Mi pequeño Salottino

Mi enemigo el Estado (II)

Hace mucho tiempo que John Locke nos advirtió en sus tratados sobre el gobierno civil acerca de la importancia de no perturbar ni violentar la propiedad privada desde la esfera estatal para garantizar así la paz social y no degradar la convivencia entre ciudadanos.

La forma contemporánea de perturbación de las propiedades ya no es la expropiación u otros mecanismos de usurpación, que en algunos casos también, sino la presión impositiva. Y como hemos apuntado en otras ocasiones, nuestros poderes públicos se han especializado temerariamente en hacer de las propiedades y libertades ajenas un instrumento de financiación para sus devaneos políticos y ensanche organizativo. Esos mismos que ahora nos asfixian sin que nadie parezca tener los arrestos suficientes para ponerle coto.

Los movimientos de los planificadores públicos respecto de las propiedades y las libertades de los ciudadanos se traducían ayer en ríos de dinero para desarrollar iniciativas de lo más variopinto, dentro e incluso fuera del país. Hoy, en cambio, esos devaneos cada vez más pronunciados se encuentran rigurosamente al servicio de la senda de la consolidación fiscal exigida por los financiadores y reguladores externos. Un eufemismo que oculta en realidad la autoconservación misma de la estructura frente a la cada vez más enaltecida y empobrecida sociedad.

El tema de los impuestos siempre es un clásico. Más allá de la estadística y algunos informes que por ahí circulan, la sensación generalizada y ampliamente compartida por las clases productivas, indica que las exigencias impositivas siempre suben y nunca retroceden. A lo sumo se consolidan. Es cierto, no obstante, que autores muy cualificados, como por ejemplo el propio J.K. Galbraith, han hecho grandes esfuerzos para contradecir este mensaje, manteniendo una razonable equidistancia con la teoría del incesante crecimiento impositivo e incluso negándola. Esta tesis creo que es indiscutible en otros países y ya se encargan W. Buffet y B. Gates de apuntarlo para los de su clase (esto es muy importante), pero no creo que sea así en el nuestro, donde los tributos siempre son más y recaen sobre rentas y actos de todo tipo. Y cuando se anuncia una rebaja o eliminación, ya se encargan de compensarlo por otra vía.

Thomas Jefferson, ese presidente del que J.F. Kennedy llegó a decir que nunca hubo tanto talento en la Casa Blanca, ni siquiera cuando recibió a tropecientos Nobel en acto formal, hace siglos advertía sobre los riesgos del exceso de endeudamiento público porque más pronto que tarde ese endeudamiento habría que trasladarlo a los bienes de primera necesidad en forma de tributos, consiguiéndose solamente sufrimiento para las personas. Seguramente se trata de una de las teorías más acabadas y hermosas que nunca se hayan hecho, y además complementa perfectamente el debate anterior y nos ilustra sobre lo que vivimos.

Ahora a por el IBI y Plusvalías

Como saben, mucha gente sostiene que el principal problema de nuestra sociedad es el endeudamiento privado. Directamente imputable a la inoperancia e ignorancia de quienes han ocupado cargos políticos y financieros en nuestro país y nada hicieron para evitarlo. Pero no creo que sea un problema menor la distorsión que generan las incesantes subidas de impuestos, tasas, contribuciones especiales, precios públicos y todo tipo de gravámenes fiscales, temporales o no - que diría la brillante Lisa Simpson - en un contexto de depresión económica como el nuestro.

Con el Proyecto de Ley de Presupuestos hemos conocido muchos ajustes cuyas consecuencias están por ver aunque haya quien realice ya ejercicios de quiromancia. A los recortes hay que añadir también el potencial aumento de un tributo especialmente sensible para las personas. Se trata del Impuesto sobre los Bienes Inmuebles (IBI), cuya subida se proyecta en el Proyecto de Ley al establecerse las bases para una nueva masiva revisión catastral. Pero no queda aquí la cosa.

Las Ordenanzas Municipales de carácter fiscal establecen sobre la base de la Ley 39/88, de 28 de Diciembre, de Haciendas Locales, que la base imponible del Impuesto Plusvalía se ve afectada por las revisiones o modificaciones de los valores catastrales, por lo que el aumento de este otro tributo está igualmente servido como consecuencia de la modificación que hace poco también se hizo del artículo 107.3 de la mencionada Ley. Claro que habrá que ver también qué consistorios municipales tienen los bemoles de practicar subidas.

En cualquier caso, les recomiendo que echen un vistazo a los Presupuestos y se detengan en los mecanismos de anticipos hacia las Entidades Locales. Algo que causa verdadero espanto y que nos permite entrever el desastre con más nitidez que nunca antes. Es inevitable recordar también ciertas prácticas bancarias y financieras para, tal vez, sólo demorar lo inevitable.

No seré yo quien dude de la necesidad de apuntalar financieramente a los municipios, pero tampoco seré yo quien dude de la inutilidad de esta medida y de su carácter contraproducente habida cuenta la situación económica de las familias españolas. Si defenderé, en cambio, que no se puede seguir subyugando más a los ciudadanos y que si en realidad estas medidas de austeridad son inevitables, que yo no digo que no, seguramente deban ir acompañadas de otras realmente ejemplares que afecten a quienes están al mando de esto. De lo contrario, el enemigo no hace más que deslegitimarse frente a sus adversarios y presentarse ante la opinión como un tirano que, en la búsqueda de su autoconservación, complica el armisticio.

Este discurso obviamente no es compartido por quienes de momento se mantienen indemnes ante el desastre o quienes viven en una realidad paralela a la que suelo hacer mención, ideologizados hasta los tuétanos. Aquellos que siguen sin ver ni sentir la dimensión monstruosa que está adquiriendo nuestro particular drama. A los demás sólo nos queda tomar conciencia del fenómeno, observar de cerca al enemigo, que nos acecha más que nunca, para acecharle también con más detenimiento que nunca y si es posible, defendernos.

Así las cosas, seguiremos con detalle la estrategia del enemigo. No cesaremos en analizar sus armas, movimientos y hasta pensamientos. En el siguiente parte nos dedicaremos a hacer una aproximación al estado de situación de su particular ejército: el empleado público.

Twitter: @JJGAlonso


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