Mi pequeño Salottino

La otra declaración de Granada

El escritor José Martín Recuerda nació en Granada a mediados de 1926 en el seno de una familia muy humilde. En un contexto histórico confuso y en progresiva agitación hacia el caos y la destrucción, su infancia transcurrió entre la cotidianeidad que le procuraba un mundo popular como el de la granadina plaza Bibarrambla de entonces, rodeado de pequeños comercios, de burgueses venidos a menos, de gentes en tránsito con destino incierto y supervivientes locales varios. Como consecuencia de aquel ambiente y también de su talento personal, es opinión casi unánime que nuestro escritor parecía destinado a convertirse en una figura importante de la dramaturgia nacional, aunque su carrera no sería precisamente sencilla.

Como ya sabemos todos a estas alturas, llegar a seralgo o alguien en España por mérito o talento propio es casi un imposible y muchas veces pecado mortal. En Granada ni les cuento. Por eso José Martín Recuerda vino a sumarse a una larga lista de talentos que tuvieron que desarrollar y mostrarnos sus virtudes huyendo, emigrando a Francia primero y a Estados Unidos después. Y si bien es cierto que allí se podría haber quedado, como le sucedió a tantos otros, atraído por las siempre melancólicas fronteras de España, regresó para ocupar la cátedra Juan de la Encina (pionero del teatro renacentista español y autor de obras tan desgarradoras como «Triste España sin ventura») para acabar refugiándose en mi pueblo, donde convivió durante años de forma discreta y silente, haciéndonos a los vecinos «depositarios» de un patrimonio literario de primer nivel que no muchos sabíamos verdaderamente apreciar.

En estos días en los que vivimos con renovadas circunstancias históricas adversas, en los que se habla de «declaraciones» y también de Granada, se publican manifiestos y se debate sobre rupturas y tensiones territoriales, resulta complicado no recordar la vida y obra de José Martín Recuerda. Porque la de nuestro insigne granadino, por sí misma puede considerarse una «Declaración de Granada». Una declaración atípica en su confrontación con las de hoy día, pero seguramente más certera, ilustrativa y necesaria de atender. Porque la de José Martín Recuerda sería una declaración ajustada a la realidad y no a la necesidad, porque su base es puramente popular y no de intereses de clase, porque enlaza nuestro pasado con nuestro presente, porque nos sugiere al genio de Buero Vallejo o al de Valle Inclán, además de, como apunta Lázaro Carreter, dar continuidad a Pérez Galdós. A «la verdad dramática» de Galdós, a la verdad incómoda, dramática y constante de Galdós sobre nuestra España.

Desde «El engañao» a «Caballos desbocaos», pasando por la saga «La Troski»

En la obra de Martín Recuerda no solamente encontramos una burla con tintes trágicos, una carnavalada con sentir trágico que nos evoca igualmente a La Celestina y también al propio García Lorca, trascendiendo así un profundo sentimiento casi esperpéntico. Señalan Martha T. Hasley y Ángel Cobo, que en Martín Recuerda encontramos a menudo una invitación a la rebelión contra la opresión que existe en una España dividida en dos: la España del poder político-social y sus víctimas. Una ecuación que lastimosamente parece ir cambiando de ropajes con el tiempo, pero cuyas variables siguen inalteradas: poder político-social y víctimas. Tal cual. Una radiografía que, como sostiene uno de los mejores estudiosos de la obra de nuestro autor, el profesor y escritor Miguel Ávila Cabezas, viene a ilustrar una realidad muy ajustada a la España actual.

Así, en El engañao (1972), en Caballos desbocaos (1978), en la trilogía La Troski, y por extensión, en sus más de treinta obras personales y más de una veintena de adaptaciones de otras obras de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Ángel Ganivet o Tirso de Molina, tal vez encontramos la mejor de las Declaraciones de Granada, esa que los granadinos y no granadinos debemos leer con atención, porque al sumergirnos en sus historias y personajes, podemos tomar clara conciencia de la realidad, de nuestra realidad y también de nuestras miserias. De aquello que llevamos dentro y también de lo que han hecho con nosotros un montón de analfabestias, oportunistas y pseudo-intelectuales que, en sus sueños de transformación, han contribuido a hilvanar una transfiguración que nos ha conducido, como sociedad, como país y también como nación, a no saber ya ni quiénes somos. Y todo ello, bajo una apariencia de sofisticación, finura y modernidad, proyectada desde círculos académicos, periodísticos y prostibularios varios que, en realidad, no hace sino ocultar, como siempre, un deseo y una concepción alternativa, pero más o menos despótica, del poder. Una concepción que en su génesis, desarrollo y resultado, viene a ser perfectamente equiparable a la que hemos conocido en otras épocas nacionales. Algunas de ellas ciertamente oscuras y tristes.

Es por todo esto por lo que resulta complicado haber leído a José Martín Recuerda y no recordarle con ocasión de ciertos sucesos, declaraciones y movimientos contemporáneos. Movimientos que tal vez debamos asumirlos sólo como un episodio más de nuestro drama, con signo carnavalesco, conscientes siempre de que en el reparto, como sucede en Caballos desbocaos, aparecen payasos, tontos circenses, sirvientes, especuladores, arruinados, profesores fracasados y también infelices que han sido abandonados. Todos los ingredientes necesarios para conformar un drama, que en la concepción de José Martín Recuerda, es, sin lugar a dudas, el espectáculo total. Un espectáculo de carácter ibérico, donde incluso cuando se cierne una rebelión, todo acaba en carnavalada.


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