habitualmente, en la categoría del interés general.

Eneas contándole a Dido las desgracias de Troya, Pierre-Narcisse Guérin (1815), París, Louvre.

Estado de situación y perspectivas

Hoy día es bastante descorazonador y ayuda poco al entusiasmo, ver que mucha gente comprando el discurso de una Europa que en realidad no existe, por no referirnos a todos aquellos que, desde los partidos y la militancia, no hacen más que trabajar servilmente para intentar encaramarse a las instituciones de la mano de cualquier vejestorio político, y si se trata de instituciones europeas, donde los salarios son mayores y el anonimato y la resonancia mediática es menor, casi mejor que mejor. Prueba incontestable de este panorama y los errores que estamos cometiendo, así como el avance de las deficiencias, es el resurgir del comunismo, la vuelta de la extrema derecha al debate político y la ferviente irrupción de esas sectas que son los nacionalismos. Cada una de estas manifestaciones son un particular monumento a la estupidez humana, pero no dejan de ser también responsabilidad directa de quienes, curiosamente, ante la falta de ideas, convicciones y actitud, apuestan por combatirlos con prebendas y hasta sugieren comprensión.

En nuestro país, en concreto, hoy se vuelve a citar en determinados círculos a Larra, a Pérez Galdós e incluso a LaCelestina, lo cual es bueno porque evidencia una toma de conciencia, también una reflexión ilustrada y desde ahí seguramente se podría construir algo diferente y mejor, pero tampoco sucederá gran cosa. Podría pensarse incluso que ha llegado el momento de contradecir a todos aquellos que han insistido e insisten en la proclama de que «Europa es la solución» y que Europa no es cuestionable, porque si somos sinceros, se trata de una proclama cortoplacista y un tanto estúpida, que se ha asumido casi como dogma de fe sin que nadie se atreva a ponerlo en entredicho. Muy bien apuntalada, por cierto, por quienes del sistema viven o aspiran a vivir. Pero visto lo visto, vivido lo vivido, tal vez sería interesante empezar a prestar atención, aunque puede que sea ya tarde, a la observación de un jovencísimo Jorge Luís Borges recién llegado a Madrid el siglo pasado, cuando se extrañaba de que los españoles de entonces ya parecían más interesados en ser europeos que en ser españoles. La finura crítica del señor Borges, al margen de sus defectos,personalmente la pongo fuera de toda duda, y si alguien se detiene a analizar seriamente su afirmación, tal vez comprenda el sentido y profundidad de la misma. Es posible que su fijación nos diera para un tratadoa cuyas conclusiones, hoy por hoy, me uno con entusiasmo. Tal vez en otro momento desarrollemos su insinuación.


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