Mi pequeño Salottino

El cuento de Nadie

Coincidiendo con el final del Bicentenario del nacimiento de uno de los mejores escritores de todos los tiempos, Charles Dickens, en nuestro país se ha publicado una edición de cinco cuentos inéditos en lengua castellana (La Navidad cuando dejamos de ser niños, ALBA BREVIS, 2012). Y como todo lo que salió de la pluma de Dickens, se trata de cinco cuentos magníficos. El último de ellos, Cuento de Nadie, es un delicioso relato que nos ofrece, no solamente una sobrecogedora historia, sino muchas claves interpretativas que debemos apreciar y también agradecer.

El señor Nadie era un simple ciudadano que vivía duramente para poder salir adelante, sin esperanza alguna de llegar a ser rico ni laureado, pero dichoso y satisfecho por trabajar siempre con buen ánimo. De familia humilde y trabajadora, cuyos miembros laboraban igualmente de sol a sol, sin tener que preocuparse ni siquiera en pensar por sí mismos, porque para eso, para dirigir su vida y asuntos ya estaba la familia Peces Gordos (descrita por Dickens de un modo tan breve como acertado; una exquisita alegoría que podemos identificar con cualquier forma de clase dirigente en cualquier contexto histórico), entre cuyos miembros el señor Nadie nunca encontraba a ningún paisano suyo especialmente meritorio; por el contrario, era frecuente encontrar otros que no sabían nada bueno e incluso otros de los que se sabían muchas cosas malas.

En cualquier caso, en el relato se nos enseña que un día se sucedieron importantes desavenencias entre los Peces Gordos, que quedaron divididos en facciones. Llegaron los panfletos, las acusaciones, los pleitos, las asambleas y el desastre y la adversidad. Y mientras ellos discutían y teorizaban con inquina los unos hacia los otros, nuestro amigo Nadie veía cómo sus hijos quedaban al albur y, señala Dickens, el demonio de la ignorancia se adueñaba de ellos. Su hija se convertía así en una bestia de carga, su hijo terminaba cayendo en la brutalidad del crimen y la luz de inteligencia que brillaba en los ojos de los otros pequeños se transformaba en desconfianza y mala fe. Fenómenos que obviamente eran comunes también entre sus vecinos.

El señor Nadie, entonces, en un gesto sin precedente, apeló a los Peces Gordos ante el desolador panorama: ¡Vamos! ¡Entretenedme de un modo inofensivo, enseñadme algo, dadme alguna salida!Creó un notable desconcierto entre los de aquella condición, pero la degradación continuaba y – prosigue el relato -los moribundos y los muertos comenzaron a hacinarse en casas sucias y sin ventilar donde a duras penas continuaba la vida. Nadie se planteó huir de todo aquello, pero era consciente de que no tenía grandes posibilidades, por lo que optó por quedarse y ver morir a sus familiares y amigos.

Tras la desdicha familiar, Nadie regresó al trabajo y se encontró con su patrón, que también estaba sufriendo ante la epidemia que a todos azotaba. Él había perdido a su joven y bella mujer; y también a su único hijo. Nadie le animó como pudo, pero su patrón le espetó: - ¡Ay de vosotros, los trabajadores! Esta epidemia empezó entre vosotros. Si hubierais vivido de forma más decente y saludable, hoy no sería un hombre viudo y desolado – Entonces, nuestro protagonista le respondió que había entendido que la mayor parte de las calamidades siempre son culpa de otros, como la epidemia, pero que ninguna se detendrá hasta que no nos unamos con esa importante familia que anda siempre a la greña, a fin de hacer las cosas que son justas.

Las consecuencias funestas

El señor Nadie le recordó a su patrón que los de su condición no podían vivir de modo más decente y saludable si los dirigentes no procuraban los medios. No pueden aprender si no se les enseña, ni divertirse racionalmente si no se les entretiene, ni siquiera tener sus propios dioses falsos mientras los dirigentes llenan con los suyos todos los espacios públicos. Las consecuencias de una enseñanza deficiente, de un abandono pernicioso o de unas restricciones contra natura, son siempre funestas y acaban extendiéndose por todas partes. Siempre lo hacen, siempre lo han hecho, como la peste. Apunta Dickens por boca de Nadie.

Así, ante el avance imparable de la degradación y la constatación de la verdad de las palabras de Nadie, la familia Peces Gordos, asustados ya por la dimensión y alcance de la epidemia, decidió unirse para hacer «las cosas justas» y prevenir así, según ellos, otra epidemia. Pero en cuanto se les pasó el miedo, que no tardó mucho, volvieron a enemistarse unos con otros y no hicieron nada. Ninguno de ellos admitió jamás que el desastre tuviera algo que ver con ellos.

Dickens nos recuerda en el final, que el señor Nadie vivió y murió como se había hecho desde siempre, desde viejísimos tiempos. Y este es su cuento. El cuento de los soldados rasos de tierra. De quienes participan en la batalla, una parte de la victoria es suya, pero sólo dejan su nombre entre la multitud.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba