Mi pequeño Salottino

Un ejercicio de contabilidad moral

A finales del siglo XIX, concretamente en 1887, Mark Twain escribió un breve documento llamado La carta del Ángel archivero. El texto, por motivos que no vienen al caso, no se publicaría hasta ya entrado 1946 en la revista Harper’s, y como apuntan la traductora Gabriela Bustelo y otros estudiosos de la obra, parece contener un ingenioso ejercicio de contabilidad moral en el que se presentan desde el cielo una serie de apuntes a un comerciante de carbón llamado Abner Scofiel. Gracias a esos apuntes y otras observaciones sobre las peticiones anotadas por el ángel - que puede que sea un trasunto del propio Twain -, obtenemos una precisa y evocadora radiografía del sujeto en cuestión.

En el relato, el ángel archivero comunica al señor Scofield que ha tenido conocimiento de un reciente acto de benevolencia y abnegación por su parte, por lo que ha procedido a registrarlo en una página de un libro llamado Obras heroicas de la Humanidad. Así, nuestro divino amanuense se va pronunciando sobre las plegarias del comerciante, entre las que se incluyen algunas tan interesantes como una petición de cambio climatológico que provoque una subida de precio del carbón de piedra, un aumento espontáneo del número de trabajadores que haga descender los salarios un 10%, la repentina caída del precio del carbón de leña de la competencia, un aumento de los beneficios de 22.230 dólares en noviembre hasta 45.000 dólares en enero, o que un ciclón destruya las instalaciones y ciegue la mina de la compañía de Pennsylvania del Norte.

Seguidamente, para un mejor entendimiento de la información tratada en la actividad que despliega desde su Despacho de Peticiones, el espíritu celeste nos informa de que ha procedido a diferenciar entre "Súplicas Secretas del Corazón" y lo que él denomina "Plegarias Públicas", que son las que incorporan las peticiones realizadas en reuniones escolásticas, escolares, liturgias familiares o actos multitudinarios varios, y que normalmente contradicen las primeras, es decir, a las súplicas del corazón. En cualquier caso, respecto a esa nueva casilla (plegarias públicas), se hace saber que será tratada en virtud de la condición de cristiano que las haga, porque el ángel ahora diferencia entre cristianos practicantes y cristianos profesionales. Éstos últimos se clasifican a su vez atendiendo al tamaño, especie, familia y con un prestigio, el cual va desde 1 quilate a 1.000. Y según sus estadios contables y metodología, nuestro comerciante en cuestión ha pasado en cuarenta años de la categoría de cristiano practicante a la de cristiano profesional, y su prestigio ha descendido de los 322 quilates de primera iniciales a no más de 3 quilates, por lo que el deterioro, apunta el escribano divino, es más que evidente.

Mark Twain durante la primavera de 1894 en el laboratorio de N. Tesla. Foto publicada en un artículo de T.C. Martin en Century Magazine, abril 1895

La moral, la ética y la ejemplaridad: "De nobis ipsis silemus"

Hoy día es frecuente encontrarse en los medios, en la prensa, en librerías y en la comunicación digital, abundante literatura que aborda las conductas morales y éticas, también muchas reflexiones sobre la denominada "crisis de valores" o la necesidad de generalizar eso que llaman "ejemplaridad". Se trata de unos términos o alocuciones que, por las razones que todo el mundo conoce o sospecha, despiertan gran interés entre el público más variado e incluso procuran notoriedad y pingües beneficios, directos o indirectos, líquidos o en especie, tanto a quienes los patrocinan como a aquellos que las divulgan, bien sea desde ámbitos académicos, periodísticos u otros altares no menos cualificados.

La moralidad, la ética y la ejemplaridad, aunque representan un tema de reflexión amplio y variado, remoto y ya tratado por mentes mucho más autorizadas que las contemporáneas, puede decirse sin ningún riesgo o temor, que están de innegable actualidad, pero no tanto así la contabilidad moral. Esa singular disciplina que despliega tan sutilmente nuestro amigo el ángel archivero, quien, desde su humilde Departamento de Peticiones, ha conseguido ni más ni menos que perfeccionar un mecanismo que neutraliza el engaño, incluso el de aquellos que pregonan públicamente moralidades y ejemplaridades varias. Y nuestro amigo lo consigue gracias a la diferenciación que hace entre "Plegarias Públicas" y "Súplicas Secretas del Corazón". Estas últimas, como se apunta, deben gozar siempre de preferencia en la contabilidad para el justo y adecuado diagnóstico y tratamiento. Las "Plegarias Públicas" consecuentemente, no pueden tener preferencia en ningún caso a las "Súplicas Secretas del Corazón", y de ahí que, por ejemplo, la contabilidad moral aquí tratada, no conceda las plegarias de misa de domingo a los cristianos profesionales incluidos dentro de la clasificación conocida técnicamente en su oficina como "el grado John Wanamaker".

En definitiva, y esto es lo que hoy quería compartir, creo que La carta del Ángel archiveroes un texto que vale más la pena que muchos tratados de moralidad, ética y ejemplaridad que por ahí circulan. Y no puedo dejar de advertir al mismo tiempo, que la referencia en el texto al señor Wanamaker cuando de grados corporativamente conocidos en la oficina se habla, a mi modo de ver, constituye una de las grandes genialidades de Mark Twain, que un día se propuso legarnos una gigantesca sátira sobre la especie humana, lo consiguió y al final terminó muriendo poco más o menos que de pena.


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