Mi pequeño Salottino

El ecosistema de Silicon Valley

Las últimas semanas las he pasado en varias ciudades norteamericanas y uno de los viajes que tenía previsto realizar me llevó al Silicon Valley californiano, donde pude mantener un interesantísimo encuentro con un experimentado profesional del sector tecnológico y del capital riesgo. Se trata de John De Santis,activo startupper, consejero en varias compañías tecnológicas y también partícipe en otros instrumentos de inversión. En su casa de Los Gatos estuvimos conversando sobre asuntos de carácter económico, científico y también tecnológico, pero más allá de las novedades que nos comentó sobre aspectos relacionados con la ciber-seguridad, mi atención se centró en «el fenómeno Silicon Valley» como tal. Su consolidación como plataforma tecnológica global, así como su constante evolución y desarrollo.

La conocida zona del norte de California, como sabemos, sigue siendo el centro neurálgico de la innovación tecnológica y uno de los focos de atracción de capital más importantes del mundo. Y a este punto se llega, según De Santis, gracias a una regulación que permite y fomenta la libre iniciativa e investigación, también por el desarrollo progresivo de una singular cultura basada en la aceptación de la diversidad e incluso del fracaso, así como la adecuada valoración - por no decir entusiasmo - del emprendimiento como eje socioeconómico. Es de este modo como se conforma un ecosistema en el que también tiene su cuota de importancia la implicación de algunas de las mejores Universidades del mundo, como Berkeley o Stanford, siendo un hecho igualmente incontestable, que tanto estudiantes como profesores de estas universidades transitan habitualmente de las aulas a las oficinas empresariales, formando parte de iniciativas de todo tipo y desarrollando una dinámica de estudio y trabajo que retroalimenta la innovación a todos los niveles.

De la cultura de la innovación al mercado tecnológico en continuo desarrollo

En las circunstancias descritas, que vienen, como decimos, a configurar esa particular cultura de la innovación en un hábitat de libertad e iniciativa, es lógico y normal que los capitales acudan en busca de talento y oportunidades de inversión; de ahí precisamente que los fondos de capital riesgo se hayan concentrado en Silicon Valley desde hace tiempo, como consecuencia de estas particulares condiciones de trabajo que sus integrantes han conseguido implantar. De hecho, señala De Santis, los grandes inversores en la actualidad ya son fondos de pensiones, gobiernos, bancos, grandes empresas y también instrumentos financieros particulares de muy diferente origen y procedencia. Desde Europa hasta Japón, pasando por Eurasia, India, Corea o China. Están todos allí.

De este modo es como también se generan unas condiciones óptimas para el fomento y desarrollo de las denominadas startup companies, que desde hace tiempo juegan un papel fundamental en el Silicon Valley. Estas compañías despiertan, en muy poco tiempo, el interés de otras grandes empresas o entidades y la interacción es continua entre todos los actores implicados. A juicio de De Santis, la práctica totalidad de las grandes empresas tecnológicas necesitan gigantescas inversiones para innovar y/o desarrollar infraestructuras de seguridad, por lo que el particular tejido empresarial desarrollado en Silicon Valley les procura un mercado muy adecuado de exploración de iniciativas más rápidas y soluciones también más ágiles. El mecanismo, nos sigue explicando De Santis, es bien simple: cuando una start up desarrolla y anuncia su tecnología o innovación, básicamente lo que hace es recurrir al mercado mediante sus consumidores directos de productos y también mediante su potencialidad en ventas institucionales. Es así como se puede llamar la atención de otras grandes compañías, que ven en estas innovaciones particulares, por ejemplo, una oportunidad de minimizar riesgos y costes una vez constatada su utilidad y aceptación en el mercado. De hecho, muy a menudo, las startups del Silicon Valley están específicamente pensadas para crear estos puentes en el propio mercado tecnológico, desarrollándose así una especie de vivero experimental para los denominados big players y también un activo mercado empresarial que deriva en continuas fusiones y adquisiciones, compras y ventas de activos, patentes y otros derechos. Operaciones en las que, dicho sea de paso, también sacan provecho tanto las firmas de abogados, auditores y bancos de inversión que, llegado el caso, tengan que financiar esos movimientos corporativos.

El modelo de confianza

Del mismo modo, De Santis, que lleva más de treinta años en el sector venture capitalists y sus funciones como operador le obligan a explorar constantemente potenciales inversores en nuevos diseños o modelos de innovación que ya están en marcha y resultan prometedores, nos comenta que nada de esto sería posible sin unos elevados estándares de confianza del modelo. Y a este respecto debe tenerse en cuenta que muchos de los operadores implicados en el Silicon Valley, a menudo acaban siendo directivos o administradores de una o varias compañías previamente impulsadas por varios inversores, es decir, al final, casi todo el mundo termina implicándose en la aventura empresarial. Así es como se fortalecen las relaciones empresariales y, en definitiva, el modelo de confianza. El propio De Santis ha estado implicado en muchas startups desde hace años con diferentes socios, y si bien es cierto que no siempre han obtenido los resultados esperados - ni siquiera beneficios en muchas ocasiones –, insiste en que en esto consiste realmente el modelo del venture capitalists: en intentarlo una y otra vez. Y si es posible, como suele afirmarse: «fail faster, succeed sooner».

El resultado de todo este diseño ya lo conocen ustedes: Silicon Valley es actualmente una de las zonas de mayor riqueza del mundo y, sobre todo, el corazón de la innovación técnica y tecnológica. Un lugar en el que prácticamente todos se conocen y donde se ha desarrollado una potente comunidad de directivos y administradores de empresas que interaccionan y hablan con libertad entre ellos sobre las posibilidades de inversión y los modelos de negocio, estableciéndose al mismo tiempo un singular mecanismo de autorregulación socio-empresarial que tiene gran importancia respecto de la transparencia del modelo, la solvencia y el modo de trabajo de cada cual.

En definitiva, un ecosistema que, sinceramente, cuando se conoce de cerca, no parece fácilmente reproducible en muchos lugares del mundo y mucho menos en un país como el nuestro. Porque aquí, a pesar de los valientes y virtuosos emprendedores que tenemos, que los hay y muy buenos, para desgracia de todos, no existen ni van a existir el resto de ingredientes necesarios que permitan poner en marcha algo si quiera lejanamente parecido. De ahí que los emprendedores que deseen desarrollarse o se sientan seducidos por este modo de vida, tengan finalmente que emigrar. Nuestra sociedad, en manos de mentes terriblemente cerradas, parece estar abocada a otros menesteres muy diferentes a los que uno constata en lugares como el Silicon Valley. Es posible que sea cuestión de actitud y tal vez también de aptitud, y por esto mismo me gustaría cerrar el artículo de este semana con una reproducción literal de una de las afirmaciones de John De Santis en nuestro encuentro de hace unos días, porque seguramente resume y explica muy bien el entorno más arriba descrito: «I am going to be clear: I cannot say if this lifestyle is better than others, but it is certainly a lot of fun».


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