Mi pequeño Salottino

Un episodio nacional

Eran algo más de las diez de la mañana cuando el bullicio empezó a agolparse en la caja. El bedel Almagro, mientras aguardaba discretamente su turno para pagar el desayuno, empezó a escuchar de fondo, por enésima vez, que se acercaba la cantinela del paso de aquel señor por la Dirección General con don Ignacio Alonso y también por la Secretaría General con doña Amalia Fuentes. El tal don Ignacio, como le sucedía a la propia doña Amalia, había pasado a mejor vida administrativa y en realidad no le conocía ya nadie en aquellas dependencias ministeriales, pero su sombra seguía presente en el recuerdo y cotilleo de este señor, a quien nadie había enseñado que en esta vida es mejor adornarse lo justo. Aunque puede ser que ello en realidad no le importase demasiado e incluso que el insistente autobombo le hubiera dado buen resultado en el pasado y de ahí su insistencia.

Una vez abonada su cantidad, el ordenanza se dispuso a identificar ocularmente un espacio donde ubicarse. Alzó la mirada y se percató de que en el centro de la barra, como siempre a estas horas, se encontraba don Fernando con su impecable atuendo y su particular mancebo. Pensó que desgraciadamente no podría avanzar hasta mejor posición sin encontrarse siquiera de perfil con él, así que el encuentro sería inevitable.

-       Buenos días don Fernando, ¿qué tal?

-       Hola, hola… Todo bien, ¿y tú?

Ambos intercambiaron este saludo matinal sin abrir siquiera la boca. El lenguaje mímico puede llegar a alcanzar una admirable elocuencia en determinados ambientes y este recinto de esparcimiento administrativo es sin ninguna duda uno de ellos. Al igual que algunas personas consiguen expresarse en mayúscula, con la consiguiente incomodidad para sus interlocutores, es evidente que otros desarrollan esa especial habilidad de saludarse educada e indiferentemente. Como era el caso.

Acto seguido, Almagro siguió entre el gentío en la cafetería y consiguió posicionarse al final de la barra y quedó a la espera de que le sirvieran su desayuno. Desde aquella posición pudo contemplar cómo el ya casi septuagenario señor, muy popular en el edificio por encontrarse reenganchado administrativamente de modo poco ortodoxo, se cruzaba también con don Fernando, que se atragantó con la porra remojada ante el temor de que allí se detuviera; su escudero le miró inmediatamente con ojos benévolos y casi auxiliadores, pero esta vez tuvieron suerte y pasó de largo en busca de más interesante compañía. La rumorología ante el inminente cambio de jefatura política tenía de los nervios a más de uno y era el momento de la información y el cuchicheo al más alto nivel. Don Fernando era respetado y su compañía en pocas ocasiones podía resultar amena, pero no manejaba información interesante alguna desde ya hacía tiempo, constituyendo más bien un humano objeto de decoración ministerial.

Aposentado y ya servido, Almagro se disponía a dar un sorbo a su cola cao, cuando advirtió que justo detrás de él, un grupo de mochileros – dícese de los empleados públicos que han conseguido consolidar el más alto nivel en la Administración por designaciones políticas - censuraban con aspavientos algunos de los contenidos publicados recientemente en la prensa, al tiempo que murmuraban su inquietud por la incertidumbre del destino final de los acomodados en la planta noble del edificio.

-       ¿Tenéis aguardiente de Chinchón? Preguntó alguien al lado de Almagro, interrumpiendo de este modo su pensamiento ligado a la observación.

-       Ni aguardiente de Chinchón ni tinillo de Arganda; aquí ya sólo hay industriales y café. Respondió el siempre indisponente camarero.

Quien parecía a todas luces un nuevo huésped entre tan conocida concurrencia, optó entonces resignado por café con leche, mientras que Almagro prestaba disimulada atención a la conversación que mantenían en la medianía dos subdirectoras. Parecían aventurar los inminentes cambios en varias Direcciones Generales e incluso alguna Secretaría de Estado, por no decir ya más arriba. Artificio, cosmética, sofística, concentración de estructura administrativa, algo de vendetta funcionarial también parecía entreverse entre las apreciaciones de aquellas apuestas servidoras públicas, pero Almagro no le dio mayor importancia al tema porque sabía que la fuente de decisión sobre estas cuestiones se encuentra en realidad en otras latitudes y rara vez los anónimos cargos aciertan sus predicciones.

El ordenanza iba finalizando su ameno y analítico desayuno, cuando advirtió en el reloj de la pared que eran ya casi las once. La condedumbre funcionarial debía replegarse a sus aposentos en busca de mejores y seguramente más interesantes menesteres y él debía hacer lo propio. Mientras se retiraba buscando la salida, parecía insinuar con su mirada, encontrada en tiempo y forma por el encargado de envíos postales, que aquellos inquilinos administrativos que les rodeaban, así como su propio devenir, en el fondo, tal vez no era más que un homenaje a una singular fantasmagoría.


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