Mi pequeño Salottino

No era la confianza

A principios de 2012, después de alertar del agravamiento de la situación económica y social que experimentaría nuestro país, publicamos en este mismo espacio un breve artículo advirtiendo de la importancia y urgencia de recomponer y restituir la confianza. Allí sosteníamos que la confianza no se agota en los problemas derivados de la contabilidad creativa ni en la capacidad de las grandes compañías y entidades financieras para engañar a sus accionistas y reguladores; tampoco en el funcionamiento de las empresas auditoras, los organismos supervisores o los entramados público-privados que saquean diariamente de un modo u otros nuestras contribuciones al fisco. Nos preocupaba que el deterioro continuo de la confianza en una sociedad hace imposible aventurar el desenlace y normalmente no presagia nada bueno. 

Más allá de datos económicos o estadísticos, así como de las expectativas para centrifugar un gigantesco endeudamiento, seguimos creyendo que la confianza tiene un campo de acción que excede al meramente económico y se debe afrontar. Seguimos creyendo que de poco o nada sirven los anuncios de brotes verdes, las llamadas al optimismo axiológico y el enroque de las clases provisionalmente indemnes en su percepción de la realidad, porque todos deberíamos entender que la confianza es un estado de la sociedad que nos afecta en nuestro conjunto, en nuestras propias relaciones y en nuestras relaciones con las instituciones; en nuestro quehacer diario.

Por eso en aquel momento advertíamos que restituir la confianza, entre otras cosas, exige la certeza de que Hacienda no abusa del contribuyente, que las entidades financieras no hacen lo propio con sus clientes, que en los municipios podemos vivir sin la sensación de que los ayuntamientos se han convertido en voraces entes recaudatorios o en agencias de colocación de gente y familias afines; que los trabajadores se comprometen con su empresa y sean conscientes de las dificultades que atravesamos todos, y viceversa. También que los pleitos sean una posibilidad accesible para los ciudadanos y se resuelvan con celeridad, que el nepotismo y favoritismo se desvanece en favor del talento en todas las instancias y niveles, y que en los medios de comunicación hay gente que se gana la vida de manera decente y no contribuye activamente a la autodestrucción y la vulgaridad. 

Este razonamiento, que obviamente era y es ampliable a otras muchas cuestiones, especialmente a las relacionadas con la necrosis política, institucional y judicial que vivimos, es claramente comprensible por cualquier persona y cualquier mandatario que deba orientar los esfuerzos colectivos para restituir la confianza. En el proceso, decíamos, deben tener también un papel importante aquellos que permanecen favorecidos a pesar de la adversidad, aceptando y comprendiendo acciones económicas que en última instancia van dirigidas a salvarles también a ellos mismos. Exigiendo ello, claro está, un sutil - y no siempre fácil de gestionar - escenario de sacrificios compartidos y recíprocos en equidad y proporcionalidad. 

La complicada tarea, por tanto, era y sigue siendo, recomponer la confianza a todos los nivelesy no solamente en relación a los acreedores de nuestra economía. Pero el paso del tiempo y los movimientos que se han impulsado por nuestros gobiernos, entendidos y analizados en sus justos términos, nos han demostrado que quienes tenían y tienen la capacidad y obligación de avanzar en esa dirección, en la restitución de la confianza en nuestra sociedad, afrontando seriamente problemas políticos y económicos no resueltos, poco o nada han hecho en realidad al respecto, encomendándose exclusivamente a la recaudación y recapitalización de un sistema destrozado como consecuencia de los abusos del pasado. Abusos en los que, dicho sea de paso, tan felizmente han participado y promovido todos ellos como bien sabe ya todo el mundo. 

Nada cambiará sustancialmente

En su día, cuando escribimos por primera vez sobre la confianza, mostramos nuestras dudas al respecto. Citando obras como El Lazarillo de Tormes, La Celestina, La Regenta o Miau, recordando también esa manifiesta e inquietante tendencia histórica de nuestra nación hacia la autodestrucción, donde «las decisiones importantes siempre se posponen» (A. Castro) y donde «los reaccionarios siempre fueron de verdad y los liberales de pacotilla» (P. Baroja), dejamos entrever nuestras dudas sobre la capacidad y voluntad real de nuestros gobiernos para afrontar semejante tarea. Pasado ya un tiempo razonable desde que escribimos aquellas líneas, no podemos sino constatar nuestro fracaso al respecto. Nada va a cambiar sustancialmente y como sociedad parece que hemos confiado a una mejora económica el apaciguamiento de los importantes problemas y frentes abiertos. 

De modo consciente o inconsciente, pareciera que se ha impuesto esa tendencia presente de algún modo en el pensamiento de Gaspar Melchor de Jovellanos, en la que el miedo al error ha sido más fuerte que el afán de alcanzar la verdad, evitándose así eso que llaman «cambios bruscos». Y siéndoles franco, no parecemos estar en condiciones de afirmar que sea la mejor alternativa, sobre todo porque el bueno de Jovellanos depositaba gran parte de sus esperanzas en la educación como instrumento de transformación social y no parece tampoco que estemos precisamente en ello. Es muy posible que cuando pase un tiempo y gracias a los esfuerzos magnánimos de la gente para salir adelante, si la situación económica y social medio se estabiliza, muchos justificarán lo sucedido en esa línea e incluso lo considerarán un éxito habida cuenta las circunstancias adversas. Eso sí, pocos reconocerán o mencionarán el reguero de víctimas de todo tipo que nos habrán dejado en el camino ni tampoco querrán citar los «problemas no resueltos» pendientes, que será el verdadero legado. 

En definitiva, el miedo al error, atreviéndonos a contradecir a Jovellanos, parece claro que puede desembocar también en la mera conservación del statu quo político e institucional. En un particular saqueo indiscriminado de la ciudadanía para financiar ese statu quo y en el irritante retraso de medidas e iniciativas de verdadero calado que redunden en una mejora del sistema en su conjunto y también, claro está, de las condiciones de vida de la gente.


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